03 febrero, 2026

Los puntos ciegos de la historia en "Austerlitz", de Sebald

¿Cómo es posible señalar lo que no acertamos a distinguir en la medianoche? ¿Con qué palabra podríamos iluminar la noche absoluta a nuestros pies? La experiencia de que, en el propio mundo, así como en la memoria personal, puedan darse zonas que semejan puntos ciegos en medio de los recuerdos ha sido ampliamente recogida y descrita por la ciencia médica. Por motivos muy diversos que van desde el daño orgánico a la psicología del ánimo, hay elementos de la propia vida a los que parece cubrir un opaco velo y que, al modo de un dolor fantasmagórico en un miembro amputado, forman parte de nuestras vivencias sin corresponder a algo tangible. Es como cuando presentimos el sol cuya pálida forma se vislumbra por detrás de las nubes. No lo vemos, pero sentimos su calor y su difusa presencia. Añadamos que los perros pueden oír vívidamente el sonido de ciertos silbatos cuya frecuencia captan, resultando para ellos una nota estridente, pero que para nosotros permanece desapercibida. Es también como un color indetectable, como el ultravioleta. Se trata con estos ejemplos de apuntar a cómo nos afecta el pulso de un corazón incorpóreo, pero que impregna a la totalidad de las cosas con su sangre invisible. Sabemos que hay algo, pero no acertamos a distinguirlo y, por tanto, a verbalizarlo. Permanecemos mudos, incapaces de nombrar lo que nos hace sufrir, porque lo que este vacío central pero realísimo desprende es una dosis de discreto sufrimiento. De este modo hoy puede haber en el mundo que nos rodea, es decir, en la arquitectura, la historia, las comunicaciones o la tecnología, tal como se nos dan afirmativamente, una porción de nada que, no obstante, ellas mismas cubren, aun albergándola en su seno. Una luctuosa nada. Trato de aludir al mundo tal como se nos muestra en nuestras construcciones culturales e incluso, siendo más preciso, estoy pensando especialmente en la historia. 

En efecto, es como si en nuestro mundo histórico hubiese una parte silenciada. En la psique humana, señala el psicoanálisis, las palabras y las razones del neurótico, toda la trama con apariencia racional que utiliza para explicarse, pueden estar, paradójicamente, ocultando algo, como una verborrea profusa que nunca atina a decir lo que, en verdad, necesita decir. Hay personas reprimidas que hablan sin parar, sometidas a una suerte de incontinencia verbal, de manera que por decir tanto se libran de decir lo que, de manera inconsciente, saben que no pueden decir. Por ejemplo, una persona que no desea que en la conversación aflore un determinado tema escabroso puede optar por aturdir al otro con una retahíla de palabras que, en su nerviosa agitación, sellen lo que podría quedar en evidencia si se diera, aun brevemente, el silencio entre ambos. Me refiero a una cháchara histérica que trata de disolver el misterio, como tapa su fobia con complejos rituales quien  padece un trastorno obsesivo compulsivo. No obstante, el enigma, lo que no se nombra, lo que es molesto decir, permanece ahí, tan operativo como soterrado. Forma parte del diálogo (para sordos) como cosa no explicitada.

Esto mismo es lo que sucede si acudimos a la historia. El problema es cómo contamos lo que la historia se encarga de silenciar con técnicas semejantes a esa abrumadora superposición de palabras de la verborrea del ocultador histérico. En ella, en cómo la contamos y en cómo ha cristalizado en el arte y los monumentos, hay infinidad de capas que van unas a otras superponiéndose, como si quisieran ahogarse, tapando lo esencial. La historia limpia sus manchas manchándolas, cubriéndolas con otras manchas de pintura que, a pesar de todo, no van a impedir que la mancha original permanezca subyacente, como el motivo originario en un palimpsesto. 

Pues bien, una de estas manchas muchas veces repintada ha sido, para la civilización europea, el holocausto. La dificultad de hablar de ello es hacerlo sin traicionarlo, sin tornarnos cómplices en esta labor de disimulo que todos los relatos que nos contamos acerca del pasado obran. Porque uno puede sentir que en una estación de tren ha sucedido algo, que es lugar de tránsito, como un territorio del dios Jano, limítrofe, y que por mucho que su excelente construcción afirme la potencia y esplendor de una tecnología, hay, en el mismo ir y venir de los trenes, una parte que se escapa y que el bullicio contribuye a taponar. La grandiosidad arquitectónica y el ajetreo de la técnica en estas estaciones no pueden privarlas de su cualidad que hemos denominado limítrofe o fronteriza. Y una frontera es presencia y a un tiempo lugar de fuga. Se está en ella y no se está. O se está para ir a otro sitio, con el pensamiento lejos, en tensión, a no ser que, como el protagonista de la novela Austerlitz, queramos detenernos en ello. 

Toda esta acumulación cuasi ficcional de vacíos en el gran edificio público, que sin embargo quiere ser algo que impresione, es lo que siente el protagonista de Austerlitz, de W. G. Sebald, cuando deja de pasear por una estación e intenta observarla como un científico a su objeto. Este, llamado como la novela, Austerlitz, ha sentido toda su vida que portaba ese mismo vacío que presiente en sus estudios y en las estaciones que describe y fotografía, es decir, que se cierne en ellas uno de esos puntos ciegos a los que nadie mira. Su obsesión por la descripción minuciosa de los territorios a un tiempo monumentales y fronterizos de nuestra cultura actúa, a mi juicio, como esa verborrea histérica a la que he aludido, es decir, cubriendo justamente lo que se trataba de descubrir y haciendo como si no existiera. Pero como sentimos la totalidad del mar en la punta de los dedos de los pies al tocarlo apenas en la orilla, el bueno de Austerlitz presiente que además de todo lo que escribe y anota, ha palpado algo sombrío y fundamental. De hecho, su búsqueda es búsqueda de algo que se le entrega oblicuamente y a retazos. Busca o, mejor dicho, rebusca, en las huellas que sabe, aun inconscientemente, que tienen algo que decir, y, a su vaga manera, las escucha. Pero, como hemos indicado, toda esa parafernalia de arte y arquitectura también actúa como una densa capa de nieve cubriendo la pureza del lugar originario. De manera que Austerlitz, igual que Tántalo, se queda apenas con el gusto de la manzana que no puede comer.  

Así es como Sebald enfoca su novela sobre el holocausto. Sin hablar directamente del mismo y mostrando que hay una acción de silenciar algo que, justamente, ella misma por su necesidad y actividad, manifiesta que hay algo importante que silenciar. Es peor que un pecado original o una culpa. Es un terrible secreto a voces. No es lo que siente el criminal que se arrepiente, o sea, el remordimiento. Es peor. Es como un desfondamiento de la vida que transcurre en sus múltiples ocupaciones olvidada de que por debajo de sí un cáncer ha carcomido sus pies. Esta mutilación en la historia personal y colectiva de los europeos adquiere tintes existenciales, acaba teniéndolos, pues nos determina en cuanto a nuestro modo de existir, como existentes que nos sentimos afectados, un poco, por la irrealidad. La realidad de la historia que somos se resiente por este hueco en su centro, que la amenaza. 

Pero así está el asunto en Europa, al menos y, sobre todo, desde el holocausto. Es algo tan monstruoso, semejante a un gigantesco agujero negro que nos devorase poco a poco en el centro de la galaxia, que, querámoslo o no, condiciona nuestra existencia, la cual se va tornando, como la de los caídos y como la de Austerlitz, en un huérfano ir y venir. Ese es el destino de Austerlitz, que vaga por los diversos campos de su interés erudito y, a lo largo de la novela, por los lugares donde sus verdaderos padres fueron devorados por el nazismo. En la novela acaba resultando genial tanto el retrato de la honda desazón e inconsistencia que afectan la vida del protagonista, como lo inútil de una búsqueda infinita en pos de las distintas capas que van, como hojas caídas en el suelo de un bosque a lo largo de muchos otoños, superponiéndose. Él sufre de un padecimiento y un dolor real, pero que, del mismo modo que las dolencias del neurótico, no es detectada igual que se aísla y describe a un germen causante de una enfermedad del cuerpo. Le acecha una cosa etérea, compuesta de ectoplasma, un daño sutil que apunta al alma. 

