08 enero, 2026

De copas

Ernst Jünger era, además de buen ensayista y narrador, un genial diarista. Leí Radiaciones, su diario de la Segunda Guerra Mundial hace un par de veranos, y tanto disfruté con su magnífico ritmo, sus agudas observaciones y la atmósfera íntima que transmite la sensación de una amena conversación de tú a tú, que comencé yo mismo a escribir un diario. Este proyecto duró apenas un mes, debido a mi inconstancia. No obstante, sigo admirando los pasajes de tan grata lectura del escritor alemán, que guardo en mi memoria junto con un vaporoso deseo de volver a emularlo que seguramente nunca cuajará. Uno de estos pasajes geniales aseveraba, si mal no recuerdo, que todo alcohólico es, en realidad, un buscador compulsivo del éxtasis, del mismo éxtasis de los místicos o los poetas, pero, añado yo, un éxtasis artificial, impostado y, finalmente, malogrado. No se aleja esto de la concepción del psicólogo y pensador freudomarxista Erich Fromm, cuya teoría al respecto afirma que en el origen de toda drogadicción está el frenético impulso de fusionarse con un todo en el que anegarse y, como sucede en el éxtasis, olvidarse del propio Yo. El psicólogo encuentra en este olvido de la identidad, precisamente, la clave, porque de lo que se trata es de disolver el miedo a la libertad, parejo al miedo a la soledad, en la fusión orgiástica con lo que no es uno y cuya plenitud ayuda al bebedor a mitigar dichos sentimientos. Aunque esto tiene un precio que se salda con violencia contra los demás o contra uno mismo, en sus distintas formas. A cambio de la experiencia repetida de la fusión extática, agónicamente buscada, el cuerpo y la mente van mermando y el adicto se va resintiendo y, casi siempre, aniquilando. Porque todo es tan automático y raudo como si, en lugar de la bebida espirituosa, nuestro harapiento buscador apenas tuviera que pulsar el botón de una máquina extraordinaria que le procurara la sensación excelsa, sin mediar esfuerzo ni oración ni largas horas de meditación. Se alza ante él, con todo su falso esplendor, lo que Baudelaire llamaría un “paraíso artificial”, que, no obstante, cuando desaparece cual espejismo al ser alcanzado, deja en su lugar el penoso sentimiento de aislamiento y vacío multiplicado. Esto mismo sucede no solo con el alcohol, sino con muchas otras drogas potentes que bastaría ingerir para que, con celeridad, lo condujeran a uno a vivir el sublime arrobo como un turista de lo extremo.

Este arrobo pseudomístico producido por la bebida puede ser dibujado con la imagen que cualquiera puede contemplar de la pista de baile, en ciertas discotecas, a través de un cristal, en un espacio más reservado e insonorizado. En esa ocasión resulta chocante mirar a los oficiantes del ritual de la noche y el baile, que se agitan como convulsivamente para nadie, al compás de una música que al sobrio observador le parece que no existe. De la misma manera, el bebedor se contorsiona y agita sin que en la realidad nada haya cambiado, sin que su pasmosa aprehensión corresponda con nada real. No es el absoluto lo que contempla, enardecido por el licor, sino un fantasma, por lo que su éxtasis constituye apenas un remedo del éxtasis verdadero, adquiriendo antes bien la sustancia de una triste alucinación. 

Los adeptos de los paraísos artificiales son seres del exceso, de la falta de medida, cuya sensualidad resulta no tanto dirigida, sino exaltada y después castigada por la desmesura. Aunque afirma una vieja creencia que solo los borrachos (y los niños) dicen la verdad, yo afirmo que no pueden decirla porque en su confusión química no es la verdad lo que contemplan. Andan como perdidos entre los fantasmas de aquello que, si lo abordaran como hay que hacerlo, brillaría con una intensidad mil veces mayor que cualquiera de sus alucinaciones. Estas pueden ser espectaculares, pero son falsas. Recordemos que el auténtico éxtasis es una suerte de percepción del ser de los entes, de lo absoluto en su realidad más elocuente, sin trampas. Por eso resulta imposible atajar el camino que conduce hacia ello. El falso éxtasis del bebedor es, sin embargo, ese fácil atajo que desemboca en un callejón sin salida.

