Mostrando entradas con la etiqueta ciencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ciencia. Mostrar todas las entradas

29 septiembre, 2026

La melancolía en la antropología

Sobre la antropología se ciernen varias paradojas relacionadas con esa tristeza tropical del título del famoso primer libro de Lévi-Strauss. Como el mundo anterior de civilizaciones ajenas unas a otras o con el menor contacto como para preservarse y evolucionar desde sí (aunque no es cierto que haya habido nunca culturas sin ningún contacto con otras), nuestro viejo mundo casi desaparecido cuando el autor galo emprende sus estudios etnológicos, en los años treinta, la antropología alberga una nostalgia y una tristeza. Es ciencia cuyo objeto está en decadencia desde sus orígenes, en un mundo cada vez más globalizado. Es un precio de lo que llamamos progreso, que ha acarreado no solo las sonadas victorias y hallazgos que todos hemos hechos nuestros en nuestras vidas, desde la medicina a Internet. Cuando nuestro antropólogo comenzó su trayectoria, los denominados pueblos primitivos o, sencillamente, el otro con que occidente se topó, ya iniciaba su perdición. De hecho, en los primeros capítulos del libro nuestro autor, a la manera de memorias o libro de viajes, va recorriendo esta zona limítrofe donde la colonización produjo fenómenos híbridos y formas de vida tan catastróficas como desnortadas. Si hay algo que destaca en las cuestiones humanas es su ambigüedad. Tanto en los pueblos “primitivos” como en el occidente “civilizado”. Esto se ve en el trópico americano, africano o asiático, donde la colonización es más evidente por tener que luchar también contra una naturaleza exuberante y más que voluptuosa a la que a duras penas vence. Porque occidente vence no sin mala conciencia o, aún peor, con ingenuidad. Es precisamente de esta mala conciencia, de su subrepticia y soterrada culpabilidad, de la que me parece que nace la antropología, que es el esfuerzo de hallar en los otros perseguidos al hombre, lo cual no había venido siendo lo habitual en los típicos encontronazos multiculturales.

El otro era el extraño, el salvaje incomprendido al que el pensamiento de Lévi-Strauss reubicará en el conjunto de una humanidad cuyo pensamiento se reduce a cierta manía por las clasificaciones, la organización elaborada y complejas oposiciones del que participa tanto la ciencia como lo considerado tradicionalmente campo del irracionalismo como es el caso de los mitos. A diferencia de lo que enseñamos en las clases, el mito ofrece una forma potente de pensamiento ya muy complejo y elaborado que lo asemeja al planteamiento científico y racional. Hay una racionalidad presente en los mitos y en la vida de unos “salvajes” que después de todo, tampoco distan demasiado de nosotros, aunque permanecieran como un reflejo algo deforme de nosotros mismos, en que mirarnos. Porque la vida humana se desenvuelve en una estructura de este tipo, común a las razones y al mito, auténtico lugar común y paisaje de lo humano con el que tratamos con la naturaleza. 

Hay dos formas de aprender. Ambas hoy problemáticas. La primera es viajar, porque el viaje te descubre, si abres los ojos, que occidente no es la medida del mundo. Todavía hoy puede percibirse parcialmente la emoción, en sí misma desaparecida y por tanto ya vedada a nuestra experiencia, del encuentro con los otros absolutamente ajenos a nosotros, o sea, con pueblos sin contacto con occidente, no maleados por la vanguardia de la civilización occidental y sus inventos que fueron prolongando el mundo, pero también achicándolo. De ahí que hoy vivamos en un mundo más pobre que hace unos cien años, cuando era posible descubrir. Una pobreza que no tiene que ver con los bienes materiales de que gozamos, sino con la soledad espiritual en la que parecemos habernos quedado, en el solipsismo autista que nos torna tan enriquecidos como locos. Y este empobrecimiento se ha dado porque el modo de descubrir de un occidente que no disimula su remordimiento ha sido conquistar. Creo que, más o menos explícitas, estas consideraciones son las que abren el libro de nuestro autor y lo prolongan por unas casi trescientas páginas, que vienen a describir el encuentro como encontronazo y al otro como aquel incómodo inconveniente con el que nos topamos en nuestra empresa de dominar los continentes. 

Después, viene la parte más interesante del libro Tristes trópicos, cuando su autor describe su vida entre varias culturas indígenas amazónicas, algunas de cuyas lenguas medio aprende, junto con el portugués. La impresión que causa al lector su respetuoso y levemente admirativo relato es que estamos entre existencias humanas que se justifican tales cuales, sin más, viviendo del modo intenso y complejo en que viven, aun en la apariencia de una extraordinaria sencillez y a veces precariedad. Brotan las ganas de ser un poco como ellos y, en especial, de aprender de sus estilos de vida y sus mentalidades. De hecho, en este primer libro, Lévi-Strauss apunta algo que desarrollará posteriormente: que el otro no carece de razón, sino que piensa a su manera. La humanidad de los seres humanos “estudiados” por el antropólogo reluce por sí misma; cae por su propio peso como algo obvio que son lo que son, es decir, seres humanos. Son capaces de formas de felicidad y de interacciones, así como de amistad o de odio, semejantes (solo semejantes) a las nuestras, pero especialmente, son capaces de pensar bien, según el antropólogo francés. 