La novela de Sebald, pues, discurre sin una trama clara, con una atmósfera lenta, melancólica, de frases muy largas, sin interrupción. Va contando el horror, como en la película Shoa, mostrando sus huellas, sus síntomas. El protagonista vive en la resonancia de un pasado insuperable, no subsumible racionalmente, que, aún más, parece reírse de nuestra razón. De manera obsesiva se dedica a visitar los sitios que, ya adulto, descubre que son su robado origen de niño adoptado y rebautizado para ser salvado del exterminio. Agónicamente, apenas roza la sombra de sus auténticos progenitores, apenas habla su lengua, apenas recuerda los paisajes esenciales de la infancia. 

Basándose en Walter Benjamin, hay quienes, como Reyes Mate, el teólogo Metz y otros, se refieren a una razón anamnética que pueda recuperar lo perdido justamente mediante constelaciones de fragmentos, o sea, a través de la recopilación de ese rastro que solo oblicuamente revela su modelo y poniéndolo en conexión, igual que en un collage, con otros “materiales”. En este sentido, el libro de Sebald parece recoger la propuesta benjaminiana de rescatar del olvido los elementos más silenciados. Se propugna un nuevo sentido para el historiador que lance los tentáculos de su método para palpar, cada uno, las facetas de un mismo diamante cuya integridad y conexión solo a duras penas puede ser cuasi soñada. Un historiador a medias artesano y a medias artista, un erudito experto en metáforas como lo eran los escritores del Barroco (pienso en El Criticón de Gracián, en especial). Según el pensador alemán, judío, lo perdido es lo fundamental, casi nuestra carne que clama, lo que, cual átomos y moléculas, nos constituye intrínsecamente. Es lo imposible de una voz pronunciada por unas cuerdas vocales aniquiladas por el tiempo. La ronca voz de los muertos. Los protagonistas de la historia son quienes, muertos muchas veces, ni siquiera figuran en el relato que todos hemos aprendido. No se cuentan, no constan. Han sido eliminados del camino, acallados y silenciados para siempre. Aunque, tal vez como un color o un sonido imperceptibles, estén ahí, sigan estándolo, alimentando nuestro secreto estupor, como en el desorientado Austerlitz. 


25 enero, 2026

En compañía de lobos

Una de las películas de los años ochenta, estrenada en 1984, que más me impresionaron por entonces y hasta hoy es En compañía de lobos. Se trata de una versión oscura del cuento de Caperucita Roja relatada como un sueño, en una atmósfera surrealista y fantástica, cuya forma es fragmentaria y está repleta de potentes imágenes. Recuerdo, por ejemplo, que el personaje del lobo, que es en realidad un hombre lobo como los del mito de las novelas y películas de terror, cuando posee en la noche al hombre, sale de su boca, como de dentro, dando la impresión de que pertenece muy próximamente a sus entrañas. El lobo, que anida en las vísceras del hombre, se hace presente como criatura ambigua que ejecuta un mal que no tiene que ver con la moralidad. Ya convertido en lobo, este personaje confiesa a la abuela de Caperucita, cuando esta trata de ahuyentarlo empleando un crucifijo, que no procede del infierno, sino del bosque. Su lugar específico, su origen, está en el bosque. Emerge de la naturaleza, que es amoral. Así, la película, que es fábula sin moraleja, expresa lo que una mirada nietzscheana, que ame mirar la verdad sin temerla, tiene que admitir. Esto es, que persiste, a pesar de nuestros intentos de ocultarlo, un pozo profundo en el corazón de nuestra civilización. 

El mal, al intentar racionalizarse, parece mitigarse, pero en realidad la razón no lo extingue, contra lo que defendiera el optimista Leibniz. Voltaire, que como muchos intelectuales del siglo XVIII quedó horrorizado por el terremoto de Lisboa, se mofa con toda la potencia de su sarcasmo de ese optimismo que se empeñaba en demostrar que el mal es un pequeño sacrificio o precio a pagar por la finitud en un mundo que, a la larga, es el mejor de los mundos posibles. Esto no hace justicia a las víctimas y, sobre todo, resulta fácil imaginar un mundo menos doloroso. En este sentido, como dijo el rey de Castilla Alfonso X el Sabio, todos tendríamos algún buen consejo que dar al Creador en torno a la creación. Sería fácil achacar a esta que es una chapuza cuando menos mejorable. La pregunta sigue siendo, a pesar de la teodicea leibniziana que justifica a Dios a costa de culpabilizar al hombre, por qué hay mal en el mundo tal como este está construido. Un mal que no es causado por el hombre. Dicho de otro modo: ¿por qué el mundo está hecho de tal forma que el sufrimiento resulta inevitable? Más allá de todas las preguntas y los anhelos humanos, el mal persiste con obstinación y cuestiona al mismo Dios, estando mucho antes que nosotros, en el fundamento de la realidad, como un estigma de la materia o, por lo menos, de la materia viva que ha evolucionado en la Tierra. 

A riesgo de parecer un tanto escolar, creo necesario recordar la tipología del mal que se ha establecido clásicamente, recogida por Leibniz. En primer lugar, el mal metafísico es el que hay que admitir por la contingencia del mundo y su carácter finito, o sea, limitado, y por no ser el mundo lo mismo que Dios, esgrimiendo su cualidad de creatura. En la realidad finita y contingente no puede darse la perfección atribuible solo a la divinidad, por lo que han de producirse aristas. Por otro lado, el mal físico es el que tiene causas físicas y se asocia, por ejemplo, a los desastres naturales. En la naturaleza impera un orden feroz en el que muchos seres vivos, no solo el hombre, padecen dolor. Todos los seres vivos se resienten por un sufrimiento que se asocia a la tensión y el riesgo de estar vivos, de una vida que culmina en la muerte. El mal moral, por último, es el sufrimiento de origen estrictamente humano que los seres humanos causamos a otros seres humanos (o animales) con nuestro comportamiento. Nótese bien que podemos hacer daño simplemente por habitar un cosmos cultural que se ha ordenado de manera que para desplegar nuestro modo de vida resulte necesario dañar, aun involuntariamente, a otros. Por ejemplo, yo necesito comprar comida para alimentarme, pero esta ha sido producida en condiciones injustas para el medio y para los productores. He ahí que soy cómplice de un mal que parece inevitable y que tiene que ver con la construcción del mundo social en que vivo.

Pues bien, en el nivel al que nos conduce la película mencionada al principio, no puede hablarse de mal moral. No hay nada moralmente reprobable en el lobo. Su mal es, por así decirlo, inocente. Se confunde con la vida en su más espontánea efervescencia, como el destrozo que causa la inconsciente tormenta. Esto aparece también en el tratamiento de la sexualidad que se lleva a cabo en el filme, que se propugna como algo compuesto de erotismo y también de muerte. Hay, ciertamente, algo temible en la sexualidad. En esta emerge, por un lado, la potencia de la vida, que es la decidida afirmación de ser, quizás lo que Nietzsche denominó “voluntad de poder”. Pero al mismo tiempo se da en ella una lóbrega presencia de la destructividad, del impulso, decía Freud, de Tánatos, de autoanulación de la propia vida. 

Y es que todos, como el lobo y como, finalmente, Caperucita, venimos de la ambigüedad del bosque. Esto no quiere decir que justifiquemos el mal, pero sí que, valientemente, asumamos esa postura nietzscheana que acepta la verdad. Se trata de mirarla sin pestañear. Esto puede hacerse mejor cuando uno ha contado con ciertas experiencias de lucidez que consisten en que, de una u otra forma, el velo que anteriormente cubría el mundo cae, como cuando se es traicionado por quien se creía un amigo y llegamos a saber por vez primera que todo era una farsa. Antes de la revelación de la traición del amigo, cuando nadie, acaso, nos había golpeado seriamente con su hipocresía, llegamos a considerar el mundo como un manso prado donde pastan las ovejas. No vemos a los lobos. No vemos que somos, traidores y traicionados, lobos. Es este trauma existencial el que resulta, para nosotros, elocuente, porque crecemos con él en conocimiento. Tras la pantalla del falso amigo había, y descubrimos tras ella, un orden torcido. Hay en el horizonte el gris de enormes nubarrones que incuban huracanes. Aunque el mal que destapa la traición sí es de tipo moral. El del lobo, no obstante, es inocente y, en último extremo, ontológico. 

