Según el filósofo Lévinas, la ética precede a la ontología, de manera que, con anterioridad a cualquier desarrollo solipsista de la propia existencia o incluso a la identidad personal, se sitúa la relación con los demás. Podríamos entender que la alteridad es, quizás como la diferencia en el seno del ser frente a la identidad metafísica en el pensamiento de la diferencia (Derrida, Deleuze), la tensión que moviliza al ser para que sea. Se trata en esta corriente de pensar no desde la unidad y lo uno, sino desde las tensiones que emanan de cualquier concepción de la physis y los entes que esgrimamos, es decir, de cómo la estructura ontológica del mundo es fundamentalmente tensional, divergente y “caosmótica”. Por eso, en el existente hay una insistente proyección hacia lo otro, como si desde su centro tendiera a auto desgarrarse, que convierte a la alteridad en principio no ya solamente de la conducta moral, sino de lo que somos. Porque somos antes fuerza y tensión que sedimento. Para Lévinas, el existente es en cuanto deshace de continuo su identidad, al tiempo que la conforma, en la dispersión hacia lo que siendo otro, él mismo no es. Dicho con mayor contundencia, su respectividad precede a su ser. Hay que situar lo que denominamos existente en la pura relación, en el nexo mismo que se establece entre dos puntos que son tales solo en función de esa relación que entablan.
Como en otras ocasiones, debemos señalar que existe una conexión entre lo psíquico y lo ontológico, es decir, que hay movimientos que se dan en la vida psíquica que nos abren la intuición a lo que, a un nivel profundo, significa estar en el mundo. Por ejemplo, hay mermas en el ser, como si este se debilitara cual llama de una vela que se hallase casi consumida, que parecen irradiarse de una merma espiritual y psíquica, una carencia que, vimos en el caso del psicópata, lo es en su vinculación emocional con los demás y, por tanto, en su pobre reacción ante el bien y ante el mal. La psicopatía nos condujo a preguntarnos por la elección ética y por el hombre como sujeto ético. Un caso clínico psicológico puede servirnos para, como en la psiquiatría derivada en filosofía de Karl Jaspers, iluminar la condición humana para vislumbrarla más allá de los límites de la ciencia. Para este filósofo la psicopatología actúa como una situación límite que alumbra al insinuarlo, el ámbito ontológico de lo más allá de la explicación científica.
Nos parece interesante traer a colación otra patología que, desde lo psíquico, nos remite, también, a lo ontológico, o, por lo menos, a la concepción filosófica representada por Lévinas de la ética como fundamento anterior del ser. Se trata del narcisismo. Recordemos que el nombre de este mal deriva del mito griego de Narciso, quien, viendo su imagen reflejada en un estanque, se enamora de ella, quizás confundiéndola con otro sujeto, y, sin apercibirse de su carácter de mero espejismo, sucumbe ahogándose en el agua en el intento de alcanzarla y fundirse eróticamente con ella. De la misma manera, el narcisista es alguien que, a nivel psicológico, carece de la visión de la otredad, porque todo a su alrededor se alza como una extensión de sí mismo. Es como si nuestro enfermo no pudiera mirar otra cosa que su propio Yo en un mundo que se limita a actuar de espejo en el que únicamente se refleja el propio ser. El problema del narcisista es, también, de raigambre ontológica, en la medida en que su mal revela un sesgo en su modo de ser, en su manera de presentársele la existencia. Existe y se comporta como si todo estuviera lleno de sí mismo, sin reconocer relaciones ni alteridades. Se encuentra embriagado de su ser personal, por lo que manifiesta una notable incapacidad para dejar entrar a otros, verdaderamente, en su vida. De hecho, en su mundo, terriblemente solitario, no hay otros. No puede haber, como señala Erich Fromm, una auténtica posibilidad de amar. Recordemos, a continuación, lo que este filósofo y psicólogo freudiano escribe al respecto.
Fromm, en sus obras sobre el amor y la libertad, señala que el narcisismo es una condición natural en la infancia, pues el niño vive su vínculo con el mundo y con sus padres y adultos en general como una extensión de los deseos propios que, pretende, han de ser satisfechos. De pequeño no puede apreciar lo diferente. El niño es como una diminuta mónada que parece engordar hasta coparlo todo con su ego, como esos sapos que se inflan en su cuevecilla. Su relación no es de escucha, sino de imposición. Madurar y educarse, para este autor, consiste en superar, justamente, esta circunstancia que, en condiciones normales, debe quedar confinada en la remota infancia. Cuando se crece, se aprende que hay otros, que el mundo es no tanto uno mismo, sino el lugar de una alteridad incomprensible e inalcanzable que, frente a nosotros, ostenta su autonomía. Con lo que Freud denominó “principio de realidad” van incorporándose los demás a la vida de uno, en una dialéctica de amor y pesar. Entonces aparecen los tipos sanos de relación con lo otro, entre los cuales Fromm describe pormenorizadamente el amor. Y pensemos que todo lo que uno mismo no es, en el límite en que uno deja de ser uno, están todos los entes y realidades que no son uno. La magia de esto es que, a pesar de la distancia que nos separa de ellos, nos constituimos como caracteres fuertes en la medida en que dicha distancia se torna vínculo. Es en la red (social) que establecemos donde, auténtica y gozosamente, podemos aspirar a ser, a pesar de las fricciones que el trato con el prójimo produce. Porque, insiste nuestro filósofo, para llegar a vincularse de este modo con los demás, tenemos que superar las inercias narcisistas que nos impiden siquiera verlos. Cuando estas continúan en la vida, tenemos a individuos que, paradójicamente, por muy inflados que estén, no se han constituido como individuos de manera cabal, y que tampoco pueden dialogar, convivir o incluso aprender. El auténtico crecimiento del propio Yo ha de ser con los demás, incorporando el vínculo, o no es, propiamente, un verdadero crecimiento, sino un colapso de la identidad solipsista. Esto que para Fromm alude al plano de lo psíquico nosotros lo ampliamos hasta la existencia ética, en la medida en que lo que constituye una tara en lo psíquico, también es pobreza en relación con el nudo existir. Dicho de otro modo, la psicología de Fromm nos remite a la filosofía de Lévinas.