El libro es difícil de resumir, porque resulta disperso. Quizás su autor procuraba reflejar ese caos que le produjo en su mundo el contacto con los indígenas, la sensación de que ya nada va a ser igual, ni definitivo ni claro. Nuestro mundo es híbrido y su libro es un libro mestizo. Va y viene por uno y otro lado. Pero no es difícil, sin embargo, constatar una cierta unidad de lo que se afirma, profundamente, en el mismo. Hay un capítulo que, como todos, es en realidad una potente reflexión sobre occidente, que es lo que Lévi-Strauss verdaderamente sostiene, a partir del papel de la escritura, cuando esta es imitada por jefes indígenas que han asimilado su función próxima a la dominación. La escritura, de hecho, y también lo dice nuestro antropólogo, nació relacionada con el poder estatal, siendo un modo de perpetuar y consagrar el gobierno que somete y clasifica a los súbditos. Fue un poderoso instrumento para la burocracia que requería el funcionamiento de un gran Estado. Antes que sus preciosos mitos, los sumerios escribieron textos que eran inventarios de bienes, cuentas, escritos administrativos, constatación de impuestos, censos y todo ese aparato que es propio de la burocracia estatal. En el bello capitulito al que me refiero, un jefe indio se da cuenta de este poder de la escritura y trata de fingir y causar la admiración de su gente, haciendo uso de un simulacro de escritura, como dándose con ello prestigio y más autoridad. Esto no es bien recibido por su pueblo que capta en seguido los riesgos de esta avanzadilla de la civilización que todos tanto admiramos y tanto le debemos, que es la escritura, pero que, como en la amalgama que es occidente, nació con el estigma no solo de liberar y facilitar la vida, sino de dominar a los demás. Sí es cierto que la dominación antes de la escritura ha de ser más ingenua y adquiere otras formas. La escritura potenció nuestro alcance para influir en los demás comunicándonos con ellos y extendiendo la memoria que la tradición oral ya no era capaz de abarcar. Pero sobre todo, fue el instrumento de la burocracia estatal.

Hablando de jefes, estos los ha habido siempre, pero en los pueblos amazónicos manifiestan un hondo sentido de la responsabilidad hacia su pueblo y ostentan una notable generosidad. Es un aspecto este, por cierto, muy estudiado en la etnología más clásica. Sin embargo, lo que parece ofrecer al sujeto como ventaja una jefatura es la posibilidad de influir en los demás, como si gustara en sí mismo el ser importante, el prestigio obtenido organizando la vida de la aldea. En nuestra aldea global, actualmente, quizás los políticos obedezcan a claves parecidas. 

Si los mitos revelan estructuras de pensamiento, cabe discernir cuál sea la auténtica diferencia entre sus razones y las nuestras. Una cosa es segura respecto a occidente, esto es que estamos fagocitando el mundo, tanto el entorno natural como los otros pueblos que, hemos dicho, ya no existen propiamente. No hay culturas aisladas, por descubrir y causar esa emoción que sintieron los primeros antropólogos. Las culturas “primitivas” aunque no son, en propiedad, primitivas en cuanto menores o despojadas de los instrumentos clásicos de la vida humana, están desapareciendo bajo la expansión de la misma civilización que optó, culpable y melancólica, por investigarlas desde su ciencia. Regresando a la idea que ya hemos avanzado, señalemos que la antropología constituye un canto del cisne de las culturas que estudia, una manifestación postrera de estas y no exenta de tristeza. Por eso, Lévi-Strauss rezuma una contenida amargura en su libro que le lleva, implícitamente, a interrogarse por la idea de progreso. Él ve en la historia, ante todo, un derrotero no exento de esa ambigüedad que decíamos que es propia de lo humano. Y puede hacer su reflexión porque su paso precario por el otro “salvaje” le muestra su verdadero rostro (o se lo descompone, mejor dicho). Sin poderse desprender de occidente, incluso utilizando el poderoso medio de la ciencia, se sabe pobre, porque el indígena, en su austera belleza, es profundo y bello. Su vida está tan llena de sentido como la nuestra y plena de significados y significación. Es lo que le conduce a reflexionar sobre quiénes somos, tanto la humanidad como nosotros mismos, en cuanto occidentales, víctimas y autores, a la vez, de todo el despojo. Por eso, también, nuestra mirada está limitada por nuestra propia hybris, por el prurito que nos llevó a viajar conquistando, como, me contaba un gran amigo arabista, ocurrió con el movimiento orientalista del siglo XIX, cuyo sentido y origen fue el imperialismo, muy claro en la edulcorada idealización de oriente en Las mil y una noches acaso parcialmente producto de sus propios traductores orientalistas. ¿Cómo separar en nuestro denostado occidente la concepción admirativa por el otro de la pulsión de muerte que lleva a destruirlo? ¿Es esto asunto solo de occidente o universal? En las grandes religiones, principalmente monoteístas, también ve esta intolerancia Lévi-Strauss, que comenta en las últimas páginas de su obra, es decir, la absoluta incapacidad para aceptar que existan los otros diferentes. 

Más adelante, en su teoría estructuralista, el autor francés va a entrever algo común que podríamos asociar, levemente, con la defensa de una naturaleza humana que subyace. Es lo que desarrollará en El pensamiento salvaje, cuyo título conduce a la reflexión de que todo pensamiento es salvajemente arcano. Nuestra mente sabe sobre todo de clasificar y establecer categorías y organizaciones en el mundo que la rodea. Es eso lo común que otros antropólogos, más relativistas, no van a reconocer, estableciendo la más básica y absoluta singularidad de las culturas. 

Es un libro singular este que comentamos, que, sin parecerlo, trata no ya de etnología, sino de filosofía. La preocupación de su autor es, como la nuestra, hallar al hombre entre los hombres y preguntarse si se puede decir quién sea ese hombre. Pero en el proceso de la investigación antropológica obtenemos algo curioso, que va a la contra de esta pretensión: nos deshacemos. Cabe preguntarse, pues, qué queda de nosotros cuando dejamos de creer que nuestra manera de vivir es la medida de todas las demás. El efecto que causa la antropología, y sus preguntas, en nosotros es pasmoso. Por eso Lévi-Strauss en sus viajes e investigaciones de los años treinta no puede dejar de meditar sobre quién es él y quién o qué somos los occidentales. Se cuestiona nuestra idea de progreso, nuestra pretensión de superioridad cultural y nuestra manera infame de destruir aquello que queremos conocer, con nuestro interés emponzoñado. ¿Es posible conocer al otro sin aniquilarlo y sin que el encuentro devenga encontronazo? No podemos sino dar vueltas en torno a nosotros mismos, en medio de la casi mística inmersión en la vida del otro, que nos retrotrae a las raicillas de nuestro modo de ser. Fatalmente, aquello que llamamos progreso viene acompañado, perturbadoramente, de una no pequeña dosis de horror, incluso cuando nuestras intenciones son las mejores.