Podemos percibir la inocente tiniebla en los ojos de un lobo. En cierta ocasión alguien me dijo que la diferencia entre un perro y un lobo es la mirada. Desde entonces, cuando he visto lobos en la televisión, los he comparado con los perros, tan humanizados. Y he constatado que, en efecto, el modo de hincar la mirada del lobo es penetrante, casi taladrador, semejante al de un demente obsesionado con algo. Una mirada de Gorgona que nos hiela. El lobo no exige, como el perro, nuestra simpatía. Es, como el bosque del que procede, una exhalación de la vida que se abre paso con insistencia. Incluso los lobos troquelados, criados entre humanos, mantienen esta sintonía primordial y exigen al hombre no ya su cariño, sino su jerarquía. 

Con el perro, ciertamente, pasa algo parecido. El perro nos convierte en una mezcla de padres y de jefes de la manada, dicen los etólogos. Recuerdo al respecto lecturas de Konrad Lorenz y documentales de Félix Rodríguez de la Fuente. Pero los canes se han humanizado, como si hubiesen dado un paso más allá en su acercamiento a nuestra cultura, que parecen admirar sin conocer con exactitud qué es lo que admiran. El perro, cuando nos contempla, vislumbra, creo, lo que nos hace humanos como algo extraño que digiere a su manera y dentro de su alcance inteligente. El contraste con el lobo es brutal. Lo que el lobo tiene de obsesión nerviosa, el perro lo tiene de mansedumbre. El lobo se abalanza sobre sus presas disputando, haciéndose sitio. En nuestro amigo sigue habiendo esto, hasta cierto punto, pero ha perdido lo que podríamos denominar la ferocidad ancestral. En cualquier caso, la ferocidad que palpamos en los lobos remite a la ameba que sobrevive fagocitando y deglutiendo a otra célula. Es una misma inercia que la naturaleza en su estado bruto posee y que para buscar en el perro, o acaso en nosotros, habría que ahondar en lo que ambos conservamos de impulso telúrico. 

Aunque creo que el ser humano siempre ha vivido inmerso en una cultura que lo aísla de la naturaleza al tiempo que, como en el mito bíblico, le proporciona dominio sobre ella, en los tiempos prehistóricos (y espero no estar incurriendo en un manido tópico) el ser humano estaba más cerca del lobo. No olvidemos que incluso, como dice Freud, puede estimarse que la cultura sea apenas un barniz. Arsuaga, el prestigioso paleontólogo español, refiere que en la Península Ibérica convivieron enormes leones, mayores que los actuales, con familias de homínidos, compartiendo el nicho asignado a los más eficaces depredadores. Dice este científico, a partir del estudio de restos, que ambos grupos de predadores se conocían y se respetaban, sabedores de que el rival, y tal vez enemigo admirado, albergaba un temible poder. 

Me he atrevido, en definitiva, a sugerir que lo que llamamos mal, en sus vertientes metafísica y física, determina el mal moral. No se trata de que, en su libertad, el hombre haya optado por el mal como algo que ha mantenido cual posibilidad en su existencia, sino que, de un modo más primario, la conducta humana se tiñe con una mezcla ambivalente de bien y mal que hereda de la naturaleza. La naturaleza es fastuosa, extraordinaria, pero también es fuente de dolor y luto. Reconocer esto no equivale a que, incurriendo en la llamada falacia naturalista, nos veamos abocados fatalmente a construir sociedades malignas, pero sí estamos obligados a aceptar que en nuestra esencia se incorpora una inercia intrínseca hacia el mal inocente que heredamos de la naturaleza. Se trata no de justificar nuestras maldades, pero sí de asumir la experiencia del mal como algo realísimo que resurge en nuestra historia y que, querámoslo o no, nos constituye radicalmente, en palabras de Kant.

20 enero, 2026

Beato sillón

Dámaso Alonso comparaba la emoción que evoca la poesía de Jorge Guillén con correr desnudo en la playa solitaria para zambullirse en el mar. La plenitud y la pura afirmación de ser se abren, entonces, como un abanico en el instante, que, igual que la juventud, apunta a una eternidad ante la cual no se ciernen amenazas. Leí este gozoso símil precisamente en mi juventud, en el volumen que Dámaso Alonso dedica a sus compañeros de generación, titulado Poetas españoles contemporáneos, entre el memorial y la crítica literaria. Después, he leído bastante a Jorge Guillén, su obra Cántico, que ya en el título expresa una exultante alabanza. Es, reconozcámoslo, un poeta intelectual, que no gusta a todo el mundo, pero que otro grande, Jaime Gil de Biedma, defendió de torpes acusaciones que lo relegaban a un ominoso papel de poeta de la burguesía. El prejuicio vino, seguramente, de quienes prefieren cantar al pueblo, a sus luchas y a la transformación social, creyendo que la poesía debería propiciar cambios sociales. A mi juicio, el arte, sin embargo, cambia poco las cosas. Sirve para una tarea más básica que vinculamos con la experiencia extática. Esta consiste en una poderosa vivencia por la que el ser del mundo, de ese conjunto de los entes que llamamos realidad, se torna vívido y elocuente, mostrándose a uno como si se tratara de la sedosa e iridiscente cola de un pavo real al abrirse. Esto, y no una mera ensoñación que solamente partiese del tener la barriga llena, es lo que verdaderamente canta Jorge Guillén. No es poesía burguesa, sino metafísica. Y cuando glosa, por ejemplo, el momento de la siesta en el mullido sillón tras el opíparo almuerzo o la plenitud del sol en su cénit, o sea, del mediodía en que todo es luz gozosa sin sombras, se está refiriendo, en la medida que la poesía lo puede hacer, al mismísimo ser. La calma, la ausencia de lucha, el sosiego que se entrevera con una alegría que parece hormiguear en el abdomen como la del niño que espera los juguetes traídos por los Reyes Magos, todo eso es el tema de la poesía algo difícil de apreciar que estamos aludiendo. Es cosa rara que un poeta glose bondadosas sensaciones y no tristezas o melancolías. Hay muy pocos que lo hagan. Quizás, también, Walt Whitman. No hay en él, por tanto, sentimentalidad fácil ni nos conduce a luctuosos quiebros. Su lenguaje tiene algo de reluciente talla de orfebrería que apunta a la idea que estamos mencionando, o, dicho de otro modo, al culto del horaciano Carpe diem. Hay que matizar que este Carpe diem, que no deja de ser un antiguo tópico de la poesía universal, no sugiere ningún exceso ni abuso sensorial, como si hubiera que saturar al cuerpo para olvidarse de que el tiempo pasa escapándosenos de las manos hasta que todos damos en la mar que, en palabras de Jorge Manrique, es el morir. Antes bien, define esa eternidad que, como un abanico, se extiende en el instante intensamente vivido.

No sabría decir, como insinúa Schopenhauer, si esta vivencia es la del eterno presente en que viven los animales. Peso sí estoy seguro de que remite también a nuestra infancia. En ella, por lo menos en mis tiempos, los niños leían libros y estos procuraban un placer que se oponía a cualquier anticipación de la vejez y la muerte. El niño, como el joven, se sabe inmortal y ejerce dicha inmortalidad cuando lee, enfrascado, una grata novela. Como ejemplo personal puedo mencionar la felicidad que me procuró la lectura de La historia interminable, de Michael Ende, en torno a mis diez u once años. Los libros han sido para mí, desde aquel tiempo, un objeto mágico, de culto, que ahora colecciono para adorarlos y, llegado el caso, leerlos. Las lecturas de la infancia y juventud se imprimen en la memoria con una potencia que ahora echo de menos, aunque la comprensión de los textos sí que va aumentando con la edad. Pero lo que antes faltaba de conocimiento profundo a la hora de leer, lo había de chispeante fruición. Bien fuera en forma de libro convencional o de cómic infantil, la literatura me situaba en una meseta de alegría en la que echarme a sentir el sol, como en la playa, cerrando los ojos. Stevenson, Alejandro Dumas, Conan Doyle son algunos de los autores que mayor placer me proporcionaron. 