Que todo resulta un fraude queda demostrado por la ineludible resaca al final de ese camino. Toda la sensación de plenitud e incluso la pobre amistad fraguada al socaire de la ingesta de licores fracasan como en aquella película de Chaplin, creo que Luces de la ciudad, en la que un ricachón bebedor prodiga abrazos y un afable compadreo con el vagabundo Charlot al que, cuando el efecto de la bebida pasa, no reconoce e incluso maltrata. ¿Cuál es, por tanto, la naturaleza de la amistad que la borrachera había invocado? La amistad, como el sentimiento de plenitud que la acompañó, no era, en sentido estricto, más que una nada. La vitalidad del bebedor compulsivo es, pues, pálida y flotante, como si por debajo de sí misma comenzara a abrirse un gran vacío y el abismo, como un inmenso cáncer, fuera horadando los sentidos y la personalidad. Del verdadero encuentro con lo absoluto quizás sí pueda suceder algo terrible, como la locura o incluso la muerte que encuentra quien mira el rostro divino, como el Empédocles de Hölderlin, pero nunca puede darse el arrepentimiento, como si a la vuelta de la experiencia, esta tuviera que considerarse una especie de acto fallido, de camino torcido que nos hubiera conducido a un paisaje que queremos olvidar tras deambular por él. Cuando en la obra del poeta alemán el filósofo griego decide inmolarse en el Etna es porque lo absoluto irradia con un esplendor que disuelve la distancia entre el mismo y el sujeto que lo ha vivido gozosamente. La muerte es, entonces, el tenue paso que lo separa de esa plenitud. Todo queda fundido en majestuosa unidad, a la par que poderosamente afirmado. Empédocles ha visto y sabe realmente. Su embriaguez es la de una suprema lucidez, un Sí universal en el que se vierte la ceniza del Yo, tratándose antes de un sereno renacimiento que de una destrucción maníaca.             

Algún día, o, mejor dicho, alguna noche, he hecho el experimento de ir a observar a la gente, durante alguna jornada de celebraciones como Nochevieja. Me sorprende, entonces, haber percibido una cierta electricidad más cerca de la histeria que de otra cosa. Todo era como un espasmo, como una gigantesca contracción contagiada a todos los celebrantes. Confieso que esto no deja de tener su atractivo, hasta que la resaca aparece, y que yo mismo he disfrutado, hace muchos años, de esa manera. La fruición es intensa y uno puede estar tentado de confundirla con el rapto con el que la eternidad sale al paso, pero sus huellas, lejos de ser como las que imprime el encuentro con lo más excelso, son pesadas y paralizantes. No queda de la fiesta más que un frío estupor. En la noche había ocurrido, realmente, una confusión por la que lo sublime fingía hacer su aparición, para no ser realmente más que el fulgor de un inasible rayo de luna en la oscuridad. 

Tras el vacío, no obstante, emerge de nuevo la necesidad de procurarse otra ración de lo absoluto artificial. Lo que esta operación acaba procurando en el adicto resulta desolador. Una de las películas más duras que recuerdo, de las que tratan de esto mismo, es decir, de la adicción a una droga, es Réquiem por un sueño, que me impresionó tanto que, por un lado, la he querido ver de nuevo, pero al final nunca he sido capaz de hacerlo. Trata de dos jóvenes que empañan su existencia en la búsqueda sin fin de lo que la heroína les proporciona, lo que, vislumbrado desde lejos, parece ser una sensación embriagadoramente feliz. Pero pronto, si hablamos de placer, este se transforma, como en el caso del fumador, en el modo de placer que resulta de la mera extinción de un síndrome de abstinencia. Lo que solo debería ser producto de un don gratuito pasa a convertirse en una necesidad compulsiva. La ruina de la pareja es atroz, junto con la de otros seres, como la pobre madre anciana del joven, adicta, también, pero a las anfetaminas para adelgazar y realizar el sueño de una figura esbelta. Todos son víctimas de cuya inmolación no resulta nada grande. Protagonizan una tragedia que el título del filme expresa muy certeramente, la del destino puesto en manos de un fármaco, un elixir que mágicamente parece prometerlo todo y que lo que deja a su paso no es más que el paisaje arrasado de ciudades bombardeadas. Los personajes inspiran una lástima indescriptible y la película es difícil de digerir, rozando por momentos lo terrible, propiciando en el espectador algo entre el grito y el llanto. Sus cuerpos se pudren en vida hasta terminar muertos antes de tiempo. El filme nos ofrece, como en una bandeja al final de la fiesta, la verdad que subyace a la alegría de los paraísos artificiales, el veneno que su alimento incrusta en el alma. Su falsa promesa conduce por un sendero tormentoso a seres que multiplican su dolor y su soledad, como conduce a los niños hasta su perdición el flautista de Hamelin en el cuento del folclore alemán recopilado por los Hermanos Grimm. Todos confían en el diabólico músico embelesados con su canto de sirena.

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