02 diciembre, 2025

Ultimátum a la Tierra: de cómo nos salva el amor.

La primera vez que vi la película remake del clásico de la ciencia ficción “Ultimátum a la Tierra” no me pareció gran cosa. Sin embargo, recientemente, he vuelto a verla y me ha gustado, habiendo encontrado en ella un trasfondo filosófico bastante interesante. Como es sabido, trata de la llegada de un extraterrestre que, asumiendo un cuerpo humano, viene para intentar avisar de que hemos de cambiar en cuanto a nuestro afán destructivo y ecocida, lo que, ante las reiteradas agresiones de los humanos al propio extraterrestre y la patente violencia y sordera de estos, se convierte en el inicio de una destrucción total del género humano. Solo al final el extraterrestre descubre algo que le hace cambiar y salvar, in extremis, a la humanidad. La película plantea, pues, una cuestión sobre la condición humana vista desde los ojos, en realidad inimaginables para nosotros, de una inteligencia producto de otra forma de vida y de evolución natural. El propio extraterrestre parece tan inteligente como extrañamente frío, en un cuerpo que no es el suyo. Para nosotros, concebir cómo pueda ser una forma de vida inteligente evolucionada en otro planeta es en gran medida inconcebible, como si este enigma formara parte de ese núcleo misterioso de la realidad al que nunca, al parecer, tendremos más acceso que una vía negativa por la que se define expresando lo que no es, a la manera de la sarta de adjetivos grandilocuentes y vacíos con que el genial Lovecraft alude a sus seres arcanos e inefables. Ya dijimos en otra ocasión que hay parcelas de la realidad o, aún más, existe un corazón en lo real, que resiste ser dicho. Como señala Wittgenstein, que el mundo sea en sí mismo, pertenecería a este ámbito de lo místico o inexpresable, que, no obstante, aunque no pueda decirse y deba ser callado, es posible y necesario mostrarlo, del modo en que, de hecho, ejecuta la poesía. No se trata tanto de lo que es o sea el mundo, de sus entes, sino de que este sea, sin más, es decir, de su gratuita existencia que parece fundarse sobre una nada y, por tanto, de su completa imposibilidad de explicación. Por ejemplo, en otro pasaje de sus escritos asevera Wittgenstein que lo que sean el tiempo y el espacio solo puede entenderse fuera del tiempo y del espacio, o sea, para nosotros de manera imposible y solo imaginable para el género fantástico y la ciencia ficción en la literatura o el cine. 

En esta película se da una insinuación de lo que, de manera directa, podemos entender que es el extraterrestre, y es en la escena en que la protagonista, un personaje femenino que le va a enseñar algo sobre los seres humanos que acaba salvándonos, le pregunta cómo es su verdadero cuerpo original y el alienígena responde: “créeme, si lo vieras, te asustarías”. En el mismo límite de lo real está también el límite de nuestra imaginación que apenas puede aludir al miedo que sentimos ante lo arcano, ante lo vertiginosamente extraño que late en aquello que, no obstante, podemos estar casi palpando. Hay elementos en la realidad, y especular con extraterrestres nos obliga a pensarlo, que resultan indigeribles por diferentes, perturbadores e incluso amenazantes. Sí, como resulta también lo santo según Rudolf Otto, lo santo que se muestra y a un tiempo se oculta a nuestros ojos, pero sin lo cual no habría, tal vez, realidad, en lo cual reposamos o cuyo secreto rostro presentimos en el mismísimo corazón de lo real. 

Otra vía apofática de referirse a una inconcebible vida inteligente ajena a la Tierra es la que vemos en la película “2001 Una odisea espacial”, de Stanley Kubrick. En este caso los creadores del filme, guionista y director, optaron por no presentar en ningún momento a los extraterrestres, mostrando tan solo sus huellas o acciones cuasi misteriosas para nosotros. Un modo, también, de estar al mismo tiempo que se permanece ausente. Un no mostrar que, paradójicamente, muestra y alude a lo que no puede ser abordado directamente ni siquiera por nuestra imaginación. Así que hay, pues, una metafísica del cine de ciencia ficción que puede servirnos para nuestro problema favorito que no es sino el de los límites de lo expresable, aquello que, formando una íntima parte de la realidad, estando tan cerca de nosotros como nuestra propia vena yugular (señala sobre Dios un versículo coránico) está también desbordantemente lejos de nosotros. 

Ahora bien, ¿qué es lo que descubre de nosotros el extraño visitante? Por un lado, algo obvio: que somos intrínsecamente violentos, que, en este sentido, no tenemos remedio. Nos autodestruimos y tendemos a agredir a todo lo que se nos pone por delante. Recibimos a tiros al ser anunciador, que como un ángel fatal viene a advertirnos de nuestro final. Y este, en otra escena proverbial en la que dialoga con otro alienígena que, con cuerpo humano, lleva viviendo con nosotros setenta años, reflexiona sobre ello. Ambos hablan sobre nosotros, primero en japonés y luego en inglés, ya que conocen todas nuestras lenguas y tienen todo nuestro conocimiento; aparentemente, lo saben todo de nosotros. El que lleva tiempo viviendo en la Tierra confirma la impresión del segundo de que somos irremediablemente un peligro para nosotros mismos y para el planeta. Somos seres muy violentos, pero, también, somos, dice, “especiales”. Los extraterrestres son fríos, serenos, determinados, calculadores. Sin embargo, también hay algo de nosotros en gran parte incomprensible para ellos, algo que llaman nuestra condición “especial”, que no acaban de digerir y que solo al final de la película entrevé el visitante mensajero. ¿Qué es? 