Junto al libro, otro objeto procurador de infantil arrobo, propio de mis tiempos de niño, era el reproductor de vídeo. Hay películas que se imprimieron con fuerza en mi imaginación estimulándola como cuando, también, iba al circo. Así, las clásicas de superhéroes, de finales de los años setenta y primeros ochenta, me hacían casi volar con ellos y sentirme omnipotente. Quiero mencionar, sobre todo, por el tiempo que esperé para verla, la película E.T. El extraterrestre. Previamente había leído una novelita que salió sobre ella, a partir del guion, y que yo devoré. Por entonces el cosmos y la posibilidad de vida inteligente fuera de la Tierra me inquietaban. La historia del manso alienígena que traba amistad con un niño y que uno sentía cálidamente cercano, pero también incomprensible, me inspiraba un remedo de esa sensación cuasi corporal, aunque de raigambre metafísica, que he llamado a veces “vértigo”, igual que el que poco a poco, me iría produciendo la literatura de Borges según iba leyéndola y, esforzadamente, comprendiéndola. 

Lo que podemos denominar, a partir de la breve décima de Jorge Guillén llamada “Beato sillón”, como una mística de butaca o sobremesa, es decir, la vivencia de la nuda afirmación de ser que se siente con un gozo supremo, también ocurre cuando jugamos. Y hay un juego que parece invocarla especialmente. Se trata del ajedrez, en que se enfrentan dos inteligencias en un combate cortés que reduce el mundo a fichas y casillas de un recortado tablero. Es un juego elegante y bello. Borges le dedicó dos sonetos que, no obstante, dentro del tono de estoica mesura, introducen una de las grietas que a él le gustaba señalar en la realidad. Esto ocurre cuando se pregunta si también los jugadores son, acaso, fichas movidas por otra mano que, a su vez, es movida por otra y por otra. De nuevo, en su universo, no se detiene el pensamiento en un Dios, como en el monoteísmo clásico, sino que se despliega en un mar de causas y principios que se pierden como en la lontananza. Cualquiera de ellas puede ser un espejismo soñado por otra anterior, igual que la procesión infinita de las olas en el mar suavemente agitado por el viento. Si nos fijamos en los jugadores de este deporte que puede practicarse bebiendo licor o café y fumando una placentera pipa, no apreciaremos ninguna otra circunstancia que se cierna en torno a ellos más allá de la nota del diapasón de la cortesía y el noble juego. 

La vida humana tiene algo de círculo. El círculo también expresa la perfección del todo, redondo y autocomplaciente, como la esfera que parece flotar sin más sobre la nada sin espacio ni tiempo, que es el universo. La infancia que deriva en la juventud, tras unas décadas de vida “adulta”, desemboca en el estanque de la vejez. En ella vuelven los juegos inocentes a ocupar un lugar importante en la vida del anciano. Tal vez el ajedrez. O quizás, en la residencia de mayores, cuenten sus vidas como contaban sus cuentos los personajes encerrados en aquella casa de campo que relatara Boccaccio en el Decamerón, libro que escribió, seguramente, riendo sin parar. Del mismo modo, igual que los dolores de la edad o el acecho de la peste pueden ser mitigados por las narraciones, en un momento que resplandece como una piececilla de oro pulido, el anciano exorciza sus pesares sintiendo el sol templado del invierno en el mediodía sobre su piel agrietada. De nuevo, tenemos el sol, el sol esplendoroso del mediodía, o la siesta que se duerme en el beato sillón que cantaba Jorge Guillén. Ahora, en la vejez, el mundo también parece reducirse a uno o dos placeres que vuelven a constituir, como una respuesta sin palabras, el término de tantos porqués. El teólogo Bultmann, nonagenario, escribía a su amigo Heidegger, en una carta, que ya solo le quedaba fumar su pipa, que, como un sol pálidamente irradiante, condensaba en una misma fruición al universo. 

14 enero, 2026

En el corazón de las tinieblas

Cuando se menciona la teoría psicoanalítica de Sigmund Freud, se suele relacionar la consciencia con una balsa en medio del vasto océano de lo inconsciente. En una de las conversaciones que se dieron en el contexto que más adelante voy a relatar, alguien trajo a colación esta comparación. Era una interpretación de la película Apocalipse now, que todos recordábamos bajo el golpeteo de una lluvia interminable y al son del jazz. Aunque estábamos en 2005, nuestro espíritu parecía querer ir a muchos años atrás. La alusión a Freud partió de la imagen de la lancha con la que una patrulla del ejército norteamericano en Vietnam acomete la tarea de buscar al enloquecido coronel Kurtz en la jungla, navegando río arriba. El filme se rodó en plena era de la psicodelia, ya entrada la década de los años setenta del siglo pasado que, a mi juicio, resultó más interesante y madura que los anteriores años sesenta. Y como en la atmósfera de este, nuestra amena conversación comenzó a semejarse a un sueño. Sin embargo, la naturaleza y toda la realidad palpitaban vívidamente a nuestro alrededor. En los muy oníricos y políticos años setenta estalló, convulsivamente, lo que se cociera en la década precedente, produciéndose un perturbador juego de luces y sombras de vuelta de la era prodigiosa de las utopías y las contraculturas. Un juego de gozo y penuria como aquel que jugábamos en ese momento al relatar el siglo y que era, dicho con total precisión, la mismísima vida que fluía entre nosotros igual que las palabras.  

Con este espíritu, se adaptó al cine la novela breve de Joseph Conrad El corazón de las tinieblas llevando su historia a la guerra del Vietnam y haciendo del personaje Kurtz un desquiciado oficial que, aturdido por la guerra y por la selva, se ha atrincherado en un rincón de la jungla donde ejerce su poder tiránico emulando al azar. Prolonga el oficial la lógica que, por encima de cualquier justificación épica, hace de toda batalla una pura carnicería. Su sentido del honor y de la equidad no resisten en embate de lo que parece invocar en sus últimas palabras: el horror. Al horror de la guerra solo puede oponer una más salvaje forma del mismo, por la que este parece brotar de la misma selva, como una enorme flor tropical de aroma pestilente. Es en la selva donde funda su corazón de las tinieblas, un reino acechante de vida y muerte, una bacanal brutal bajo la poderosa lluvia tropical, en la atmósfera húmeda y caliente que engendra a una innumerable masa de insectos y pudre los cuerpos de las víctimas. 

Si leemos la novela de Conrad, en la que no hay más conflicto bélico que la colonización del Congo, es la propia selva la que infunde el horror que saca a Kurtz de sus casillas, siendo aquí agente comercial de una compañía que explota los recursos de las riberas del gran río. Porque la vegetación exuberante, el clima asfixiante, la vida que brota gratuitamente por doquier en una inercia que ancla sus pies en la nada, una vida que es, al mismo tiempo, muerte, como un torbellino de seres y de aniquilación, todo ello es lo que adquiere un cariz siniestro. El mundo, así, se percibe como una anomalía, como un tumor que se agiganta sin más. Eso es el mundo y eso es la vida para Kurtz que, desprovisto de Dios, asiste al crecimiento de lo que no es más que una desnuda contingencia. Emerge en él, entonces, la pulsión de inmolarse, adentrándose en la bestial orgía cada vez más. La percepción del fino límite que separa el hecho de que haya algo de que pueda no haberlo en absoluto lo conduce a la insania.

