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03 marzo, 2026

Andalucía, la sombra del tópico

Decía Antonio Gala, habiéndole preguntado Jesús Quintero en una de sus entrevistas por cuál era su paraíso, que Andalucía era, a todas luces, el paraíso. Se basaba en la Geografía de Estrabón, que pinta maravillas de la tierra andaluza, aludiendo a sus riquezas en minerales, agricultura, caza, paisajes y clima. Señalaba el autor griego que, como en el jardín de las Hespérides, en Andalucía (el sur de la Bética romana), se criaban manzanas de oro. Yo tengo que confesar que no soy tan entusiasta en las alabanzas de una tierra a la que me unen, eso sí, los afectos esperables en quien ha nacido y pasado en ella la mayor parte de su vida. Pero no tiendo a ser nacionalista en ningún sentido. Reconozco que haber nacido en Andalucía es una razón coyuntural que no me ciega para percibir tanto sus miserias como las excelencias de muchas otras regiones del planeta. Cualquier pueblo y cualquier lengua son exquisitos y merecen que se les dedique una vida de estudio, porque la inmensa humanidad pulula por ellos. Así que para mí Andalucía equivale, ni más ni menos, a los recuerdos más primarios que me constituyen, como los que ansían los replicantes de la película Blade Runner que, al carecer de ellos, se saben vacíos. A mí me llena Andalucía y, por eso, me brota. 

Cuando trato de definirla, me cuesta hacerlo sin incurrir en el tópico. Con esfuerzo trato de mirar más allá de la primera impresión, de los clichés, para percatarme de que quizás así dé con alguna de sus realidades. Orientado por la inercia que padezco de pensar a la contra, lo primero que se me presenta es su tristeza. Andalucía no es alegre, sino que guarda una pena que se expresa magníficamente en el arte que ha producido. Ya se sabe que el Barroco, tan asociado a algunas de las formas que en ella hay de la vivencia religiosa, es antes sombrío que claro y efervescente, al contrario de lo que parece a primera vista. Sus filigranas no son trivialmente festeras. Forman parte de un profundo desasosiego. En el poema La saeta de Antonio Machado se señala esto, justamente, es decir, cómo en el densísimo palo del flamenco que se dedica a cantar a la pasión de Cristo la mirada se ajusta a la cruz amarga y al dolor que en el Viernes Santo llega a su cima, cuando el mismísimo Dios muere sin esperanza y clamando al Padre en una increpación brutal. No es la religión andaluza religión de sosegada confianza, sino aquella que se confronta con el silencio de Dios, como Job. Con espíritu barroco sufre la lejanía de un Dios al que, paradójicamente, parece describir con supersticiones que antes bien lo maquillan con un manto precioso que lo revelan en su remoto rostro. Uno se pierde entre los rostros terrenales que señalan al rostro que es uno e incognoscible. Andalucía reza por costumbre, lo que, a mi juicio, es como rezar a nadie. Lo propio de una tierra que ha cambiado de Dios muchas veces en su historia. 

Ahora mismo, cuando veo desde mi casa los cerros nevados de las estribaciones de la gran mole blanca de Sierra Nevada, en Granada, mirando también los árboles sin hojas que se han estrechado a lo mínimo de su materia pero que, en su angostura, expresan algo que semeja un austero cántico en la atmósfera detenida por el frío, y mirando también una bandada de pájaros negros que sobrevuelan el cerro de la Cartuja confundidos con los nubarrones grises que anuncian una nevada, ahora mismo, digo, veo mucha melancolía en esta porción de universo que llamamos Andalucía. Pienso, por ejemplo, que su cante flamenco es telúrico y grave. Parece que Andalucía oculta una tristeza que, como el carbón más negro, sale a la luz de las honduras de la tierra para ofrecerse a quienes ofician el rito de la confluencia humana y casi aguarles la fiesta. Varias veces, no ya en la peña de La platería, en Granada, sino paseando por Cádiz, he escuchado irrumpir, como un encantamiento, el son rasgado de alguna garganta húmeda de vino y rota por el tabaco, desde la humilde tasca a la calle. Así, también lo he escuchado en la sierra de Cádiz, de Málaga. Quizás se dé también en Huelva, con sus fandangos, o en Jaén o Almería, que canta a las minas. Puede contraargumentarse que las bulerías, tan andaluzas, son alegres, pero yo replicaría que, si nuestro bienintencionado interlocutor las escucha cantadas por Camarón de la Isla lo que se entrevé, en medio del jaleo, es una tragedia. En Andalucía cuando uno se divierte se cuela, como un aire repentino y fatal, la muerte. Así, las letras que canta Camarón dicen cosas que alternan la exaltación de unos ojos en cuyo fondo parece haber dos lucecitas verdes como aceitunas, con la historia de alguien que apaliza a un anciano porque le faltó en la calle, y que, cuando un tiempo después, descubría que ese anciano era su padre, “gotas de sangre lloró”. 