08 septiembre, 2026

Entre la ruina y la reconstrucción: Benjamin y Collingwood ante la historia

En un episodio anterior relacionábamos la vivencia del tiempo y la temporalidad en sí como impulsoras del estudio de la historia. Según nuestra idea, el intento de revivir el pasado y comprenderlo desde el presente nace de la conciencia de que en la existencia humana las acciones del hombre son libres, imprevisibles y finitas. Es, en especial, el asombro por la finitud y la caducidad el que nos condujo a interesarnos por lo que otros hombres, no menos caducos y finitos, habían experimentado con intensa vitalidad en un presente que, en su momento, lo fue todo. El individuo, en su misterioso solipsismo, siente cada instante como algo gigantesco y único que, al poco, se convierte en catástrofe y frustración por su destrucción. Esta fenomenología de la historia que podemos esbozar sugiere que, por seguir las palabras de Collingwood, la historia no puede contarse con un corta y pega que recopile y organice datos. Es más que datos; es, decimos, vivencia y experiencia, singularidad y, tristemente, muerte. La historia es un reflejo de la finitud y la mortalidad humanas que no pueden producir más que cosas finitas y corruptibles. Creo que esta idea llevó, sobre todo, a Walter Benjamin a elaborar su teoría de la alegoría y su filosofía antipositivista de la historia. Según este autor, en la alegoría, que introduce una ruptura con su objeto primario, se da una fractura que evoca en nosotros la fractura que la temporalidad introduce en el devenir humano. Mejor dicho, este devenir humano no puede ser devenir en la medida que, desde la concepción de que la historia es fragmentaria como la alegoría, es decir, es un collage sin un sentido teleológico y progresivo, la historia, decimos, no puede entenderse en la forma de una evolución lineal a mejor. Lo más que en el presente podemos hacer con el pasado es lo que el autor judío denomina “constelaciones”, que suponen la reactivación de posibilidades latentes en el fragmento (una calavera en un cuadro del Barroco, una vieja mercancía cualquiera, un antiguo objeto cotidiano, una fotografía añeja provista de aura o, especialmente, las ruinas) que cobran su sentido (liberador) en el momento del presente en que, de nuevo, son mirados. Así, lo que significó un final y un fracaso no terminó siendo completamente definitivo y su sentido se alcanza no ya en su tiempo, sino en el futuro que es nuestro presente. Aquí y ahora rescatamos, como dando un salto, las oportunidades perdidas que permanecían, insinuantes, en la cosa arruinada. Esto se opone, claro está, a quien trata de comprender el pasado con un relato que lo organiza y nos lo presenta y evoca como algo total y bien armado. La labor del historiador se parece más a quien pasea por una tienda de antigüedades curioseando por aquellos enseres que han perdido su utilidad y que se limitan a dar una cierta fe alegórica de que el tiempo pasa. Este paseo es el que, en el Barroco, dramaturgos y poetas componen en sus obras. Algunos sonetos de Quevedo, por ejemplo, de los llamados “metafísicos” transmiten esta melancolía ante los despojos que el tiempo opera en los individuos. Porque, y de ahí la pena que esto incita, con la temporalidad lo que tenemos es la muy barroca victoria de la muerte omnipresente, destructora de reinos y reyes, como cuando los pintores pintan coronas como alegorías. Es esta mirada triste la que Benjamin nos provoca en torno al pasado que puede definirse como conjunto de anhelos no conseguidos, como esperanzas jamás logradas. Así, puede resultar legítimo fusionar la teoría de la alegoría benjaminiana, que transmite en sí misma esta caducidad de todas las cosas y deseos, con la filosofía de la historia desarrollada posteriormente por el autor judío, que se acoge a la clave sita en lo fragmentario, dando una suerte de salto en el vacío a través del tiempo del reloj propio de la historiografía positivista, para hallar lo oculto a la luz, nueva, del presente. Se puede considerar también propio de nuestra condición finita justamente esta incapacidad que tenemos para desde el presente comprender el presente en toda su amplitud y tener que esperar a que futuros arqueólogos nos rescaten en las ruinas de lo que fuimos. 

Yo imparto la asignatura para futuros maestros de Primaria que se denomina “Fundamentos pedagógicos e historia de la escuela”. En ella, como material, se suelen utilizar antiguas fotografías de aulas y escolares que, miradas hoy, nos evocan mucho de lo que hemos considerado en torno a Benjamin. Había en las viejas escuelas una intención bella, que hoy podemos mirar con ternura y nostalgia, que, en cada una de las vidas desaparecidas del maestro o maestra y los niños se malogró, porque la sociedad nunca fue aquello a lo que la institución escolar aspiraba. Todavía hoy podemos rescatar dicha ternura para aplicarla, aleccionados por el pasado, a nuestro presente y meditar, a partir de ello, acerca de lo que pretendemos realmente hacer con la escuela. Un colegio, así, emana una triste belleza si se lo pasa por el filtro del tiempo (niños que pronto fueron hombre y al poco ancianos) y eso es, por cierto, lo que perseguimos en la mencionada asignatura como uno de sus principales objetivos. Es decir, buscamos la experiencia de la temporalidad a partir de una historia vista como rescate de ruinas que aún hoy nos revelan quiénes somos. De hecho, además de las reflexiones de Benjamin, hemos de considerar con Collingwood que la historia nace de la pregunta, antropológica, por quiénes somos. Es porque necesitamos saberlo, por lo que nos introducimos, indiscretos, en lo anteriormente vivido, en lo que, de un modo absoluto, no va a resucitar jamás. Las resurrecciones que conocemos son parciales y precarias, como la de Lázaro, sin que supongan una victoria sobre la muerte.  