Como un espejismo, estas reflexiones se me imponían cuando esperaba en aquel 2005 a que terminara de abatirse un huracán sobre la ciudad que me acogía, en el Trópico. La constante cortina de agua, que acabó produciendo corrimientos de tierra y socavones por todo el país, había obligado a suspender las clases que yo iba a impartir. Exactamente igual que una premonición de lo que la naturaleza en sorda ebullición puede dar de sí, había sufrido al llegar en avión, desde el aire, una espectacular tormenta eléctrica y hube apreciado el intenso verde de plantas y copas de árboles descomunales. Sentí la fuerza primordial. Pero el huracán que arrasó el país algunos días después sobrepasó todo lo que podía haberme imaginado en aquella primera toma de contacto. 

Pasé los días de feroz lluvia cruzando la cortina de agua a uno y otro lado de una calle adonde daban mi residencia y la casa de alguien, en frente, con quien hice buenas migas, que era profesor de la universidad que me acogía. Cruzaba la calle para acudir, presurosamente, a la casita de este. En ella, junto con un tercer profesor, también visitante, pasamos el tiempo a la espera. Fueron momentos de prolíficas conversaciones, en las que se iba abriendo paso, como una colada de lava, todo lo que agita al mundo. Igual que en la naturaleza, en la historia que ellos me contaban, siendo yo todavía relativamente joven, hervía la poderosa mezcla de muerte y vida que yo ya percibía con una intensidad insufrible. 

Escuchábamos mucho jazz y a Jimmy Hendrix. Escuchábamos, también, a los Beatles, en especial su álbum Sargeant Pepers. Pero, sobre todo (lo recuerdo entre la nostalgia y la lástima) padecí la enfermedad de la utopía, la emoción de los movimientos sociales cuya religión estribó en querer cambiar un poco las cosas. El otro profesor visitante, que era brasileño, preparaba unas caipirinhas que iban exaltándome al tiempo que mortificaban mi hígado. Viajar siempre causa un impacto, sobre todo en almas sensibles, pero si a eso añadimos la circunstancia de un huracán, que es algo terrorífico, uno se siente verdaderamente azorado. Me abordaban como en una magnífica comunión sensaciones de fraternal cercanía, pero también vivía la extrañeza respecto a aquella tierra. Cuanto más real era todo, más irreal parecía. 

De regreso a mi habitáculo en la residencia, enardecido por las caipirinhas, escuchaba el estruendo de la lluvia golpeando los tejados de uralita. No sabía si considerar que el universo es excelso o más bien horrible. Ahora pienso que, si se dio una especie de epifanía religiosa o conversión en mí, tuvo que ver con la insondable fuerza con que tanto la natalidad como la destrucción me azotaron, porque sentí a ambas como parte inextricable de aquel mundo. Seguramente la experiencia de la beatitud que se extiende en el alma como la superficie iridiscente de un océano en calma, resulte imposible de escindir del abismo que bajo ella se cierne, peligrosamente, y también sobre ella, en el cielo donde las estrellas que titilan parece que estén croando como ranas de hielo. Quizás no haya más que esto. Una engañosa belleza que, sin embargo, conmueve. Una belleza sin igual, extraordinaria y, también, trivial. 

Supe que todo exulta antes de estallar la tormenta. La renombrada escena de la bolsa de plástico danzante, en la película American beauty, expresa acaso esta verdad. Justo antes, en el intervalo entre nevada y nevada, cuando la ventisca advierte que va a venir, pero todo quiere recibirla en una suerte de calma que es plenitud, antes de que irrumpan los acres vientos y los relámpagos temibles, uno descansa y medita y siente que eso mismo, en su efímera duración, es la eternidad. Se da entonces la paradoja de que, en el encuentro con la vida, salta al ruedo la muerte. Como sucede al protagonista de esta película que, desesperadamente, quiere vivir, pero muere muchas veces. 

Escribe Kafka en El proceso, más o menos, que, aunque la lógica es inconmovible, no resiste a quien quiere vivir. Pero la vida que se desarrolla en las novelas y cuentos del autor checo es una vida constreñida. Como en la apariencia del mar en calma, sucede que hay abismos por doquier. Arriba y abajo. Abismos verticales que se elevan o retroceden. Se oye, junto al rumor de la brisa, el estruendo del huracán; junto al mediodía, la medianoche; junto al susurro del bosque, ese corazón de las tinieblas que, como un oscuro batán, late penosamente. Son sus latidos los que aun en medio de la paz de la sobremesa, tras el banquete, escucho con atención, como la música ininteligible de las esferas de la que escribían los antiguos. Y mientras bebo el último sorbo de vino me digo, cada vez con menos convicción, “todo es bueno, todo está bien”, al tiempo que, en lo más profundo de la jungla, el coronel Kurtz sufre y prolonga, perdido, el horror.

08 enero, 2026

De copas

Ernst Jünger era, además de buen ensayista y narrador, un genial diarista. Leí Radiaciones, su diario de la Segunda Guerra Mundial hace un par de veranos, y tanto disfruté con su magnífico ritmo, sus agudas observaciones y la atmósfera íntima que transmite la sensación de una amena conversación de tú a tú, que comencé yo mismo a escribir un diario. Este proyecto duró apenas un mes, debido a mi inconstancia. No obstante, sigo admirando los pasajes de tan grata lectura del escritor alemán, que guardo en mi memoria junto con un vaporoso deseo de volver a emularlo que seguramente nunca cuajará. Uno de estos pasajes geniales aseveraba, si mal no recuerdo, que todo alcohólico es, en realidad, un buscador compulsivo del éxtasis, del mismo éxtasis de los místicos o los poetas, pero, añado yo, un éxtasis artificial, impostado y, finalmente, malogrado. No se aleja esto de la concepción del psicólogo y pensador freudomarxista Erich Fromm, cuya teoría al respecto afirma que en el origen de toda drogadicción está el frenético impulso de fusionarse con un todo en el que anegarse y, como sucede en el éxtasis, olvidarse del propio Yo. El psicólogo encuentra en este olvido de la identidad, precisamente, la clave, porque de lo que se trata es de disolver el miedo a la libertad, parejo al miedo a la soledad, en la fusión orgiástica con lo que no es uno y cuya plenitud ayuda al bebedor a mitigar dichos sentimientos. Aunque esto tiene un precio que se salda con violencia contra los demás o contra uno mismo, en sus distintas formas. A cambio de la experiencia repetida de la fusión extática, agónicamente buscada, el cuerpo y la mente van mermando y el adicto se va resintiendo y, casi siempre, aniquilando. Porque todo es tan automático y raudo como si, en lugar de la bebida espirituosa, nuestro harapiento buscador apenas tuviera que pulsar el botón de una máquina extraordinaria que le procurara la sensación excelsa, sin mediar esfuerzo ni oración ni largas horas de meditación. Se alza ante él, con todo su falso esplendor, lo que Baudelaire llamaría un “paraíso artificial”, que, no obstante, cuando desaparece cual espejismo al ser alcanzado, deja en su lugar el penoso sentimiento de aislamiento y vacío multiplicado. Esto mismo sucede no solo con el alcohol, sino con muchas otras drogas potentes que bastaría ingerir para que, con celeridad, lo condujeran a uno a vivir el sublime arrobo como un turista de lo extremo.

Este arrobo pseudomístico producido por la bebida puede ser dibujado con la imagen que cualquiera puede contemplar de la pista de baile, en ciertas discotecas, a través de un cristal, en un espacio más reservado e insonorizado. En esa ocasión resulta chocante mirar a los oficiantes del ritual de la noche y el baile, que se agitan como convulsivamente para nadie, al compás de una música que al sobrio observador le parece que no existe. De la misma manera, el bebedor se contorsiona y agita sin que en la realidad nada haya cambiado, sin que su pasmosa aprehensión corresponda con nada real. No es el absoluto lo que contempla, enardecido por el licor, sino un fantasma, por lo que su éxtasis constituye apenas un remedo del éxtasis verdadero, adquiriendo antes bien la sustancia de una triste alucinación. 

