07 diciembre, 2025

Una borrachera metafísica

La mística reposa sobre la experiencia humana universal del éxtasis. Este es una forma no verbal, sino vivencial, de comprensión que se basa en la conciencia intensísima de que se habita durante un tiempo en el mundo como tal, como si nos alojáramos en él en lugar de en nuestro cuerpo, al tiempo que se percibe con clara evidencia su realidad, es decir, que sentimos con nitidez el ser del mundo, su existencia muy obvia y consistente. Dicho de otro modo, tratamos con una suerte de ebriedad ontológica que nos transporta, elocuentemente, a la exterioridad del mundo en sí. Esto se da a la par que nuestro Yo queda parcialmente aniquilado, pues es como si lo abandonáramos, de manera que su identidad fuera, en esa experiencia, secundaria o relativa a ese gran ser afirmativo y “exterior” cuya potencia experimentamos. Esta experiencia es universal, o sea, se ha venido dando en todas las culturas, aunque no signifique necesariamente un encuentro con la divinidad y adquiera en ocasiones un carácter eminentemente ateo. Nos podemos sentir anegados por la más pura afirmación, sin más, del mundo y esta ya es, sin Dios, una cierta forma de comprensión, como si en lugar de entender el ser con palabras, pudiera ahora entendérselo con una vivencia especial. Claro que, quizás porque así lo interprete, para el creyente esta poderosa evidencia con que se nos presenta y nos anega lo real, de manera que parece que nos sumergimos en ello, estará teñida con la orientación a Dios que le proporciona su credo personal. Pero esto no es ni universal, ni necesario. El viaje extático se desarrolla, en su manifestación más original y primaria, como si todo adquiriese una dimensión deslumbrante, como si ahondáramos en esa especie de profundidad que, como un plus, parecen albergar las cosas.

Mi hipótesis es que, en la historia de la humanidad y en su larga prehistoria, la primera experiencia en este sentido fue con el chamanismo, que cree en una especie de espíritu general que late y subyace en la naturaleza, como es por el ejemplo el “mana” de ciertos indígenas polinesios o quizás la Pachamama de las tradiciones incaicas precolombinas; o bien también la espiritualidad chamánica puede profesar el animismo o fe en que en la naturaleza se alojan, movilizándola, diversos espíritus o ánimas. Tal vez el trance extático lograba conectar con dichas entidades, generando la sensación por parte del sujeto de que, para ello, abandonaba su propio cuerpo. No me resulta difícil imaginar cómo eran estas experiencias cuando admiro las pinturas de la cueva de Altamira, los animales magníficamente delineados, de elocuentes colores carmines y ocres, que parecen tener tres dimensiones e incluso, imaginamos, moverse gracias al efecto del entorno reservado y recóndito iluminado por la parpadeante lumbre de las antorchas. Seguramente también se aprovechara plantas y preparados con efectos psicotrópicos, cuyo más antiguo uso sería, pues, el religioso. Así, el individuo, dentro de una ceremonia que también lo impulsaba a ello, podía creer que viajaba fuera de sí, que algo así como su alma o espíritu podía dejar su cuerpo, desdoblándose y contemplando ese plus de realidad que el mundo manifiesta cuando en el trance, el alma viaja a habitarlo. Hoy día parece que son las ceremonias asociadas a la ingesta de peyote o ayahuasca amazónica las que más podrían parecerse a estos viajes del espíritu, aunque no es la droga, por supuesto, el único medio de que los seres humanos han dispuesto para ello. La música y el baile, las diversas técnicas del zen para alcanzar el satori, la meditación en la India, la recitación de poesía, son también formas en las que se puede invocar la conmoción extática.