El trato con el narcisista es, pues, muy difícil e incluso, me atrevo a sugerir, imposible. De su historia personal dependen las características que finalmente manifiesten, pero en general nos referimos a personas que hablan solo para escucharse y para reafirmar el peso que creen tener en un mundo que, en realidad, ha desaparecido para ellos. El órgano psíquico y moral que nos conecta con los demás, como en el psicópata, está roto en ellos. La comunicación, por tanto, se convierte en una tarea frustrada y el amor es, para ellos, un mero regocijo en la propia belleza, como el de Narciso enamorado de su imagen en la superficie del agua estancada. Junto a Narciso no hay nadie más y este, aunque no lo sepa, se pierde rotundamente en su intento de alcanzarse a sí mismo en la soledad del bosque y el límpido estanque. Permanece ciego a lo que no sea él. Por eso, según el mito, acaba ahogado, como en un asfixiante aislamiento causado por su soledad esencial. Imaginemos esa atracción de feria que consistía en decenas de espejos enfrentados por los que uno se perdía (el laberinto de los espejos) sin encontrar otra cosa que su imagen multiplicada casi al infinito. En ese laberinto se pierde Narciso. No hay diversidad para él ni en un plano cuantitativo (todos los entes se reducen a uno, él mismo), ni cualitativo (no admite la diferencia, porque todo es un auto despliegue del propio centro hacia sí mismo, como producido por una fuerza centrípeta). Todas las cosas lo conducen con monotonía a sí mismo, en inconsciente egolatría.
Recuerdo que, hace mucho tiempo, una alumna me dijo en clase que su tío sacerdote, en la parroquia, impartía un curso sobre Erich Fromm para que los feligreses aprendieran lo que podemos llamar una forma de fe adulta. Esto quiere decir que el creyente, abandonando la hipertrofia de su ego, sea capaz de acudir a una divinidad que se manifiesta como absolutamente otra. O sea, también con Dios, para el creyente, se pueden entablar formas de relación patológicas, que no son tales, y que constituyen proyecciones infantiles de los fantasmas de la niñez. Dios padre, protector, premiador, castigador, etc., son maneras en las que, en el espejo que sería la divinidad por definición inconcebible y desprovista de imagen en particular, acaba el creyente viéndose a sí mismo o proyectando, amplificando y personificando sus deseos, como señalaba Feuerbach. En los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, hijos de una Modernidad católica, se aprende a discernir todo esto y separar lo que podría ser auténticamente divino, lo que pertenecería propiamente a la fuente, de lo que, por mucho que se le parezca y lo confundamos con ella, no lo es. Se trata de una versión moderna de la bíblica (e islámica) crítica a la idolatría que pasa por comprender la cualidad inconsistente y secundaria que tiene cualquier imagen que nos hagamos del inefable Ser supremo. ¿Nos habla Dios o nos hablamos nosotros mismos cuando creemos escucharlo?
Así pues, no le pidamos a una persona narcisista que sepa ni quién es Dios ni quiénes somos los demás. Pueden pasar años de trato con ella sin que apenas logre atisbar un minúsculo ápice de nuestra personalidad. Nos confunde con lo que sus megalomanías le dictan. De ahí que, en el contexto de una empresa, en entornos laborales, resulten, si logran puestos ejecutivos, un auténtico horror para sus subordinados, quienes, conociéndolo, lo pueden manipular (lo que un narcisista jamás reconocerá) o, principalmente, sufrir los improperios y perjuicios que emanan de su comportamiento profundamente autoritario. Pues hay una relación entre el autoritarismo y lo que Fromm denomina miedo a la libertad y el narcisismo.
Como en el caso del psicópata, nos podemos preguntar si el narcisista es responsable o no del daño que causa. No es culpable de la historia psíquica y de las posibles condiciones orgánicas que lo han convertido en narcisista, pero, como tanto insistían los filósofos griegos de la Antigüedad pagana, hay un órgano, que es la razón, el cual debería, cuando menos, ayudar a discernir, ignacianamente, lo que somos. Apelo a esa capacidad universal que indica Kant que todos poseemos y debemos utilizar, a pesar de las inercias emocionales que nos arrastran. La razón, como el auriga platónico, media entre los deseos y tiene una cierta capacidad, limitada, de hacer que nos dominemos y que, por mucho que nos cueste, apreciemos las singularidades del entorno. Por eso los griegos la consideraban algo no solo propiamente humano, sino también divino. Porque pensar nos eleva y debería, también, salvar al narcisista de esa cuasi irresistible propensión que le induce a invisibilizar todo lo que no es él y que, si reflexiona, debería ir apareciendo en el campo de su mirada. En cualquier caso, siempre somos un misterio. La ciencia, la razón, nos pueden ayudar, pero al haberse instalado el sujeto en una determinada posición que las pone al servicio del propio ego, es cierto que solo muy dificultosamente será capaz de abandonar dicha posición, ni siquiera para descansar del hastío que debería llegar a sentir de sí mismo. Entonces, solo cabría la esperanza de que una gran crisis emocional, un colapso de su individualista efervescencia, pueda hacer que su rígido universo se quiebre dejando pasar la luz del exterior por las rendijas.