Collingwood, el otro gran filósofo de la historia antipositivista, rechaza la historia como organización de datos que nos presentara, hipotéticamente, un perfecto dibujo del pasado para admirarse. Pero, a diferencia de Benjamin, sí cree posible hacer una historia con cierta continuidad, no fragmentaria, del pasado. Esto es porque, según él, somos capaces de revivir tal cual, prácticamente, lo que para él es la clave de la historia. No son tanto los deseos frustrados de los oprimidos sobre todo y de la época, como en Benjamin, sino los pensamientos que subyacen a las acciones de los hombres. Hacer historia es hacer historia de las creencias, ideas y pensamientos que condujeron a César, por ejemplo, a cruzar el Rubicón. No basta, frente al ideal positivista, con relatar que cruzó dicho río e incluso explicar lo que esto significaba para la decrépita República romana, sino que hay que introducirse en la mente de César para reproducir sus más profundas y extensas motivaciones. No se trata, y aquí creo que Collingwood pretende algo imposible, de situarse en una mediación por la que entendamos, colocado entre César y nosotros, lo que el personaje histórico pudo pensar, sino de reactivar casi exactamente el pasado en el presente, o sea, los pensamientos de César tal cuales. Se trata de una suerte de objetivo “telepático” al que, no obstante, no nos aboca ninguna magia, sino el método de recopilación de pruebas objetivas, como por ejemplo documentos (lo que el propio César escribiera). Así, hoy podemos reconstruir el pasado y los pensamientos originales, aunque hemos de matizar que Collingwood no quiere decir que nos introduzcamos psicológicamente en la mente de César. 

Collingwood también aporta una más que interesante reflexión. Se trata de la conexión que existe entre las acciones humanas estudiadas e interpretadas por la historia y la libertad. Existe la historia porque no hay determinismo en su curso, lo que se opone, una vez más, al positivismo de Comte o la teoría de la historia marxiana y marxista. Dicho con otras palabras, no hay leyes férreas que dirijan la historia y esta nace antes de casualidades que de causalidades, o por lo menos sus causalidades son por múltiples y variadas, casi inaprehensibles. El clásico historiador que cree hallar leyes rígidas e inexorables en la historia que explicarían los hechos como consecuencia de una cadena de hechos previos, de manera que podría afirmarse, por ejemplo, que si hay una fuerte inflación se va a dar una revolución, estaría, según nuestro autor, equivocado. No es posible establecer esta linealidad en una historia que, aun siendo gradual y dinámica, no puede forzarse con algo que no sea, en el fondo, casi un azar. Y esta arraiga en la ausencia de una naturaleza humana en un sentido estático (frente a la primitiva visión de la historiografía grecorromana). Porque el hombre es, simplemente, sus actos y esto es lo que cuenta si queremos comprender qué o quién es, a partir de esa inquietud antropológica que he señalado antes. La historia es, por tanto, antropología en el tiempo, o culturas que se mueven porque van sufriendo ese estigma que todos sufrimos y que se denomina “tiempo”. Y dentro de todo lo estudiado como pasado, es la historia como historia del pensamiento lo que practica (ya que también fue historiador y arqueólogo) el gran Collingwood en las primeras décadas del pasado siglo.

Cabe ahora plantearse cómo es el modo de curiosidad que el historiador siente por el pasado, o sea, su forma de acceso al mismo. Para Collingwood a la hora de interpretarlos hay que conceder que no existen hechos históricos a la espera de ser recogidos. Es decir, el historiador no descubre hechos, sino que es, más bien, ese coleccionista que interroga a sus despojos acerca de su misteriosa vida anterior. A las cosas que hoy tenemos como vestigios, o sea, como ruinas, hay que formularles preguntas adecuadas. Una fuente no es, en realidad, nada. No responde por sí misma. Es el historiador quien la interroga. Así, si volvemos a esa vieja fotografía escolar en blanco y negro del aula a la que antes me he referido, tomándola en nuestras manos, lo que tenemos que hacer es preguntarle y preguntarnos por todo lo que desde su tiempo perdido nos mira. Y, a mi juicio, la principal pregunta es la que se interroga por la vida en sí de cada uno de sus protagonistas cuya copia en papel de plata nos mira. Hay un daguerrotipo que pasa por ser el primer autorretrato fotográfico de la historia, en el que un individuo, con el pelo revuelto y quizás agitado por el viento, nos mira con una asombrosa presencia e intensidad. Su presente está vivo ante nosotros, el movimiento, el dinamismo y el fluir de la realidad, se muestran tal como lo fueron hace dos siglos. Y esto hoy nos lleva a preguntar a la vieja imagen como si tuviéramos delante al sujeto y pudiéramos indagar en, diría Collingwood, sus pensamientos. ¿Quién era? ¿A quién amó? ¿Qué temía? ¿Cuál era su profesión? En realidad, sabemos bastante de él, pues continuó retratándose hasta muy avanzada edad, muriendo a finales del siglo XIX. Era de Nueva Inglaterra y poseía una empresa de productos químicos. Pero la forma en que nos mira o mira a la incipiente cámara que usara todavía hoy nos impresiona y, por eso, yo propongo a mis alumnos que miren el viejo daguerrotipo y también se pregunten por la persona cuya imagen pueden apreciar. Así, lo que logramos es además de una cierta vibración sensible al tiempo como la del cabello agitado por el viento de nuestro personaje decimonónico, que es el instante en su dinamismo, logramos, digo, que el documento histórico se convierta en elocuente como tal y metafísicamente para mis alumnos. Quiero, por eso, que le pregunten, como quería Collingwood que se llevara a cabo con todas las fuentes que maneje el historiador. Este es el primer paso para una comprensión de la historia. Para el autor inglés no hay hechos históricos puros sin preguntas. De ahí que en clase mi obsesión sea que los alumnos pregunten y se pregunten. 