En primer lugar, digamos que no es cierto que la humanidad no tenga remedio. Hay, defiende en la película un profesor premio Nobel con quien también departe el extraterrestre, un impulso que nos hace cambiar en momentos de crisis, como se ha visto en la historia de las civilizaciones y el propio ser de otro planeta da a entender que sucedió con los suyos. En el tiempo apocalíptico, cuando todo parece derrumbarse y sobrevenir algo nuevo, se da, en efecto, un cambio de actitud, ideas y mentalidad en los seres humanos. Somos capaces de evolucionar y aprender de los errores, aunque a trompicones. Al menos esto sugiere la película.

Pero la principal revelación que obra el milagro hacia el final la va preparando la relación que el extraterrestre entabla con una mujer y su hijo que le van mostrando algo fundamental que, al parecer, ignora: la capacidad de amar. Además de compartir con una inconcebible inteligencia alienígena la conciencia, la conciencia de ser, junto con el cálculo y la razón, se da en nuestra especie una cosa que, por muy inteligente que sea, el extraterrestre va solo costosamente adivinando. Y es el amor. Al mismo tiempo que somos furiosamente destructivos, somos capaces de entregarnos amorosamente a los demás, más allá del cálculo y la razón, con una suerte de, en palabras de Pascal, razones del corazón, es decir, ostentando una racionalidad más cercana a lo emocional y a lo intuitivo que al simple cálculo. Esto es lo que el visitante acaba comprendiendo, vagamente, porque para él también nosotros, en definitiva, somos extraños e incomprensibles. 

Cabe ahora que nos preguntemos si la capacidad de amar, en efecto, no es imaginable para cualquier forma de conciencia y de inteligencia dadas o evolucionadas en otras de los millones de galaxias que existen. Entendamos, primero, qué es el amor. Yo, al hilo de las teorías de Erich Fromm al respecto, lo definiría como una alegría absoluta y sincera por el hecho de que el otro, la otra persona, exista. Un gozo por el nudo existir de la otra persona, que nos lleva a procurar su bien. Es lo que se aprecia en el amor de los padres a los hijos, por ejemplo, pero también en el amor a los amigos, a las parejas sexuales o, en niveles menos concretos, el amor a los seres humanos en sí mismos, es decir, la compasión universal ante cualquier ser humano, la alegría por la humanidad junto con el deseo cabal de que esta sobreviva. Esto, pues, que se da en un nivel donde la inteligencia opera junto con las emociones, con una racionalidad muy humana, es lo que no existe, por lo visto, en el mundo de donde procede nuestro extraterrestre. Dentro de lo que, decíamos arriba, resulta inconcebible para nosotros, e incluso inimaginable, podemos especular con inteligencias no humanas que carezcan de este motivo. Pero, también, nos podemos preguntar si en cualquier forma de vida inteligente de cualquier galaxia el surgimiento de una conciencia inteligente ha de generar, inexorablemente, también la capacidad de amar. 

Como sabe nuestro lector u oyente, en los últimos podcasts o entradas nos viene ocupando el asunto de la religión. Pues bien, me atrevo a sugerir la hipótesis de que esta, en sus formas más avanzadas, viene a consagrar como mayor sacralización de la existencia a este mismo amor del que hablamos. El amor como la cualidad por la que, gratuitamente, podemos darnos al otro de manera que, como último sentido de una vida cuyos otros sentidos, si los hay, los desconocemos, sea el de amar y ser amado. El amor, por tanto, la amistad, es lo que, principalmente, resulta avalado por la divinidad en el mensaje cristiano. Pero no solo es patrimonio esto del cristianismo, sino que se ha dado en numerosas religiones, muy antiguas. Se puede apreciar la exaltación de la generosidad, la bondad y el amor a los demás en textos sumerios y acadios, escritos con el alfabeto cuneiforme en tablillas de arcilla. Recuérdese, en la lengua acadia de familia semítica, la epopeya de Guilgamesh que cuenta, además de los no menos religiosos afanes de inmortalidad, la bella amistad entre sus protagonistas, el héroe y la bestia que, en un principio, se había creado para acabar con él. Además, recientemente he leído una exaltación preciosa de la bondad hacia los otros seres humanos y, en gran medida, del amor frente al odio, el mal y la violencia, en unos textos citados por Mircea Eliade en su Historia de las creencias y las ideas religiosas, que proceden de un rico periodo de crisis o tránsito entre grandes estadios de la civilización egipcia, creados por la pluma, o mejor habría que decir el pincel o el cincel, de un anónimo autor egipcio. Se trata de bellísimas líneas, poéticas, de textos semisagrados en la lengua y escritura del antiguo Egipto, que conminan al lector para hacer y cultivar los buenos sentimientos. Son hermosos y actualísimos, además de que expresan, ya en una de las más antiguas religiones, la centralidad del amor como sacralización fundamental de la existencia. Así que tan viejo y propio del hombre como es la guerra, tenemos también el impulso a la paz universal, que se nos muestra como una huella, acaso, de lo que, siendo el mismísimo y desconocido núcleo de la realidad, nos fascina y conmueve. De este modo, late la pregunta acerca de si el amor es una suerte de huella del Dios lejano e inalcanzable al que sentimos, sin embargo, tan cerca de nosotros como, según señala el Corán, nuestra propia vena yugular. 

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