Cicerón desarrolla en su discurso “Verrinas” una larga acusación contra un cargo político (pretor) corrupto que había extendido sus asombrosos desmanes por toda Sicilia, creyéndose impune. Nos plantea, pues, lo que ocurre cuando el poderoso se acoge a su poder de manera que hace suyo el cargo, sometiéndolo a sus intereses personales, y, aún más, cuando se erige por encima de la propia ley que debería limitarlo. Esta es una tentación atávica que padecen los poderosos, en la medida en que, en ciertas circunstancias, cuando los medios de control fallan y la ley no basta, haría falta el freno moral que se antepusiera el propio individuo. Pero el corrupto se ampara en una especie de inercia maligna que encamina de mal en peor su comportamiento y que le va dando aires para que continúe abusando. El abuso, en este sentido, parece fácil y se asume con naturalidad que es la conducta que se puede desarrollar sin trabas, asumiendo el culpable cualquier excusa como lo es el hecho de que la corrupción se haya normalizado en la sociedad. El mal que cometió Verres fue terrible y espantoso, pues ajustició a inocentes, robó de los impuestos, obligó a los campesinos a abastecerle de bienes hasta desangrarlos y arruinar prácticamente la cosecha de tres años en la isla, se apropió de cualquier objeto valioso que le apeteciera sustrayéndoselo a sus dueños, ignoró los derechos de la ciudadanía romana, permitió una merma en el ejército que facilitó la incursión de piratas y, escandalosamente, saqueó estatuas sagradas de los dioses. No parecía temer nada ni darse freno de ningún tipo, ni moral ni siquiera religioso. Así, con gran maestría y a lo largo de varios libros, Cicerón relata con abundancia de testigos y pruebas documentales, los estragos que el susodicho causara en Sicilia y, de paso, el estrago moral causado al pueblo romano. Cicerón asume una posición de respeto a las tradiciones y al pueblo de Roma, a la Urbe, además de una cierta actitud estoica que le lleva a medir los excesos del corrupto desde la mesura y un término medio virtuoso. Con pensamiento muy romano, opone la virtud, que a menudo los romanos extraían de la herencia de los antepasados que hicieron grande a la ciudad y que consiste en una cierta contención, un hábito austero y el alejamiento de excesos en banquetes y escándalos sexuales. Al romano se le presupone (quizás porque casi nunca lo tuvo) un espíritu comedido que se vincula con el amor que Cicerón profesa a los campesinos y agricultores, a los que alza como modelo de laboriosidad y vida honrada. Quizás algo semejante a lo que supuso la defensa de Hesíodo, en Los trabajos y los días, de la sencilla y dura vida del labrador y el mundo del campo, frente, incluso, a la opulenta y desmesurada aristocracia que hasta él había protagonizado la épica y se había erigido en modelo social. Para Cicerón el modelo parece ser el hombre medio que calladamente labra la tierra y trata de vivir con sencillez del fruto de su trabajo. No se cansa de alabarlo y de lamentar el abuso del pretor corrupto que se había ensañado con los agricultores para exprimir sus ganancias hasta empobrecerlos. En un mundo tal vez brutal Verres actuó con brutalidad, pero incluso entonces, Roma ya había desarrollado la idea de que la ley debe regular las acciones humanas y anteponerse a nuestros intereses particulares. Se establece, así, un sentido de lo público como algo que hay que cuidar aun a costa de nuestros intereses privados que no deben prevalecer, ni en las decisiones del Senado ni en la acción de individuos con altos cargos dirigentes como Verres. Pero en este se había dado una degradación absoluta que es objeto de abundantes y agudos ataques por parte del orador, que personaliza y no duda en vilipendiar la persona de Verres. Cicerón echa mano, con una dosificación y estilo impecables, de una auténtica artillería para ello, y para ir argumentando desde el modelo de una Roma ideal en la que los cargos públicos obedecen la ley. Es sabido que los romanos estaban muy orgullosos de su derecho, en lo cual se sabían superiores a los griegos, que establecen como una norma para racionalizar vida y costumbres. Todo debe pasar por el rasero de la ley que está profusamente promulgada y compuesta para ordenar la cada vez mayor extensión de los dominios de la República. La República, defendida por Cicerón, por ejemplo contra Catilina, se intenta mantener, casi desesperadamente, como un modo de organización política razonable en la que la deliberación y la probidad por parte de senadores y cargos públicos era un requisito importante. Da la sensación de que la República era una obra en constante construcción, en