Los adeptos de los paraísos artificiales son seres del exceso, de la falta de medida, cuya sensualidad resulta no tanto dirigida, sino exaltada y después castigada por la desmesura. Aunque afirma una vieja creencia que solo los borrachos (y los niños) dicen la verdad, yo afirmo que no pueden decirla porque en su confusión química no es la verdad lo que contemplan. Andan como perdidos entre los fantasmas de aquello que, si lo abordaran como hay que hacerlo, brillaría con una intensidad mil veces mayor que cualquiera de sus alucinaciones. Estas pueden ser espectaculares, pero son falsas. Recordemos que el auténtico éxtasis es una suerte de percepción del ser de los entes, de lo absoluto en su realidad más elocuente, sin trampas. Por eso resulta imposible atajar el camino que conduce hacia ello. El falso éxtasis del bebedor es, sin embargo, ese fácil atajo que desemboca en un callejón sin salida.

Que todo resulta un fraude queda demostrado por la ineludible resaca al final de ese camino. Toda la sensación de plenitud e incluso la pobre amistad fraguada al socaire de la ingesta de licores fracasan como en aquella película de Chaplin, creo que Luces de la ciudad, en la que un ricachón bebedor prodiga abrazos y un afable compadreo con el vagabundo Charlot al que, cuando el efecto de la bebida pasa, no reconoce e incluso maltrata. ¿Cuál es, por tanto, la naturaleza de la amistad que la borrachera había invocado? La amistad, como el sentimiento de plenitud que la acompañó, no era, en sentido estricto, más que una nada. La vitalidad del bebedor compulsivo es, pues, pálida y flotante, como si por debajo de sí misma comenzara a abrirse un gran vacío y el abismo, como un inmenso cáncer, fuera horadando los sentidos y la personalidad. Del verdadero encuentro con lo absoluto quizás sí pueda suceder algo terrible, como la locura o incluso la muerte que encuentra quien mira el rostro divino, como el Empédocles de Hölderlin, pero nunca puede darse el arrepentimiento, como si a la vuelta de la experiencia, esta tuviera que considerarse una especie de acto fallido, de camino torcido que nos hubiera conducido a un paisaje que queremos olvidar tras deambular por él. Cuando en la obra del poeta alemán el filósofo griego decide inmolarse en el Etna es porque lo absoluto irradia con un esplendor que disuelve la distancia entre el mismo y el sujeto que lo ha vivido gozosamente. La muerte es, entonces, el tenue paso que lo separa de esa plenitud. Todo queda fundido en majestuosa unidad, a la par que poderosamente afirmado. Empédocles ha visto y sabe realmente. Su embriaguez es la de una suprema lucidez, un Sí universal en el que se vierte la ceniza del Yo, tratándose antes de un sereno renacimiento que de una destrucción maníaca.             

Algún día, o, mejor dicho, alguna noche, he hecho el experimento de ir a observar a la gente, durante alguna jornada de celebraciones como Nochevieja. Me sorprende, entonces, haber percibido una cierta electricidad más cerca de la histeria que de otra cosa. Todo era como un espasmo, como una gigantesca contracción contagiada a todos los celebrantes. Confieso que esto no deja de tener su atractivo, hasta que la resaca aparece, y que yo mismo he disfrutado, hace muchos años, de esa manera. La fruición es intensa y uno puede estar tentado de confundirla con el rapto con el que la eternidad sale al paso, pero sus huellas, lejos de ser como las que imprime el encuentro con lo más excelso, son pesadas y paralizantes. No queda de la fiesta más que un frío estupor. En la noche había ocurrido, realmente, una confusión por la que lo sublime fingía hacer su aparición, para no ser realmente más que el fulgor de un inasible rayo de luna en la oscuridad. 

Tras el vacío, no obstante, emerge de nuevo la necesidad de procurarse otra ración de lo absoluto artificial. Lo que esta operación acaba procurando en el adicto resulta desolador. Una de las películas más duras que recuerdo, de las que tratan de esto mismo, es decir, de la adicción a una droga, es Réquiem por un sueño, que me impresionó tanto que, por un lado, la he querido ver de nuevo, pero al final nunca he sido capaz de hacerlo. Trata de dos jóvenes que empañan su existencia en la búsqueda sin fin de lo que la heroína les proporciona, lo que, vislumbrado desde lejos, parece ser una sensación embriagadoramente feliz. Pero pronto, si hablamos de placer, este se transforma, como en el caso del fumador, en el modo de placer que resulta de la mera extinción de un síndrome de abstinencia. Lo que solo debería ser producto de un don gratuito pasa a convertirse en una necesidad compulsiva. La ruina de la pareja es atroz, junto con la de otros seres, como la pobre madre anciana del joven, adicta, también, pero a las anfetaminas para adelgazar y realizar el sueño de una figura esbelta. Todos son víctimas de cuya inmolación no resulta nada grande. Protagonizan una tragedia que el título del filme expresa muy certeramente, la del destino puesto en manos de un fármaco, un elixir que mágicamente parece prometerlo todo y que lo que deja a su paso no es más que el paisaje arrasado de ciudades bombardeadas. Los personajes inspiran una lástima indescriptible y la película es difícil de digerir, rozando por momentos lo terrible, propiciando en el espectador algo entre el grito y el llanto. Sus cuerpos se pudren en vida hasta terminar muertos antes de tiempo. El filme nos ofrece, como en una bandeja al final de la fiesta, la verdad que subyace a la alegría de los paraísos artificiales, el veneno que su alimento incrusta en el alma. Su falsa promesa conduce por un sendero tormentoso a seres que multiplican su dolor y su soledad, como conduce a los niños hasta su perdición el flautista de Hamelin en el cuento del folclore alemán recopilado por los Hermanos Grimm. Todos confían en el diabólico músico embelesados con su canto de sirena.

02 enero, 2026

La noche me confunde

Como un tiempo de carnaval que fuera revocado con cada amanecer, el reverso del día, la noche, trastoca y descompone lo que en las horas alumbradas por el sol se tiene por normal. Hoy yo vivo, plenamente diurno, con la sensación de que el rumor de mis viejas correrías nocturnas todavía me llama desde las calles sombrías, mientras, mansamente, dejo que los sueños pueblen mi sopor. Cedo a otros habitar las horas nocturnas negando lo que, ordenado por la rutina laboral y los horarios, hemos ido trabajosamente afirmando los que seguimos las buenas costumbres. La luz del día vence al presentimiento de que tras las cosas puede haber otras cosas aguardando de manera acechante, como un doble estrafalario y siniestro. La noche es, si acudimos a la literatura, el territorio de ese segundo Yo famoso que Stevenson denominó Mr. Hyde. La vida diurna de la mayoría lo elude, pero se sustenta misteriosamente en él, en quien rehúsa ser. Solo de noche uno puede toparse con los fantasmas que luego no ve en la apacible sobremesa dormitando en una mullida butaca. Bécquer afirmaba de sus leyendas que no se debían leer tras el almuerzo, con la barriga bien llena, sino en la penumbra de una solitaria vigilia nocturna para que pudiéramos captar con propiedad su horror, emparentado con las formas del miedo y de la histeria que se adivinan en la noche, como aquella sábana que, enganchada entre las ramas de un arbusto, semejaba el cuerpo de una mujer a la luz de la luna, enamorando al romántico de alma frágil. Y en otra historia espeluznante, sucedida en la noche de difuntos, cuenta Bécquer que el áspero páramo soriano fue testigo de la aparición de los podridos esqueletos de monjes templarios ávidos de sangre. Todo sucede hacia la medianoche, la hora de las ánimas.  

Al caer la tarde, si tanteamos la ciudad, si deambulamos por ella como mendigos o como lunáticos, todo lo que había sido propio de una vida regulada y cuerda, parece descolocarse. Escalamos esas cimas de la locura en las que Lovecraft situó a una arcana e indescifrable civilización, de origen extraterrestre, que nos fundó y que, silenciosamente, también nos amenaza. En la tradición literaria, especialmente la romántica y en ese otro romanticismo que cuaja en la literatura gótica, la noche ha sido metáfora de lo inasible, que, como una muda vibración procedente de algún fortuito cometa, nos causa la impresión de una inefable presencia. Esta vaga certidumbre nos incomoda, pero, de una manera sobrehumana, nos envuelve y eleva igual que las bebidas espirituosas en un ominoso éxtasis. 