Lo trágico se cierne siempre sobre nosotros igual que en los dramas de Federico García Lorca. Grecia también resuena en los confines del campo. En las tragedias compuestas por el autor granadino se alza una fuerza hostil, como un destino terrible que se impone entre olivos, en medio de las casitas encaladas, regando la tierra de sangre. No importa que una amargada anciana haya sido la causante de la desgracia de su propia casa, como Bernarda Alba, que el luto habrá que imponerlo como una pesada y maciza roca y que, una vez más, a la muerte habrá que mirarla cara a cara, sin rechistar, en el más lúgubre silencio. La ceremonia de la muerte. 

Los duelos a navajazos, como le gustaba también entender a Borges en el contexto de los cuchilleros del sur profundo de su tierra argentina, son como estadios de un plan previamente trazado, una suerte de drama ya escrito que los duelistas se limitan a representar con resignación. Algo mayor se antepone e impone a los hombres. Algo que no tolera resistencia y que acaba destruyéndolos como una tempestad. La épica, que es insufriblemente bella, se torna letal. Es ese punto ciego de lo horrible en el seno de uno mismo, que nos aboca al desastre, lo que el Romancero gitano del poeta granadino y el cante flamenco mira sin pestañear. Lorca captó con sublime genialidad la esencia de Andalucía. Lo sugiere también su libro Poema del Cante Jondo. En este breve poemario, a lo largo de sus cortos poemas, va destilando muy finamente la sustancia de algunos de los cantes más hondos. Los cantes recios del flamenco. La soleá, la seguiriya, la petenera, la saeta… Son el estilo más bronco de la tradición flamenca, vinculado con la fatalidad y con lo que los cielos ahogados por los nubarrones, ahora mismo, me dicen también, cuando miro por la ventana el frío del invierno granadino. Es posible que en mi mirada exista un filtro que selecciona lo más oscuro de la tierra que me habita. Tal vez opera mi forma de ser o, por mucho que me resista, algún prejuicio. Por ello, quiero también recordar sus alegrías. Las de aquel paraíso que decían Gala y Estrabón donde vivir resulta, a pesar de todo, una placentera fruición. 

Cuando las ancianas se sientan, todavía, a la puerta de sus casas en los pueblos blancos de la sierra oriental o de las serranías y llanuras occidentales, en la estepa del trigo y el vino, o en los montes del almendro y el olivo, lo que miran pasar es el tiempo. Me da la impresión de que en Andalucía se tiene la costumbre, más antigua que el relativamente reciente boom del turismo, de ver pasar gente. A pesar de que hay en ella una corriente nacionalista, esto es, una tradición andalucista que ha despuntado apenas en la política, creo que el andaluz nunca es, en su esencia, nacionalista, por muy orgulloso que a primera vista parezca de sus tesoros, que gusta de elogiar. Una prueba es cómo se esmera, igual que muchos españoles, en entender a los extranjeros que no hablan su lengua y en ayudarles a encontrar su camino, sin exigirles que conozcan el idioma o las costumbres locales. Lo importante parece ser entenderse y que cada uno, desde su origen, confluya en el brindis entusiasta. 

