27 octubre, 2026

La virtud perdida

Muchos de los historiadores romanos aportan, además del relato de lo sucedido, un juicio sobre su tiempo, de manera que la historia es el ingrediente para la reflexión política y moral. Es el caso de Salustio quien, como vimos en nuestro anterior episodio que llevó a cabo Cicerón en sus Verrinas, escribe sobre la decadencia de la República y la corrupción en su Conjuración de Catilina. Comienza su texto con unas consideraciones generales de aire filosófico sobre el hombre, cuyo espíritu gobierna o debe gobernar a lo corporal igual que ha de suceder en la sociedad. La preocupación de estos escritores es a menudo el buen gobierno y el arte de gobernar (también de gobernarse a uno mismo), tendiendo a considerar en relación con ello los elementos más materiales de la sociedad junto con el dominio de la moral. Subraya, por ejemplo, el papel que la búsqueda de fama y gloria, tan romana, manifiesta en el comportamiento de los antepasados egregios, frente a lo que va a considerar una degeneración moral: la nueva pulsión por la riqueza y el poder (la ambición y la codicia), que diferencia claramente del mérito propio de una fama bien ganada a que se aspiraba en tiempos mejores. Roma, para Salustio, se ganó su fama y conquistó su momento más virtuoso en la guerra contra Cartago, encajando muertes y derrotas, como si fuera en los periodos de peligro cuando, como señalaba Hölderlin, crece lo que salva. Nuestro autor retrata una Roma ideal ubicada en el pasado en la que triunfan las virtudes más admiradas (pero seguramente jamás recuperables) por los romanos, como son la moderación, la valentía, la sencillez, la tenacidad y otras que nos sugieren que los romanos primeros se situaron bajo un marcado ideal. No pocos en la Antigüedad subrayaron magníficamente esta necesidad de que el ideal oriente y conduzca la vida. En su famoso discurso fúnebre, Pericles elogia de Atenas sobre todo el que sus ciudadanos tienen algo por lo que luchar, algo en que creer, un modo de vida que le parece mejor que el de los demás griegos y que corresponde con la democracia. Por esto merece la pena vivir y morir en la guerra. 

De la misma manera, según la interpretación idealizada de Salustio, Roma, cuando se construía como imperio, aspiraba a algo mejor, a lo que yo en algún escrito he denominado “grandeza”. El mundo antiguo, en general, tuvo un sentido bastante asentado de lo estimable, o, como lo he llamado, de lo grande. La aspiración a la grandeza, que en la mitología grecorromana apunta a la figura de los dioses y héroes como super hombres, puede aparecer a veces en una sociedad y casi siempre, como sucedió con Roma o con la Atenas inmersa en la guerra, en el instante en que todo puede venirse abajo en cualquier momento, con un soplo de aire. Por grandeza entendemos el estar dispuesto a situar la vida según ideales y luchar por ellos, porque se aprecia un plus, una sobreabundancia en la existencia con la que el individuo se conecta. La persona grande se sabe súbdita de algo superior que vislumbra en el mundo y, por eso, su grandeza se relaciona con un sentido de lo sagrado y de lo que parece latir, de manera excelsa, en la vida. Conlleva esto el ser capaz de dar la vida por una idea óptima, por una forma de vida y estilo que, como el de la democracia ateniense de tiempos de Pericles, merezca la pena porque conecte la existencia con algo sublime que generalmente he relacionado con una existencia virtuosa. Se trata de añadir dones egregios a la propia vida. Así, los atenienses no lucharon, según nos cuenta Tucídides que afirmó Pericles, por mera supervivencia, sino por un proyecto colectivo llamado Atenas y del que se creía que podía ser un referente para los demás hombres. 

También, salvando las distancias, en España hemos sabido de esto cuando hemos sufrido varios esplendores y decadencias. En la falta de orientación propia de la crisis se da la oportunidad de crear, aunque sea desesperadamente. En algunas crisis se da ese periodo de esplendor en el que los viejos valores estaban en alza, no menos peligrosamente, y que después se añora. Así ha sido en nuestro país y puedo remitirme como uno de los posibles ejemplos, que ocupara algún episodio pasado del presente podcast, a la época de la Transición de la dictadura franquista a la democracia, entre 1975 y los primeros años ochenta. Entonces, además de inevitables refregones políticos, una presencia de la violencia, la incontenible miseria partidista ocasional y otras lacras, en las campañas electorales o los discursos en el parlamento se debatía también sobre ideas, se hablaba de ello, porque estaba en el aire la discusión política intelectual y práctica. Había, digamos, valores a los que sacrificarse y en torno a los cuales departir, actuar o gobernar. Se pretendía eludir un constante peligro de retorno a la dictadura y, en especial, de una segunda guerra civil como la de 1936. En ese contexto, con toda la fragilidad del mundo en el sistema político que se estaba construyendo, creo que los políticos estaban a una altura encomiable, siendo muchos de ellos intelectuales de solvencia que, como Cicerón, confiaron en la palabra bien dicha para transformar las cosas, así como en una acción respetuosa y eficaz. Desde luego no es nuestro caso absolutamente equiparable con lo que sucediera en este ámbito histórico antiguo al que me refiero, el de la antigua Roma, pero sí es cierto que muchas sociedades marchan bien cuando tienen ideas en las que creer, cuando se está forjando, contra viento y marea, el joven Estado. 