Unido a esta comprensión de la historia, hay un segundo paso que dar, y que algunos discuten. Yo, particularmente, lo busco en cada libro de historia que leo. Esto es que la historia se narre bien, que el relato esté bien montado. Recordemos que lo que hay que contar, en un libro de historia, no es ciencia en el sentido físico o naturalista, que establece leyes y consecuencias, sino exponer una comprensión de acciones humanas concretas (y pensamientos). La historia, en este sentido, acude a lo singular. Y esta reconstrucción del pasado se hace desde un presente que, a juicio de nuestro filósofo, es capaz de revivir tal como fue el pasado que estudia. Es verdad que el historiador parte de sus problemas intelectuales, pero su reconstrucción, frente a lo que defiende la actual filosofía hermenéutica, no representa una proyección del sentido y las aspiraciones presentes del historiador. Es decir, no se lee el pasado desde el presente, sino, en la concepción del autor inglés, desde el propio pasado, aunque el presente impregne un tanto nuestra interpretación. Collingwood trata de eludir con esto una ominosa subjetividad que relativice la cabal posibilidad de sumergirse de veras en lo que fue tal como fue. Es cierto que nuestras preguntas, que él pide que formulemos a las fuentes, pueden resucitar aspectos que en el tiempo anterior no se vieron, con lo que de hecho se está dando una cierta tensión entre la pretensión de escuchar al pasado en sí mismo y hacerlo desde nuestra subjetividad y nuestro presente. Porque nuestro presente es, también, histórico, y, por tanto, parcial, fragmentario y finito. Nos hallamos en la corriente del tiempo siendo, aún más, esa misma corriente, como diría el sabio Heráclito. Quizás haya que nombrar, por cierto, a Heráclito, antes que a Heródoto, y por esto mismo, el padre de la historia. 

Hay, pues, decisiones humanas en el tiempo que son objeto de estudio del historiador en circunstancias concretas. No hay necesidad ni teleología en el curso de la historia. Creo que, según esto, la historia humana obedece a la existencia pura, a la temporalidad fundamental de nuestro ser. Historicidad es temporalidad. Y también, según Collingwood, libertad y racionalidad humanas. De hecho, la estructura de la historia es la que se basa en el desafío constante e imprevisible de problemas que los hombres tratan de resolver con sus acciones y pensamientos. Y de las decisiones que se toman como respuestas a dichos problemas, emanan nuevos problemas. Esto es, propiamente, el curso de los acontecimientos cuando el hombre es tomado de manera eminente como agente. 

En síntesis, Collingwood anticipa la historia intelectual y de los conceptos, que hoy se toma como parte de la misión del historiador que, ciertamente, tampoco se reduce en la actualidad a ello. Hay componentes estructurales que también requieren de la paciente labor del estudioso para comprender qué pasó y qué somos. El estudio de instituciones (como, por cierto, la escuela), es necesario. Asimismo, las relaciones de poder, la demografía, incluso las emociones, la corporalidad, la tecnología. No todo es racional en la conducta humana, como resulta muy obvio. Y la historia debe recoger además estos aspectos irracionales o estructurales de la vida. 

Del mismo modo, los pensamientos, señalan algunas críticas a Collingwood, solo pueden ser reconstruidos racionalmente, sin que sea factible esa pretensión de introducirse en la mente de César para reproducir con exactitud sus pensamientos. Yo creo que, en relación con ciertas teorías de la comunicación, el foco ha de situarse en la mediación lingüística o la comprensión racional de unos hechos que en su origen son irrecuperables. Hay que conformarse con eso, a mi modesto juicio. Cosa que, por cierto, añade dolor y melancolía a lo que de por sí, es decir, el estudio del pasado, es ya doloroso y melancólico. Sencillamente, quienes murieron lo hicieron para siempre.

Los datos suscitan, como también hemos dicho parafraseando a Collingwood, preguntas y dudas. La interpretación histórica es, de hecho, formular preguntas que conduzcan a evidencias y a su vez a nuevas preguntas. Pero esto debe separarse de la idea de que no hay, en absoluto hechos, de que estos son una mera construcción del historiador. Hay una independencia de los hechos en la que se basan las concepciones más objetivistas y positivistas de la historia. Esto es en la medida que el pasado está ahí y no es, frente a un extremo relativista, nuestra creación. 

Por último, sí creo que puede haber elementos de ciencia en un sentido positivo en la historia, como demuestra el empleo actual de la estadística en el estudio del pasado, por ejemplo. Aunque miríadas de ellas, puede haber causalidades parciales, como se muestra en el plano de la economía, ya que el hombre es, como señala Collingwood, libre, pero también está determinado por los márgenes y capacidades vigentes en su época. Por eso, resulta legítimo criticar un excesivo cientificismo, pero no oponer rígidamente ciencia e historia. 

Hay, por fin, un elemento que apenas hemos sugerido en la filosofía de la historia de Collingwood. Se trata de esa labor de reconstrucción a partir de fuentes que siempre son precariamente parciales y fragmentarias. Aquí, el historiador ha de echar imaginación a su relato, para engarzar un fragmento con otro. Estamos a años luz de la teoría de las constelaciones de Benjamin, porque subyace la idea de que la historia puede presentarse con una cierta lógica, con un hilo, que nos ofrezca, a sus lectores, un cuerpo. La imaginación sirve para construir una hipótesis coherente que conecte las evidencias. Tenemos, por tanto, la suma de método, por un lado, y relato, por otro. Y tengo que señalar que esto es, precisamente, lo que yo pido a un buen libro de historia. Rigor metodológico y una buena narración. Puedo poner de ejemplo el caso de Mary Beard y sus magníficas exposiciones de la Antigüedad o a Robin Lane Fox, con su memorable biografía de Alejandro Magno o su reciente estudio, precioso, de la Ilíada. En estos libros, además de ofrecer datos, estos se componen bien y se argumenta, manifestándose en la justa medida el proceso propio de comprensión de aquello que está contando el historiador. 