la que muchos romanos basaban su grandeza, y que se trataba de evitar escrupulosamente una vuelta a algo parecido a los antiguos reyes depuestos. En Rubicón, Tom Holland narra este proceso de reparación y destrucción a que se ve sometida de forma constante, en los turbulentos años, sobre todo, de Cicerón. La tentación del poder fue siempre grande, y peligrosa, por lo que debió sufrir las numerosas acometidas de quienes se intentaban elevar por encima de las leyes. El poder ha sido siempre un factor que ha embelesado a los hombres con su canto de sirena y por el que se ha rebajado el comportamiento a niveles de inmoralidad execrables. Pero ya en aquel mundo brutal se sabía, en realidad desde Grecia y desde Babilonia, que es preciso establecer una norma que merezca el mismo respeto sagrado que la divinidad que solía asociarse con la misma, como en el afamado Código de Hammurabi. El romano articula una compleja trama legal para preservar un orden que se dice es el de los antepasados y que también deriva de mitos y creencias religiosas. Esto es lo que escandaliza verdaderamente a Cicerón, que por parte de Verres se haya soslayado el debido honor a los dioses, que es como finaliza su último discurso, el quinto, mediante el expolio de templos y la falta de respeto a la ley sagrada.
Algo que desde el principio perturba a Cicerón y contra lo que advierte a sus oyentes es que el poder que debe juzgar a Verres también se haya corrompido (por este) y se ponga al servicio del saqueo. Es la contaminación de la sociedad, diría yo, y, desde su perspectiva, de las instituciones, donde reside la peor posibilidad de una sociedad corrupta. Porque entonces la ley y los juicios no sirven, quedando sin castigo quien, como Verres, haya abusado del poder hasta niveles de verdadero horror.
Algo tan mundano y corriente como es este exceso del pretor corrupto, en palabras de Cicerón se eleva a un discurso ejemplar sobre la probidad en los actos públicos. El caso concreto, desde el que nos podemos elevar hasta una reflexión sobre la corrupción, es el de un gobernador muy corrupto, que incluso educa para seguir actuando corruptamente a su hijo. Nos eleva a las consecuencias de que se vinculen el poder con la impunidad, que es, justamente, lo que la ley, desde antaño y no solo en Roma, ha tratado de revisar. Recordemos que lo que los profetas bíblicos piden es que la ley prevalezca porque en ello se juega que el malo no abuse del bueno, que la justicia impregne las relaciones humanas en todos sus planos.
Lo que ha sucedido en Verres es que ha convertido la autoridad en instrumento privado. Es más que un mero ladrón. Ha confundido las cosas por interés o simplemente por no pensar. En un cargo público debe haber un cierto sentido de lo público e incluso sentido de Estado que le haga moderar los impulsos que pueda tener, promovidos por el poder, de ceder a sus beneficios. La humanidad parece llevar siglos, acaso milenios, luchando por esto, por la conciencia y el buen comportamiento de unos gobernantes que demasiado fácilmente se ven sin freno ni medida para saciar sus apetitos. Las instituciones, en cuanto cristalización de la conducta y norma, tratan de reconducir estos apetitos hacia donde deben estar, aunque se enfrentan una y otra vez con la molicie y el descontrol de muchos de sus miembros. Así, vemos en el corrupto a alguien que ha convertido el poder en una forma de propiedad. Lo que debería no tener precio, ser invendible y no comprable, se mercantiliza, se le dota de un valor material por el que su poseedor lo hace suyo, lo torna cosa utilizable por él. Se tiene, así, el poder como si fuera un anillo. Es propiedad del corrupto y esto es lo que, nos dice Cicerón, experimentó Verres. Lo público degradado, de este modo, deja de tener consistencia y ni siquiera existe para él. Pero lo grave, insiste Cicerón, es que esto se da en un mundo de privilegios al que también pertenecen, en la República en decadencia, quienes deben juzgar al corrupto. La corrupción lo teñía todo. Entonces, la ley queda en mera palabra y no tiene valor. El ciudadano se puede preguntar, no sin cierta legitimidad, por qué va a cumplir la ley si nadie, ni siquiera nuestros gobernantes, la cumple. Y de ahí que la sociedad, no ya las instituciones, sino el trato más cotidiano entre los hombres se pudra. Haría falta, para Cicerón, personas que puedan hacer que estas leyes se cumplan, o sea, jueces impolutos y legisladores devotos de su cometido. Puede acabar apenas quedando la coraza jurídica inane, es decir, una apariencia de legalidad en el Estado que, no obstante, haya perdido su capacidad ancestral para hacer justicia.