Porque tal vez se haya heredado un espíritu nómada, parecido al del gitano en sus inicios, que tan bien acuñara con su cante cierto pescador de Huelva que, cantando por fandangos, escuché decir que, aunque Andalucía era su madre, a la que quería como un hijo, en realidad él era como el aire, pues su patria era el mundo entero. Un grácil espíritu cosmopolita que se opone a la gravedad que, como un lastre en su corazón, tira de Andalucía para abajo. Este es más bien la suerte de geniecillo burlón que se expresa en esa otra rama del cante flamenco que son los aires de Cádiz, los cantes festeros, como la alegría o la bulería que antes nombré, o los tanguillos, que reflejan, estos últimos, el tan cacareado gracejo andaluz. Así, hay también algo leve, que tiende hacia el nivel del cielo donde vuelan los pájaros y suave como ellos, presto a ser proclamado en la celebración con amigos y vecinos. Pero incluso entonces, la voz que canta es rasgada, como quemada, a diferencia, por ejemplo, de la finura de las voces irlandesas, tan dulces. El cante andaluz tiene cadencia de cueva. La gracia espontánea es, incluso en su amabilidad, un poco sombría, de manera que, como en la poesía barroca de un Quevedo, se entrevera la amargura con un humor a veces áspero o rudo. La ironía no es ironía fina, como la inglesa, que está hecha para arrancar la sonrisa, sino una ironía cargada con el espíritu de la risotada. Tal vez esta sea una manera de responder, sublimando el susto que da la muerte, a esa misma muerte; igual que histéricamente tendemos a reírnos en los velatorios. El andaluz es como un paciente depresivo que, momentáneamente, viera la luz y lograra arrancar de sus entrañas una carcajada con algo de animalillo espantado, de aullido de histrión que quiera convocar a sus compadres in extremis para reírse juntos en una grotesca chanza. 

Igual que un gesto supersticioso, la poesía en Andalucía se torna compulsiva, para teñir de oro un negro páramo. Esta poetización fontanal que, como los dedos del rey Midas, dora lo que toca brotando como un torrente, se asemeja, oí decir a un artista japonés, al afán propio de los japoneses por cantar también canciones desgarradas. Me decía poéticamente una señora mayor que nosotros vamos cambiando, mientras el tiempo parece permanecer igual, como un bloque impasible. Es una manera de explicar que los seres humanos nos marchitamos, pero que hay algo más allá de nosotros que, inefable, perdura, al modo de una ley titánica, descomunal e incomprensible, pero finalmente más real. Nosotros somos como el caldo que se bebe el tiempo. En esta reflexión se condensa el sentimiento de una tierra donde se han visto pasar muchas gentes y guerras, donde se ha ido y vuelto de remotos paraísos en la alucinada Sevilla del tiempo de Indias, donde ha cambiado la religión de sus pobladores y ha llegado a ser la cima de un otro que hoy nos es extraño en la Córdoba califal, donde perduran huellas en sus piedras de antepasados incomprensibles que acaso hoy nos resultarían hostiles y ajenos, como el tartesio, el íbero o el fenicio. Todo ello anida en el alma del bebedor que, sombrío, casi huraño, en la tasca inicia una conversación que provisionalmente le hace olvidar su pena y lo eleva a la cordialidad más amable. 

03 febrero, 2026

Los puntos ciegos de la historia en "Austerlitz", de Sebald

¿Cómo es posible señalar lo que no acertamos a distinguir en la medianoche? ¿Con qué palabra podríamos iluminar la noche absoluta a nuestros pies? La experiencia de que, en el propio mundo, así como en la memoria personal, puedan darse zonas que semejan puntos ciegos en medio de los recuerdos ha sido ampliamente recogida y descrita por la ciencia médica. Por motivos muy diversos que van desde el daño orgánico a la psicología del ánimo, hay elementos de la propia vida a los que parece cubrir un opaco velo y que, al modo de un dolor fantasmagórico en un miembro amputado, forman parte de nuestras vivencias sin corresponder a algo tangible. Es como cuando presentimos el sol cuya pálida forma se vislumbra por detrás de las nubes. No lo vemos, pero sentimos su calor y su difusa presencia. Añadamos que los perros pueden oír vívidamente el sonido de ciertos silbatos cuya frecuencia captan, resultando para ellos una nota estridente, pero que para nosotros permanece desapercibida. Es también como un color indetectable, como el ultravioleta. Se trata con estos ejemplos de apuntar a cómo nos afecta el pulso de un corazón incorpóreo, pero que impregna a la totalidad de las cosas con su sangre invisible. Sabemos que hay algo, pero no acertamos a distinguirlo y, por tanto, a verbalizarlo. Permanecemos mudos, incapaces de nombrar lo que nos hace sufrir, porque lo que este vacío central pero realísimo desprende es una dosis de discreto sufrimiento. De este modo hoy puede haber en el mundo que nos rodea, es decir, en la arquitectura, la historia, las comunicaciones o la tecnología, tal como se nos dan afirmativamente, una porción de nada que, no obstante, ellas mismas cubren, aun albergándola en su seno. Una luctuosa nada. Trato de aludir al mundo tal como se nos muestra en nuestras construcciones culturales e incluso, siendo más preciso, estoy pensando especialmente en la historia. 