Y puestos a comprender la historia, hemos de relacionar dos perspectivas: la que ve el presente desde sus propias categorías (como hace la filología clásica, por ejemplo) y la que proyecta e interpreta, también necesariamente, el pasado desde nuestro presente (como hacen las corrientes hermenéuticas en la filosofía). Creo que ambas son necesarias. Es indispensable intentar bucear en lo sucedido, como si uno fuera testigo de los acontecimientos, pero, al resultar esto imposible plenamente, hay que complementarlo con una mirada que desde nuestras categorías comprenda el pasado (a menudo mejor que se comprendía el propio pasado). Esto obedece al tributo que hemos de rendir a la historicidad que impregna, también, el presente del historiador. Así, hay que hallar la dosis adecuada o término medio entre el objetivismo y la hermenéutica, aunque concedamos que todo acceso al pasado está mediado por el horizonte del intérprete (Gadamer). Igualmente hay que lograr un equilibrio entre lo necesario en la historia y lo contingente, que tiene que ver con nuestra libertad. Porque la libertad humana opera dentro de condiciones que no ha elegido, como resaltaba Sartre. No somos como hojas arrastradas en el suelo por el viento, es decir, no nos arrastran fuerzas históricas impersonales solamente. Hay, como defendía Collingwood, decisiones y racionalidad en la acción humana, hay la determinación de emprender ciertas cosas. Somos, una vez más, una extraña mezcla, esta vez como agentes y pacientes de nuestro destino. Es precisamente en la conciencia de nuestra cualidad de agentes, y no meras víctimas de las decisiones de los dioses o de un destino ciego, como sucedía en la épica griega, cuando nace la conciencia histórica y cuando podemos entender que alguien como Heródoto se propusiera indagar en quiénes somos a través del relato del pasado. 

01 septiembre, 2026

"Sapiens", de Harari

He terminado de leer el libro Sapiens. De animales a dioses, de Harari. Se trata de una obra ambiciosa que interpreta la civilización y la historia humana desde la Prehistoria, en la que el autor ha querido contestar a unas preguntas que se resumen en la cuestión de si nuestro avance histórico lo ha sido realmente, por lo menos en términos del logro de un mayor grado de felicidad. La pregunta no es en absoluto baladí, pues a menudo damos por sentado un sentido progresivo de la historia, como si esta fuera un proceso perfectivo. Contra este prejuicio, al menos en la primera parte del libro, Harari reconoce que la historia no garantiza necesariamente que el camino seguido por el hombre sea el mejor para él, o sea, sugiere que la historia no nos introduce la garantía de que sus realizaciones sean buenas o constantemente mejores. Nuestro autor sí va señalando, es cierto, una transformación dada en el tiempo en la que se han perdido y ganado cosas, lo que particularmente me suscita la pregunta de si es más lo que se ha perdido que lo que se ha ganado. Tendemos a absolutizar el presente y a mirar la historia como si nuestro momento actual pudiera juzgarla objetivamente y superara lo anterior, como si los otros hombres o los hombres del pasado fueran poco más que nada a nuestro lado. Nos resulta difícil concebir la existencia concreta de, por ejemplo, un sujeto en el siglo XII. Sencillamente nos resulta casi tan imposible como imaginar la vida inteligente extraterrestre. Pero tan llenos de vida y de sueños como vivimos nosotros, vivieron los hombres del pasado. Sintieron a veces con intensidad que estaban vivos, por mucho que ahora sean apenas sombras como las que pueblan el Hades griego. En cualquier caso, no por menos complejas tecnológicamente, las épocas y vidas que nos preceden han de suponerse menos complejas. Para cualquier individuo que ha pisado la Tierra su vida lo ha sido todo y, en este sentido, cada momento de la historia posee una importancia genuina, resultando cualitativamente significativo y relevante. El progreso, si lo hay, es la lectura que, con la ventaja de los años transcurridos, al mirar la historia desde lo macro podemos emprender. Pero esto se opone a la vivencia y la solidez de lo estrictamente individual, que es la verdad más concreta de la historia.  