Respecto a la palabra, recordemos que para el orador romano es, o al menos Cicerón apostó por ello, el medio fundamental para ir corrigiendo y denunciando una corrupción que, aunque emana de las instituciones y sobre todo de sus miembros, no elimina el prestigio que la institución en sí posee para el ciudadano. Uno se aferra, como hizo Cicerón, a la institución (de la República) como a un clavo ardiendo, para salvarla de sí misma, de los riesgos que acompañan a su desarrollo. Parece que, sin embargo, tanto el uso de la palabra como el ideal elevado tan queridos en la antigua Grecia y Roma se han ido diluyendo hasta perderse hoy en el panorama político español, donde lo propio apunta más a un revolcarse en el fango de las miserias del otro que en ensalzar lo que estimamos por encima de todo, perfilándolo y aclarándolo para que, a su vez, nos aclare. Esta decadencia que ha sucedido en España en tiempos ya alejados de la dictadura se ha repetido en la historia. A su modo es lo que Salustio reclama de la República romana, es decir, que desde la queja por la decadencia presente se vuelva a mirar, por lo menos, el ideal que una vez hizo grande a Roma, en tiempos de peligro externo. Hay que atender a los antepasados en el momento en que, escribe Salustio, el peligro es, por el contrario, interno, inmanente al propio sistema, que se ha degradado o ha manifestado que coexiste con un grado elevado de corrupción normalizada. Esto, que puede ser una condición habitual de las instituciones, Salustio lo ve como una enfermedad de la que Catilina es el síntoma. 

Es cuando se cambia el sano afán de gloria (de grandeza, de hacerse mejor, de vida perfecta) por las menudencias morales que representan la codicia y la pura ambición por el poder tiránico, tan atadas a lo más inmediato y mezquinamente pequeño, cuando se ha dado el paso a la degradación de la República. Catilina es un hombre que no nos caracteriza Salustio exento de cierta grandeza, ya que es valiente y en la guerra se porta como un buen romano, luchando con denuedo y sin huir, por lo que tiende a superarse, a un vivir sublime, pero es también el reflejo de la decadencia más generalizada en torno de sí, por la cual las otras viejas virtudes de la moderación y la austeridad se han perdido. Se rodea, pues, de mediocres, restos de esa sociedad que ya ha dejado de creer en lo que la fundara, y trata de enfrentarse violentamente, desde fuera, contra las instituciones del Estado. Bien es cierto que muchos de sus seguidores tenían razones también de índole material para adherirse a su causa, como deudas o problemas derivados de la economía y las tensiones sociales. Catilina no quiere devolver su inmarcesible pulcritud legal a la institución, como Cicerón, sino que, víctima de la pulsión de su época, pretende destruir las instituciones tras haberlas habitado. Catilina es presentado, pues, como un enemigo de su propia patria, y, por tanto, sin la altura de miras de un Cicerón o incluso de un astuto César, que quiso subvertir la república, pero lo hizo desde dentro, utilizando sus recursos. Démonos cuenta de que la cuestión no va de caracteres personales, pues el individuo cataliza las potencias de su momento actual, pero cabe que nos preguntemos, legítimamente, qué condujo a Catilina a convertirse en un monstruo político y moral. Digamos que no es tanto un monstruo que agreda a la República, sino que su monstruosidad es producto de esa misma República en decadencia, que ha suplantado, hemos dicho, unos valores por otros, la grandeza por la estrechez de miras. Catilina cae en la trampa de los tiempos que vivió. 

Es Roma, apunta Salustio, la que se ha ido perdiendo a sí misma, tras conquistar el mundo. De nuevo, insistamos en que se ha dado en ciertos momentos de la historia que cuando se llega a la prosperidad, las cosas van peor humana y socialmente. Se trata de una trágica ironía ocasional de la historia humana. Quizás sea debido a la desorientación que produce el saberse satisfecho, el haber colmado todas las necesidades materiales, que causa una suerte de abulia en las personas felices. Se quedan, como se dice de algunas generaciones, sin costumbre de buscar, de luchar, de tener que revolver el mundo para aposentarse en él. Y por eso, como dormita la consciencia en la siesta disfrutada en el blando sillón tras una opípara comida, uno siente que se sumerge en el sueño del presente y va borrando toda visión de futuro (y del pasado). Solo resta vegetar. Y en ese estado los monstruos de la desidia y la molicie están prestos a acudir a fastidiarnos nuestra ganada felicidad. También Ortega y Gasset señaló que una nación no puede vivir sin creencias ni ideales o referentes claros y elevados que tiren de sí para adelante. 