En efecto, es como si en nuestro mundo histórico hubiese una parte silenciada. En la psique humana, señala el psicoanálisis, las palabras y las razones del neurótico, toda la trama con apariencia racional que utiliza para explicarse, pueden estar, paradójicamente, ocultando algo, como una verborrea profusa que nunca atina a decir lo que, en verdad, necesita decir. Hay personas reprimidas que hablan sin parar, sometidas a una suerte de incontinencia verbal, de manera que por decir tanto se libran de decir lo que, de manera inconsciente, saben que no pueden decir. Por ejemplo, una persona que no desea que en la conversación aflore un determinado tema escabroso puede optar por aturdir al otro con una retahíla de palabras que, en su nerviosa agitación, sellen lo que podría quedar en evidencia si se diera, aun brevemente, el silencio entre ambos. Me refiero a una cháchara histérica que trata de disolver el misterio, como tapa su fobia con complejos rituales quien  padece un trastorno obsesivo compulsivo. No obstante, el enigma, lo que no se nombra, lo que es molesto decir, permanece ahí, tan operativo como soterrado. Forma parte del diálogo (para sordos) como cosa no explicitada.

Esto mismo es lo que sucede si acudimos a la historia. El problema es cómo contamos lo que la historia se encarga de silenciar con técnicas semejantes a esa abrumadora superposición de palabras de la verborrea del ocultador histérico. En ella, en cómo la contamos y en cómo ha cristalizado en el arte y los monumentos, hay infinidad de capas que van unas a otras superponiéndose, como si quisieran ahogarse, tapando lo esencial. La historia limpia sus manchas manchándolas, cubriéndolas con otras manchas de pintura que, a pesar de todo, no van a impedir que la mancha original permanezca subyacente, como el motivo originario en un palimpsesto. 

Pues bien, una de estas manchas muchas veces repintada ha sido, para la civilización europea, el holocausto. La dificultad de hablar de ello es hacerlo sin traicionarlo, sin tornarnos cómplices en esta labor de disimulo que todos los relatos que nos contamos acerca del pasado obran. Porque uno puede sentir que en una estación de tren ha sucedido algo, que es lugar de tránsito, como un territorio del dios Jano, limítrofe, y que por mucho que su excelente construcción afirme la potencia y esplendor de una tecnología, hay, en el mismo ir y venir de los trenes, una parte que se escapa y que el bullicio contribuye a taponar. La grandiosidad arquitectónica y el ajetreo de la técnica en estas estaciones no pueden privarlas de su cualidad que hemos denominado limítrofe o fronteriza. Y una frontera es presencia y a un tiempo lugar de fuga. Se está en ella y no se está. O se está para ir a otro sitio, con el pensamiento lejos, en tensión, a no ser que, como el protagonista de la novela Austerlitz, queramos detenernos en ello. 

Toda esta acumulación cuasi ficcional de vacíos en el gran edificio público, que sin embargo quiere ser algo que impresione, es lo que siente el protagonista de Austerlitz, de W. G. Sebald, cuando deja de pasear por una estación e intenta observarla como un científico a su objeto. Este, llamado como la novela, Austerlitz, ha sentido toda su vida que portaba ese mismo vacío que presiente en sus estudios y en las estaciones que describe y fotografía, es decir, que se cierne en ellas uno de esos puntos ciegos a los que nadie mira. Su obsesión por la descripción minuciosa de los territorios a un tiempo monumentales y fronterizos de nuestra cultura actúa, a mi juicio, como esa verborrea histérica a la que he aludido, es decir, cubriendo justamente lo que se trataba de descubrir y haciendo como si no existiera. Pero como sentimos la totalidad del mar en la punta de los dedos de los pies al tocarlo apenas en la orilla, el bueno de Austerlitz presiente que además de todo lo que escribe y anota, ha palpado algo sombrío y fundamental. De hecho, su búsqueda es búsqueda de algo que se le entrega oblicuamente y a retazos. Busca o, mejor dicho, rebusca, en las huellas que sabe, aun inconscientemente, que tienen algo que decir, y, a su vaga manera, las escucha. Pero, como hemos indicado, toda esa parafernalia de arte y arquitectura también actúa como una densa capa de nieve cubriendo la pureza del lugar originario. De manera que Austerlitz, igual que Tántalo, se queda apenas con el gusto de la manzana que no puede comer.  