De hecho, en relación con el Paleolítico, cuando durante cientos de miles de años el Homo sapiens no era más que un cazador y recolector, nuestro provocativo autor defiende que no ha habido un progreso en felicidad y ni siquiera en bienestar material respecto, al menos, el Neolítico. Frente a nuestra obsesión por el futuro, como Jorge Manrique cabe especular con que cualquier tiempo pasado fue mejor. Yo había leído en otras fuentes que, en efecto, el paso a la agricultura y el sedentarismo conllevó la aparición de hambrunas y epidemias que anteriormente eran inexistentes. La dieta se empobreció y la vida se hizo más dura y corta. Con esto, el considerado primer gran progreso de la historia no lo fue tanto, pues el hombre salió perdiendo con la invención del nuevo modo de vida basado en el asentamiento, que acabaría creando ciudades y Estados. Bien es cierto que, como afirma Harari, el Estado hoy nos cubre en gran medida y garantiza hasta cierto punto que vivamos con seguridad y relativa paz, pero en los inicios lo que hubo que conceder (impuestos, gobierno despótico de élites, religiones poderosas y templos como centros de poder) no mereció la pena. No supuso una mejora cualitativa de la vida, que se tornó muy hostil. Es posible que, antes incluso que los asentamientos, en primer lugar se dieran los templos como grandes espacios sagrados, porque el papel de la religión, que cambió con la Revolución neolítica, haciéndose politeísta y ya no animista o chamánica, fue el de ejercer de catalizador de la vida social y política de aldeas que fueron convirtiéndose en grandes núcleos de población e incluso en imperios. Tenemos como ejemplo de este nuevo proceso de la humanidad las civilizaciones de Sumer, en Oriente Medio, Egipto, Mohenjo Daro en el valle del Indo, algunos núcleos ribereños con el río Amarillo en China y, más tarde, los focos de lo que hoy es parte de México y la antigua cultura inca. Podemos establecer que en ellos se fundó un modo de vida radicalmente diferente a la sencilla y autosuficiente existencia de los cazadores y recolectores de la prehistoria. Si atendemos, en este sentido, a los hombres de Neandertal, comprobamos que en esta especie hermana, durante sus más de trescientos mil años de existencia, hasta que desaparecieron hace cuarenta mil años (tras una coexistencia en Europa de cinco mil años con el Homo sapiens), se perpetuó una forma de vida de cazadores y recolectores que en ningún momento generaron inventos como la cerámica o la metalurgia. Hay claras señales de que dominaban el fuego, que cocinaban, y que manejaban a la perfección el arte de fabricar utensilios con piedra y madera, que sabían trabajar perfectamente y cuyos yacimientos conocían en la naturaleza. Se les supone actividad en una extensión regularmente grande de terreno, que habitaban familias extensas y que raramente abandonaban. Eran formidables cazadores, que, según lo que hasta hoy consta, no conocían el arco y las flechas, pero que conocían a la perfección las costumbres de las presas a las que acechaban cazándolas hasta casi exterminarlas de regiones enteras. Además de la caza mayor, de mamuts, grandes ciervos, osos, tigres, leones, bisontes, asnos salvajes y caballos, se supone que recolectaban bulbos subterráneos y que tenían un magnífico conocimiento de las plantas que usaban para curarse y nutrirse, como prueban restos hallados en dentaduras. Su dieta, como la de los sapiens prehistóricos, era variada y tenían, sabemos hoy, una inteligencia incluso mayor, por término medio, que la media de los actuales Homo sapiens. ¿Por qué, entonces, desaparecieron? Hay diversas teorías. Tenían un cerebro mayor que el nuestro, aunque parece que con una disposición algo diferente en cuanto a sus partes. Está claro que hubo mezclas e hibridaciones con el sapiens, de lo cual queda huella en nuestro genoma, pero, según especula Harari, carecían de algo que viene a constituir la clave de la conducta exitosa del sapiens. Harari lo denomina la capacidad de fundar su cultura en ficciones cuyos efectos en la realidad producen ese carácter aguerrido, aventurero y curioso que, frente al neandertal, es propio de nuestra viajera especie. 

Digamos que el mundo del sapiens se dilataba, en su imaginación compartida, con esa capacidad de establecer creencias colectivas que han ido como agigantando su existencia, llevándolo siempre un paso más allá. Según cree Harari, el neandertal no era así, carecía de esa propiedad a pesar de su avanzada inteligencia. En realidad, no tenemos pruebas fehacientes de que creara grandes religiones, aunque soy partidario de presuponerle una intensa vida espiritual. Lo que ocurre es que podemos saber muy poco de ellos y todo acaba reduciéndose a una mera especulación sobre cómo eran. De lo recientemente publicado sobre el tema, recomiendo el magnífico libro Neandertales. La vida, el amor, la muerte y el arte de nuestros primos lejanos, de Rebecca Wragg Sykes, con lo último conocido a partir de investigaciones en restos y estudios del ADN, todo maravillosamente contado. Aquí, para mi decepción, se afirma que no hay pruebas de vida religiosa ni de enterramientos, como sucede con los sapiens, pero sí de un incipiente y precario arte, como grabados, pinturas y adornos. Me resultó especialmente perturbador leer que practicaban el canibalismo con los muertos, a los que despiezaban e incluso cocinaban (sus recetas eran o hervir en agua usando carcasas del tórax de grandes animales y bolsas de cuero o pieles, o asar directamente en la hoguera). Como todos sabemos eran más fuertes que nosotros y requerían un enorme gasto calórico diario, mayor que el nuestro (lo que los hacía aún más dependientes de la continua búsqueda y consecución de alimentos), pero no hay pruebas de grandes deficiencias a nivel nutricional. Como también dice Harari de los sapiens de la Prehistoria, su dieta era variada y rica, encontrándose los nutrientes con menos tiempo y esfuerzo que lo que requeriría el cultivo de la tierra en las posteriores culturas sapiens del Neolítico. 

Lo que nos plantea todo esto es una cuestión trascendente. ¿Quiénes somos, verdaderamente? Si atendemos al neandertal, con su larga historia, y a los más de doscientos mil años de vida del sapiens como cazador y recolector en poblaciones nimias, nos debemos formular el interrogante de si lo que, por ejemplo, dice la Biblia, tiene sentido. ¿Habría que crear un Adán para nuestros primos neandertales? Y también: ¿Qué dice el mensaje bíblico o de las religiones monoteístas, islam, judaísmo y cristianismo, a esos más de doscientos mil años de vida tan intensa, podemos elucubrar, como misteriosa que ha sido lo normal en el sapiens o respecto de esa otra longeva y muy inteligente especie humana que fueron los neandertales? La mera existencia de estos datos nos cuestiona cualquier pretensión de leer la historia humana desde los textos religiosos, aunque no podemos ignorar que el elemento místico y religioso ha formado parte de la rica vida cultural de los hombres, presumiblemente, también durante toda la extensa etapa de la desconocida Prehistoria. ¿Cómo pudieron tener en cuenta los anónimos y tal vez inspirados autores del Antiguo Testamento los muchos eones pasados y desconocidos por ellos? Solo podemos satisfacer nuestra curiosidad con la imaginación de lo que fue la vida para cada uno de esos seres, su existencia, en gran medida tan humana, rica y diversa como la nuestra. Pero nada en la humanidad posterior, salvo la actual paleontología, parece haberlos ni siquiera imaginado. Tampoco nuestras religiones. 