El modo en que Cicerón acusa es proverbial, pues echa mano de todas sus dotes oratorias en lo que constituye un egregio discurso. Por un lado, se esfuerza en demostrar. Vamos comprobando los pasos de un procedimiento judicial romano, en el que también se necesitaban pruebas y testimonios. Cicerón acusa a veces, también, ridiculizando a su oponente, o clama desde la indignación, lo que yo llamaría una sana indignación que busca devolver las aguas a su cauce. Va construyendo la figura de Verres ante los ojos del público y se fija, en especial, en su reputación. Hoy día no es tan habitual o por lo menos canónico aludir a la reputación, pero en un grado menor, sí continúa formando parte de los enjuiciamientos, tanto dentro de los juzgados como, irregularmente, fuera de ellos. Lo que alguien ha hecho y hace muestra lo que alguien es, y esto cuenta para juzgarlo. Es lo que Cicerón trae a colación. Pero, por encima de esta acusación particular, nuestro abogado apunta desde lo jurídico a lo político, en lo que significa una reflexión sobre el quehacer del buen o mal político. Hay una, diría que terrible, dimensión moral en la acusación política de Cicerón. Tiembla, ante sus palabras, y lleno de horror, quien escucha cómo se ha atentado contra algo superior, llamémoslo “patria”, “República”, “pudor”, “moral”. En su relato de las pruebas y acciones de Verres va subrayando este elemento, lo que va tornando cada vez más densa la acusación.
Verres se ha apropiado de lo público. Y se apropia de todo, pues en su inmoralidad, cualquier cosa pasa a ser objeto de su codicia. Justifica torcidamente que lo que puede pertenecer a alguien, le pertenezca a él mismo. De ahí que cometa robos sacrílegos de estatuas religiosas que eran del pueblo, o sea, roba patrimonio común, porque su prurito de posesión le dicta que lo haga. Si puede poseer algo, lo posee. Si puede imponer su voluntad, o sea, mandar y no gobernar, en el mal sentido, lo hace. Y roba porque las cosas, ciertas cosas, pierden su cualidad pública. Todo lo convierte en privado y suyo. La corrupción, de hecho, comienza cuando dejamos de distinguir entre aquello que tiene un precio y aquello que, precisamente por pertenecer a todos, no debería tenerlo.
Cicerón, en definitiva, no es un revolucionario, sino todo lo contrario. Aunque lo parezca en la medida en que sea necesario estar contra el sistema cuando se quiere recuperar y sanar, justamente, el sistema. Él defiende la República romana, pero para ello tiene que enfrentarse a las élites que la están poniendo en peligro. Porque para él hay una diferencia entre la propia institución, que puede y debe defenderse, y los miembros particulares que la ocupan. Se puede defender lo primero, pero no a los segundos. Y esto es lo que hace nuestro autor. Pero lo auténticamente inquietante del caso, no es ya el latrocinio y los desmanes, sino que en el sistema haya habido algo, a pesar de la fuerza de la ley e incluso los contrapoderes que se oponen, que lo haya permitido. El hecho es que Verres no solo fue un ladrón, sino que pudo serlo, es decir, el sistema se lo permitió. Estamos ante una sociedad que mira para otro lado cuando debe contemplar los abusos de quienes la gobiernan. Porque se ha establecido para ello una costumbre, un hábito de callar y transigir que a la larga resulta fatal.