Cicerón, en su intento de que frente a Verres resurja el buen sentido, apela al poder de la palabra, que en la Antigüedad era muy considerado. César, en un discurso que transcribe Salustio en el libro que comentamos, propugna el respeto a la ley. Catón, en otro discurso reflejado por Salustio, echa mano de la severidad y el castigo que, finalmente, se aplica contra los conspiradores. Esto último, por cierto, no deja de resultar una paradoja de la política bastante reiterada, la del uso de unos medios que atentan contra los principios del propio sistema para, sin embargo, defenderlo. Es el caso de la pena de muerte en muchas democracias actuales. ¿Puede un Estado imponer lo legítimo por medios no legítimos? La pena de los conspiradores asociados con Catilina se aplicó sin reservas y sin juicio, en lo que se creyó un acto consecuente de defensa de la República. Resulta, además, curioso que, aunque César formara parte de la misma enfermedad del poder y la ambición desmedida de Catilina, hasta cierto punto, defienda en las palabras que cita Salustio y contra Catilina una vuelta al imperio de la ley, es decir, una confianza en el sistema y en la ausencia de venganza o crueldad que debería entrañar la aplicación del castigo. 

En cualquier caso, la República agonizaba. La derrota de Catilina no frenó el proceso de décadas de degradación que acabó con los asesinatos de César y de Cicerón, y, finalmente, con la destrucción de la República con Augusto y un gobierno imperial que nunca retrocedió a la vieja forma republicana a lo largo de muchos siglos, aunque también tuvo sus crisis. Salustio parece presentir estos sucesos futuros y escribe desde ellos. Mira el pasado de la grandeza y los ideales, pero mira y teme, también, un futuro de poder personal y codicia. Suetonio explotará este elemento de la futura gobernanza del imperio trufando de anécdotas terribles el ominoso gobierno de algunos emperadores, como Calígula, ejemplo de poder sin freno. Hay que decir, sin embargo, que un prestigioso historiador del siglo XVIII como Gibbon concede al imperio, en época de los Antoninos, o sea, el siglo II, el haber forjado el mejor momento para vivir en la historia de la humanidad, del que solo alaba sus bondades. Esto nos recuerda que también ciertos periodos de prosperidad y paz pueden resultar muy positivos para la vida de los hombres.

En cualquier caso, y volviendo a la problemática de la República, da la sensación de que algo fundamental se había roto y que solo muy a duras penas, y provisoriamente, podía salvarse. En esta situación de franca decadencia y crisis por la que de un sistema político se pasa a otro peor, cabe señalar la pregunta de si se puede predecir. Es decir, si la república ya estaba perdiéndose sin saber que lo hacía. Esta enfermedad la podemos distinguir en cada caso que, en la política, veamos que las instituciones sobreviven, como fósiles, a los valores que las hicieron posibles. ¿Qué va a ocurrir entonces? Queda la institución malherida, desvirtuada, como un fantasma de lo que fue, sin el firme soporte de sus propios ideales que la paz, en la ya mencionada paradoja con que a veces nos sorprende la historia, ha destruido. Se da esta situación en el vacío que Salustio atribuye a los jóvenes que secundaron a Catilina, inmersos en la disipación, sin norte alguno, y con problemas, decíamos, económicos. Nótese bien que, repetimos, el escritor latino no elude atribuir su parte de grandeza a un Catilina que encarna a la República perdida, pues lucha bien y no huye. Eso es una clásica virtud romana. Por tanto, reverberan en él los antiguos ideales. Cabe que nos preguntemos, llegados a este punto, si estos ideales son los de una cierta aristocracia o incluso los de la épica. Proceden, ciertamente, de una cosmovisión antigua muy concreta que caracterizaba lo considerado virtuoso a su manera cultural. Pero demos la respuesta que demos en relación con su origen, podemos creer que reflejaban ese elemento de elevación de la propia vida que, asociado o no a alguna clase social concreta, hemos indicado que resulta evidentemente deseable. 

Catilina y la República carecen de un fin legítimo, estando presente en ellos la mezcla de viejas virtudes y de ausencia de orientación en función de otros fines valiosos necesarios. Creo que también hoy, cuando se habla de crisis de valores, no es tanto de la pérdida de estos, sino de su sustitución por otros que no nos conducen a buen puerto. Catilina lleva a su extremo esta crisis y la encarnó para la posteridad. En este sentido su corrupción y, en general, la corrupción, no es solamente política, es humana, antropológica. Se trata de una desorientación básica del hombre, vivida en un tiempo dado. Salustio, así pues, no describe tanto a políticos corruptos, sino una transformación del deseo humano que, en el caso de Roma, dejó de ser deseo de gloria para serlo de dinero, de honor para serlo de poder desnudo, de servicio a la república para serlo de apropiación de la misma república para los intereses privados. Estamos hablando, por tanto, de un cambio en la atmósfera social y humana, en una transformación, diría, ambiental e incluso epocal. Desde este presupuesto, podemos ahora preguntarnos si Catilina fue verdaderamente culpable o tuvo también algo de víctima, dentro de la maldad que le atribuye Salustio o, como veremos en nuestro próximo episodio, Cicerón.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

La virtud perdida

Muchos de los historiadores romanos aportan, además del relato de lo sucedido, un juicio sobre su tiempo, de manera que la historia es el in...