La noche ha sido para muchas civilizaciones el símbolo del caos. Así lo sintieron egipcios y aztecas. Y el caos es horrible, es decir, el mundo, si se desordena, se convierte en un pozo de terrores. Para el azteca, por ejemplo, cada noche le acarreaba el temor de que fuera la definitiva, de que el sol, acaso, ya no saldría más.  Para ellos esto suponía que se imponía el desorden primigenio que daba juego a la improvisación y la voluntad azarosa de dioses enemigos del hombre. Este no podía vivir sin el sol, sin la luz y sin el día. Tampoco sin el fuego. El horror de perder estas cosas era como un miedo generalizado a morir, una poderosa sensación de la propia contingencia, como si se fuera consciente del leve hilo del que pende la humanidad, contemplándolo con los ojos espantados de quien mira a un demonio. Y de este horror primigenio brotó, seguramente, la compulsión de llevar a cabo atroces holocaustos de personas, de curar la sangre con más sangre, de posponer estremecedoramente la riada de muerte que se presentía añadiendo sangre real a la sangre soñada, anticipando el fin, o el oscuro origen, que aquellas antiguas civilizaciones sentían en las propias entrañas. La noche ha sido para numerosos mitos una suerte de remedo provisional de este caos tan temido por los aztecas, del desorden que enseña los colmillos como un vampiro. 

Esta noche o caos que amedrenta al mundo ha sido evocada por Borges con la metáfora de la pesadilla, que es, en su definición, un abismo que se abre sorpresivamente en un resquicio de lo real, en lo cotidiano y rutinario, por el que se cuela el no ser que el pensamiento de siglos, desde Parménides, ha tratado de exorcizar. Lo que no puede ser pensado o, aún peor, lo que si es pensado erosiona toda alegría y afirmación vital corresponde con esas criaturas de la noche que la habitan y que podemos leer o mirar en libros y películas del género de terror. El mayor terror es, de hecho y como señalaba Narciso Ibáñez Serrador, el que se origina a partir de algo imposible que se adhiere a la cotidianeidad. Cuanta más ternura incite el objeto perturbador, mayor es el miedo que nos causa su anomalía. El gran director de cine y televisión ponía como ejemplo, en cierta entrevista, una escena en la que un bebé recién nacido abre su boca, aun envuelto en líquido amniótico y sangre, enseñando en perfecta fila todos los dientecillos. Es este un buen ejemplo de uno de esos quiebros que, en nuestras pesadillas, da la naturaleza y que, a fuer de propiciar el sentimiento de lo siniestro, o sea, de lo fuera de lugar, nos está poniendo en cuestión la consistencia de lo real, siendo, por tanto, el miedo, miedo a que todo se deshaga como si se disolviera entre nuestros dedos al tratar de asirlo. 

La noche es, pues, un ácido que lo descompone todo y que puede perturbarnos profundamente. Pero, aunque perturba, también puede ofrecer la promesa de lo extraordinario como algo deseable. Visto a la luz del día un acontecimiento nocturno no es para tanto, pero en la hipnótica iluminación de led o neón que suele invadir el espacio excepcional de un pub o discoteca a altas horas de la noche, dicho acontecimiento adquiere unos tintes épicos, como de una Ilíada maldita o enloquecida bacanal dionisíaca. No digamos lo que se vive o padece en el espacio desconcertante y agónico de un after hours. Tan repulsivo como atractivo. Porque en la noche, cual caricatura de Odiseo, cada cual emprende la búsqueda de su Ítaca en una singladura que no elude los monstruos y cíclopes del griego, pero que es tan cómica como dramática. 

Quien prueba la noche es como quien prueba una manzana prohibida en un evanescente paraíso de plexiglás al que, fatalmente, volverá. Porque si muerde esta manzana, que Erich Fromm relacionó con un “sentimiento orgiástico”, de eufórica y sublime fusión con el todo que es, también, caída, el náufrago regresa a un Edén perdido. El adicto de lo turbio busca los paraísos artificiales y olfatear el aroma de sus flores del mal, donde retozar enfermo y maldito.   

Yo, como he sugerido al comenzar estas líneas, hace mucho que no fatigo la ciudad nocturna y dedico mis noches simplemente a dormir. Soy un pesimista de lo prohibido al que, hoy por hoy, no atraen esas aventuras. Pero su evocación me causa un inconfesable anhelo como de algo perdido. Ciertamente, temo siquiera la posibilidad de que alguna vez mis pasos puedan hollar las sendas de esa otra ciudad. Si se me presentara la ocasión, temblaría por no saber qué puedo encontrarme. Uno puede arriesgar la vida por, dicho con las palabras de un tema de Extremoduro, “conocer a aquel que se margina”. Estos lugares a los que me ata, como escribe san Agustín, una sacrílega curiosidad, no carecen de un fulgor raro y precioso como de un diamante negrísimo. De hecho, cierto amigo y yo nos hemos prometido volver a recorrer la noche, mirando en los rincones que el día oculta y que esta ofrece como una exhalación volcánica. Pero cuando lo medito seriamente, dejo atrás este anhelo de juvenil heroísmo que se nutre de recuerdos y lecturas, para despertarse en mí una anciana aprensión. Porque la desquiciante vigilia significa una distorsión que solo soporta la bravura de quien, por sus años, apenas es joven soldado. Entonces, nada cansa, nada nos amedrenta, nada se teme. Resulta justo, también entonces, vivir la vida con un regocijante y chispeante vértigo.

Otra cosa es el insomnio. El insomnio es como si el día se colara en el tiempo que no le corresponde. Entonces uno trata de domesticar y meter en la rutina a las horas que persisten en mantenerle en una tediosa y exasperante vigilia. Es por algún episodio de estos que he podido entretenerme en escuchar apenas el rumor de esa vieja noche de mi juventud en la que se cuela el canto de un ruiseñor urbano o la oportunidad de leer y escribir en deliciosa soledad, casi siempre poesía, comprobando la razón que tienen los monjes en comenzar sus oraciones sobre las cinco de la madrugada. A esa hora hay un no sé qué singular en el aire que a quien lo escucha apartado, lo lleva a una profunda y tranquila reflexión. En esos momentos suelo acordarme de que cierto individuo terminaba todas sus fiestas llorando. El tumultuoso paso por la trastienda del mundo, por lo que se oculta a la lucidez, de algún modo lo perturbaba. Y él respondía con un llanto que prolongaba, como una lacrimosa rutina, cada vez que regresaba del ímpetu aciago por las calles vacías. 

Citemos, por último, a un personaje de la televisión que decía de la noche que lo confundía. Creo que la expresión, tomada por el público como un chiste, atina con la verdad. Porque trasnochar nos va despojando de nosotros mismos, borrando con cada velada lo que somos, como si nos desintegrara.

28 diciembre, 2025

Un resplandor siniestro. El mal en Roberto Bolaño.

En la mayor parte de las novelas y relatos de Roberto Bolaño se percibe como un tema e incluso, diría, como una preocupación personal la existencia del mal, así como su inasumible belleza. Creo que para abordar el asunto literariamente el escritor trató de situarse al modo nietzscheano en una dimensión más allá del bien y del mal en la que la dicotomía entre ambos polos y, en general, todo lo moral dejaran de tener sentido o sencillamente se disolvieran. Explorando este campo de la amoralidad al chileno se le ofreció especular con el perturbador atractivo del mal sin tener en cuenta nuestros escrúpulos. Quiso situar su propuesta literaria en una dimensión en la que se podría abordar el mal sin remilgos, con sobria aceptación, como un paraje vistoso pero lúgubre. Lo atrevido y provocador de esta concepción estriba en que, tradicionalmente, lo malo es asociado a lo feo frente a la belleza que se atribuye a la bondad, al altruismo y al amor. Todos comulgamos con la idea de que una conducta que apueste por la afirmación del prójimo, procurando su bien, es decir, lo que en otras palabras llamamos “amor”, manifiesta de por sí un fulgor propio, como si resplandeciera elocuentemente para convencernos de que la opción por el bien es superior a la que se decide por el daño al otro. Por ejemplo, esta belleza del bien, de una ética a contrapelo, trágicamente confrontada con el hecho de que no queda garantizada la felicidad como premio, al estilo de lo que reclamaba la ética kantiana, ni su victoria en un mundo teñido de dolor y sinsentido, es la del humanismo trágico de Albert Camus. Leyendo la obra de este, en especial sus ensayos El mito de Sísifo y El hombre rebelde, junto con la novela La peste, comprobamos esta suerte de belleza que, como un aura, acompaña al empeño, trágico, por el bien. Un bien que atrae en sí mismo, heroico, pero del que no se espera más que el logro de impedir que mueran unas pocas personas en medio del ingente número de seres exterminados por la peste. Una victoria, pues, parcial, que se queda, siempre, a medio camino de lo que desearía el hombre. Pero, en su quijotesco fracaso, el bien, como digo, parece relucir cuasi calladamente con un esplendor del que el mal, como una ciénaga horrible, carecería. La escritura parca, estoica, del francés contribuye no poco a ir sugiriendo esta hermosura que se alza serena en la tempestad.