Seguramente, en la antigüedad, la poesía ha procurado un efecto místico, propiciando si no el éxtasis, al menos una intensa emoción en quienes la escuchaban exaltados por el ritmo y la cadencia de la voz del aedo. Creo que la buena poesía, aún hoy, es una vía para la experimentación extática del ser y de la naturaleza de manera que, como decía Roberto Bolaño, el verdadero poeta es capaz de sentirse embargado por el éxtasis. Este mismo escritor advertía, sin embargo, que esto torna a la poesía peligrosa, ya que el éxtasis quema a quien lo siente, es perturbador y agita como un terremoto nuestra conciencia, de manera que, continuaba Bolaño, no es lo que unos padres desearían para sus hijos. De hecho, la madre del poeta Hölderlin, descontenta con el oficio poético del vástago, lo conminó para que abandonara la creación de poesía, ya que aquello era como jugar con fuego. Y tenía razón. Hölderlin acabó perdiendo el juicio, se quemó; porque además no es que hubiera padecido experiencias puntuales del éxtasis, como el común de los mortales dedicados con un mínimo de buena fortuna a la labor poética, sino que vivió en el éxtasis. Algo que, sin lugar a duda, tuvo que ver con su caída en la locura. Pero no está claro qué tipo de locura padeciera, pues no dejó de componer en sus casi cuarenta años de enclaustramiento en la famosa torre junto al Neckar. Yo creo que lo que consideramos locura, en su caso, fue una especie de arrobo perpetuo por el que llegó a vivir con la clara y aniquiladora conciencia del ser, poderosa y elocuente, en todos los momentos de su vida. Quizás lo que le ocurrió es que se instaló en esa vivencia ardiente por la que su identidad personal, su Yo, lo que es necesario para la vida corriente, se difuminó como inundado de purísimo ser. La relación que esto pudiera tener con alguna enfermedad mental sigue sin estar hoy clara. Algunos famosos lo han estudiado, si mal no recuerdo Zweig o Jaspers escribieron sobre ello, deduciendo, en el caso de ciertos psiquiatras, que acaso sufriera una forma de esquizofrenia. Pero yo no lo creo del todo. En cualquier caso, el ejemplo de Hölderlin basta para demostrar los riesgos de nada menos que vivir instalado en el éxtasis, pero también para recordarnos lo fenomenal y gozosa que una vida así debe ser.

Los que humildemente hemos de confesar que apenas sino atisbamos como por un resquicio, con frecuencia gracias a la lectura de poesía, lo que el éxtasis significa, nos tenemos que conformar con ser un poco espectadores de quienes sí gozan de tan portentosa experiencia. En este sentido yo siempre recuerdo un espectáculo que se dio con la vocación de no serlo, es decir, de ser una ceremonia religiosa de místicos que nos ofrecieron contemplar su trance. No es que haya participado en un ritual de santería o algo parecido, que en ello también se da, sino que fui testigo en el Palacio de Carlos V, en la Alhambra de Granada y corriendo el mes de junio de 1990, del trance de unos giróvagos sufíes procedentes de la Anatolia turca. Se trataba de la famosa cofradía de místicos musulmanes que, tras pedir que no se les aplaudiera, pues aquello era más que un mero espectáculo, al compás de tambores y salmodia, se arrobaron con su danza. El baile consistió en girar en torno a sí mismo cada cofrade y, todos ellos, en torno a una representación del sol, pues lo que intentaban invocar en aquellos momentos era al universo, teñido todo él de Dios. 

En el mismo evento en que contemplé las sublimes circunvoluciones de los planetas y las estrellas mediante la danza de los giróvagos anatolios, también pude gozar del canto del gran Nusrat Fateh Alí Khan, intérprete pakistaní de un tipo de música sagrada que con la modulación de una voz que en gran parte recordaba los melismas de los cantes más hondos del flamenco, junto con el ritmo oriental de la percusión y otros exóticos instrumentos, incitaba a los oyentes a una leve vivencia del éxtasis del místico. Sus letras se refieren, por ejemplo, a la embriaguez que produce al cantante el verse inundado por la divinidad desbordante, dulce como un néctar, que lo anonada. Algo similar, por cierto, a las experiencias descritas por nuestra Teresa de Ávila y Juan de la Cruz, que subrayan la cualidad inefable que todo éxtasis tiene, en cuanto desborda nuestro lenguaje y entendimiento. En efecto, lo que el místico vivencia en su trance, esa suerte de profundización en el ser, su captación, no se amolda a la palabra, igual que trasciende la propia experiencia del cuerpo y el Yo singular. Esto lo relaciona, pues, sobre todo con la música que, como bien explicó Schopenhauer, es el arte que más nos iguala con lo que desborda los marcos del fenómeno y la representación, con el núcleo íntimo e inefable de la realidad que él denominó “voluntad”. Y esto hace, también, que entendamos la esencia de la poesía como música que es invocada por el medio de la palabra, que, en este sentido, se trasciende a sí misma, como si el poema aspirara a transfigurarse y disolverse en lo no dicho. Quédenos, pues, la oportunidad y el consuelo de la poesía a quienes no de otra forma podemos buscar ese don escondido que la realidad promete seductoramente.


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