Así es como Sebald enfoca su novela sobre el holocausto. Sin hablar directamente del mismo y mostrando que hay una acción de silenciar algo que, justamente, ella misma por su necesidad y actividad, manifiesta que hay algo importante que silenciar. Es peor que un pecado original o una culpa. Es un terrible secreto a voces. No es lo que siente el criminal que se arrepiente, o sea, el remordimiento. Es peor. Es como un desfondamiento de la vida que transcurre en sus múltiples ocupaciones olvidada de que por debajo de sí un cáncer ha carcomido sus pies. Esta mutilación en la historia personal y colectiva de los europeos adquiere tintes existenciales, acaba teniéndolos, pues nos determina en cuanto a nuestro modo de existir, como existentes que nos sentimos afectados, un poco, por la irrealidad. La realidad de la historia que somos se resiente por este hueco en su centro, que la amenaza. 

Pero así está el asunto en Europa, al menos y, sobre todo, desde el holocausto. Es algo tan monstruoso, semejante a un gigantesco agujero negro que nos devorase poco a poco en el centro de la galaxia, que, querámoslo o no, condiciona nuestra existencia, la cual se va tornando, como la de los caídos y como la de Austerlitz, en un huérfano ir y venir. Ese es el destino de Austerlitz, que vaga por los diversos campos de su interés erudito y, a lo largo de la novela, por los lugares donde sus verdaderos padres fueron devorados por el nazismo. En la novela acaba resultando genial tanto el retrato de la honda desazón e inconsistencia que afectan la vida del protagonista, como lo inútil de una búsqueda infinita en pos de las distintas capas que van, como hojas caídas en el suelo de un bosque a lo largo de muchos otoños, superponiéndose. Él sufre de un padecimiento y un dolor real, pero que, del mismo modo que las dolencias del neurótico, no es detectada igual que se aísla y describe a un germen causante de una enfermedad del cuerpo. Le acecha una cosa etérea, compuesta de ectoplasma, un daño sutil que apunta al alma. 

La novela de Sebald, pues, discurre sin una trama clara, con una atmósfera lenta, melancólica, de frases muy largas, sin interrupción. Va contando el horror, como en la película Shoa, mostrando sus huellas, sus síntomas. El protagonista vive en la resonancia de un pasado insuperable, no subsumible racionalmente, que, aún más, parece reírse de nuestra razón. De manera obsesiva se dedica a visitar los sitios que, ya adulto, descubre que son su robado origen de niño adoptado y rebautizado para ser salvado del exterminio. Agónicamente, apenas roza la sombra de sus auténticos progenitores, apenas habla su lengua, apenas recuerda los paisajes esenciales de la infancia. 

Basándose en Walter Benjamin, hay quienes, como Reyes Mate, el teólogo Metz y otros, se refieren a una razón anamnética que pueda recuperar lo perdido justamente mediante constelaciones de fragmentos, o sea, a través de la recopilación de ese rastro que solo oblicuamente revela su modelo y poniéndolo en conexión, igual que en un collage, con otros “materiales”. En este sentido, el libro de Sebald parece recoger la propuesta benjaminiana de rescatar del olvido los elementos más silenciados. Se propugna un nuevo sentido para el historiador que lance los tentáculos de su método para palpar, cada uno, las facetas de un mismo diamante cuya integridad y conexión solo a duras penas puede ser cuasi soñada. Un historiador a medias artesano y a medias artista, un erudito experto en metáforas como lo eran los escritores del Barroco (pienso en El Criticón de Gracián, en especial). Según el pensador alemán, judío, lo perdido es lo fundamental, casi nuestra carne que clama, lo que, cual átomos y moléculas, nos constituye intrínsecamente. Es lo imposible de una voz pronunciada por unas cuerdas vocales aniquiladas por el tiempo. La ronca voz de los muertos. Los protagonistas de la historia son quienes, muertos muchas veces, ni siquiera figuran en el relato que todos hemos aprendido. No se cuentan, no constan. Han sido eliminados del camino, acallados y silenciados para siempre. Aunque, tal vez como un color o un sonido imperceptibles, estén ahí, sigan estándolo, alimentando nuestro secreto estupor, como en el desorientado Austerlitz. 


Houellebecq, Thalasso y la resaca del 68

Hay una sensibilidad contemporánea que aborda el mundo sin Dios, lo cual puede asumirse bien con resignación o bien con desesperación. Pero,...