La posición de Roberto Bolaño sobre el mal es la contraria. Parte del controvertido y perturbador hecho de que, en la dimensión nietzscheana más allá del bien y del mal, en la que también, por cierto, Camus trata de situarse, él, el chileno, muestra que el mal puede adquirir un carácter precioso. Es como si se perdiera el horror y el asco que nos causa para limitarse a relucir como un gran diamante negro. El arte magnético de sus escritores nazis, por ejemplo, va desarrollando una anti-belleza, o, sencillamente, una belleza de lo abominable. En la novela Estrella distante, asistimos a las creaciones artísticas de un misterioso adorador de lo terrible, ligado a la dictadura chilena y cómplice de acciones tan aborrecibles como la tortura y la represión brutal del régimen. No obstante, este artista, que por un lado crea productivamente y por otro él mismo, su identidad, parece querer desaparecer, compone obras singulares de un resplandor turbio que evoca ese espacio profundo y las lejanas estrellas que, inmutables, con una medio sonrisa heladora, contemplan a los tristes y resignados seres humanos. El tema del nihilismo se asocia a este arte maligno cuyo afán creativo glosa, paradójicamente, la muerte y lo destructivo, es decir, la nada. Lo verdaderamente perturbador para el lector es tener que asentir, con Bolaño, a que, con toda la ominosa ponzoña que rezuma, el arte de nuestro protagonista, y de los escritores nazis de La literatura nazi en América, es un arte digno y que conmueve, un arte que, como los más recónditos recovecos y abismos de nuestra sexualidad, emerge impregnado por la muerte, abocando a la nada y solazándose, siniestramente, en ella. 

Pero, llegados a este punto, debemos preguntarnos qué entendemos por este mal que acabamos de caracterizar como propio de un demoníaco nihilismo. La discusión sobre el mismo, en la filosofía y la teología, es amplia. No es ajeno, tampoco, a la literatura anterior a Bolaño, teniendo en las horrendas imaginaciones del Marqués de Sade uno de sus mayores exponentes. En ellas los verdugos justifican sus atrocidades como una fuente de solaz y goce, sordos a los llantos y quejidos de las víctimas. Un mal que no es pasiva ausencia de bien, como explicara Agustín de Hipona en un intento de salvar la creación y justificar a Dios, sino el producto consistente, es decir, con entidad positiva, ontológicamente realísimo, que se inserta en la creación para anularla. El mal sería, si no abandonamos el plano de la teología, el pecado, es decir, lo que destruye al hombre. Son malas aquellas acciones encaminadas, como las que induce por ejemplo la envidia, a aniquilar a la persona que tenemos delante, suprimiendo su humanidad, ignorando su dignidad. Es lo que, producido por el hombre, atenta contra el hombre, como la tortura o el asesinato. Y la propuesta de Bolaño es, insistamos, que esto mismo, por muy aborrecible que nos resulte, puede llegar a ser bello. 

En su novela póstuma, 2666, Bolaño aborda sobre todo este tema. El mal aparece como en el relato en el que escribe sobre un pueblo de asesinos a sueldo perdido en el desierto de Sonora en el norte de México, de la misma forma que, de todos modos, podía estarlo en cualquier lugar del mundo. Acompaña de manera intrínseca a la humanidad. Ahí, lo que en otros momentos de su creación literaria representaban los nazis o el fascismo de las dictaduras latinoamericanas, ahora se centra en lo que esconde el desierto, es decir, en las miles de muertes de mujeres, el bestial feminicidio que se está dando tan callada como masivamente en las cercanías de la frontera de México con Estados Unidos. En 2666, novela compuesta, en realidad, de varias novelas, hay una de ellas que se dedica, como en una salmodia recitada con lenguaje burocrático que contrasta con lo que cuenta, a relatar cientos de casos de cadáveres de mujeres encontrados con huellas de haber sido salvajemente torturados y asesinados. El contraste del tono de inventario en que está escrito con el subsuelo de horror en su más pura esencia, de negación, de dolor y desesperación, es patente. 

El resto de la novela póstuma de Bolaño también glosa este trasfondo maligno en el que parece debatirse y apenas flotar, como en un pestilente océano, la sufrida humanidad. Archimboldi, el misterioso escritor alemán cuyos cuatro estudiosos filólogos buscan finalmente, tras investigar su paradero, en las soledades de Sonora, nunca aparece ni se nos muestra, salvo en ciertas conmovedoras escenas que hacia el final de 2666 se pintan sobre su infancia. De él apenas queda su rastro, que parece el de un chivo expiatorio de todos los males que, irresistiblemente, debe cantar en su abundante y difícil obra. Esta termina en la realidad. O sea, en las arenas de Sonora que encubren los ominosos crímenes a los que hemos aludido, mencionados en otra parte de la gran novela. El grito callado que tales parajes parecen proferir es el de las víctimas, un grito que oprime en medio de la exultación de la vida en el caluroso mediodía o en la breve tormenta. Y mirando los arbustos y cactus, las rocas peladas, los tonos ocres y el magnífico horizonte, Bolaño, que los recrea, nos conduce a un inconfesable sentimiento de plenitud. Porque la estética del mal que nos presenta es como una reverberación del mediodía en la superficie del estanque tranquilo cuyas profundidades acechan. Nos quedamos, culpablemente, hipnotizados por la belleza del horror. 

¿Es que, más allá del bien y del mal, cuando no podemos juzgar, cuando solo se puede aceptar sin más lo que existe, nos está vedado censurar y queda en el fondo, como una estrella distante, titilante, un inexcusable e inexplicable goce que parece emborronar todos los sufrimientos? ¿Un goce infernal, pero que, lejos del infierno de la moralidad religiosa, resulta ajeno, amoral y neutro? Esa es la hermosura del mal que, en términos muchos más relacionados con el dandismo y la decadencia, Baudelaire, tan querido por Bolaño, denominó estupendamente “las flores del mal”, flores que se alzan como una bella excrecencia donde anida lo marginal.

Así pues, la apuesta estética de Roberto Bolaño nos violenta, siendo profundamente escandalizadora, pero representa un épico viaje a ese más allá de la moral en el que solo tiene sentido un nudo y exquisito gozar la ciénaga que, decía Nietzsche, es la existencia y en la que, además, seguía señalando, debemos bailar como si fueran verdes prados. En esa ciénaga no podemos eludir lo horrible, aceptándolo como aceptamos el sol o la lluvia o el mar, asumiendo que simplemente existe y que, a pesar de todo, a pesar de su mal, el mundo, la ciénaga, es un paisaje excelso. Aunque tanto Bolaño como el lector execremos del mal y nos erijamos en obstinados caballeros andantes prestos a combatirlo, nos deja atónitos su fulgor de límpido azabache, su hermoso canto de sirena.  


Los puntos ciegos de la historia en "Austerlitz", de Sebald

¿Cómo es posible señalar lo que no acertamos a distinguir en la medianoche? ¿Con qué palabra podríamos iluminar la noche absoluta a nuestros...