Sí podemos elucubrar sobre algo de su en gran parte misteriosa vida. No dispusieron de ciencia ni filosofía (tampoco en los albores de la historia para el sapiens) y cabe especular con que su pensamiento no terminara de liberarse de estructuras densamente míticas. No tanto los neandertales, sino los sapiens, dice Harari, forjaban ficciones que les unían, hemos señalado, en grandes proyectos, que nutrían como de ensoñaciones con efectos reales sus viajes, exploraciones e iniciativas tecnológicas y artísticas. Vivían, seguramente, inmersos en este universo virtual, sintiendo además tanto la vida como la muerte y la enfermedad igual que cualquiera de nosotros. Esto es conmovedor y es bello saberlo. Como señalábamos al principio, la humanidad lo ha sido entera y toda ella en cualquier existencia individual. Cualquier hombre es o ha sido, de algún modo, todos los hombres.

Si, como dice Harari, el trigo domesticó al ser humano del Neolítico y no al revés, cabe defender que desde el Neolítico hemos emprendido una historia peculiar, ostensiblemente distinta de los anterior, en la que se ha ganado y perdido a un mismo tiempo. Desde entonces, como aborda el autor israelí, se han dado una serie de transformaciones en la humanidad diría que irreversibles. Tan irreversible como lo fue ya la apuesta por la agricultura, que modificó para empezar el número de seres humanos conviviendo en un corto espacio hasta convertir el cultivo de la tierra en una necesidad anteriormente desconocida. Igual, parece sugerir nuestro autor, que el hombre del Paleolítico tenía los mitos y los símbolos que lo llevaron a constituirse como la especie más audaz, terrible y creativa del reino animal, incluido los neandertales. Poco a poco se crearon ficciones cuyo valor de verdad era simplemente que todo el mundo les daba crédito. En particular, se trata de tres grandes ficciones compartidas las que mayor éxito han tenido en el devenir humano: el dinero, los imperios y las religiones universales. Esto dio una cobertura a la vida, una suerte de segundo refugio o hábitat virtual, hemos dicho, que, trascendiendo a la simple naturaleza, conformó lo que hoy entendemos como humanidad. Estos elementos produjeron formas de horror y violencia, qué duda cabe, pero también crearon sistemas de cooperación amplísimos, dilatados en el espacio y el tiempo. Por ellos, el hombre sapiens se trascendía a sí mismo y agigantaba su existencia. Son abstracciones con algo de ficción colectiva, que, no obstante, lograron modificar cualitativamente la vida humana. Y, sobre todo, hubo algo cuyo nivel de abstracción no elimina su incidencia concretísima en nuestras vidas, como formidable invención: el Estado. 

Harari menciona, además, otros elementos de la vida moderna. Por ejemplo, la ciencia y el capitalismo. Explica ambos y considera, con buen criterio, que, por lo menos, tras la primera ya no hay marcha atrás posible. Hoy, si acudimos a los orígenes de la filosofía, creo que no podríamos filosofar igual que lo hicieron los presocráticos y que para sustentar una filosofía de la physis, habría que pasar por la ciencia y las matemáticas. La ciencia describe la materia, sin preguntarse qué es en última instancia, pero retratando pacientemente el mundo físico y contribuyendo a que nos forjemos una imagen de la realidad. Su método, su progresión pautada, su rigor, constituyen una de las principales claves para entender el cosmos del modo en que lo entendemos hoy. Se ha logrado mucho con ella y, a mi juicio, se trata de uno de los mayores logros del hombre que, ciertamente, era imposible de obtener en ese largo periodo de la Prehistoria. A la humanidad de los primeros hombres, hoy hemos añadido la ciencia que nos afecta profunda y hasta sustancialmente.   

La pregunta que más inquieta a Harari y a mí mismo es la de si, al final de todo el proceso histórico, se ha ganado en felicidad. ¿Somos hoy más felices? ¿Pueden compararse y cuantificarse las felicidades concretas vividas por cada uno de los miles de millones de individuos que han poblado el planeta? Harari aborda diferentes maneras de medir el nivel de felicidad de las sociedades, estudiando si tiene que ver con la salud, la riqueza, el estatus social o incluso el matrimonio. A pesar de su crítica a la sociedad agrícola, he encontrado un injustificado optimismo en las últimas páginas del libro, que no casa con los muchos horrores de la vida moderna. No hay flecha en la historia, ni sentido, creo, por lo que cabe interpretar lo que hay simplemente como algo que está ahí, que es, que se ha configurado por innumerables causas y azares del modo en que lo está. Y eso es todo. ¿Viviríamos mejor antes del capitalismo y el individualismo moderno, en una vuelta al modo de vida comunitario medieval, como sugiere Chesterton? ¿Somos ahora mejores por tener la ciencia? No lo sabemos. Solo podemos decir que es a esto a lo que hoy estamos hechos y que la revolución tecnológica que puede reconvertir al hombre hasta semejarlo a un dios, dice Harari, no ha finalizado. Las realidades compartidas, que comenzaron siendo apenas mitos y símbolos, no cesan su intervención en la existencia humana. En este sentido, no hay solo crítica a la tecnología en el libro que comentamos, sino apuesta por sus logros. 

En definitiva, el libro de Harari resulta estimulante y nos incita a los lectores a interpretar el mundo en que vivimos, en términos de constatar nuestro dominio del planeta y nuestra posible felicidad lograda, tratando de ponderar lo más positivo y lo más negativo que ha acarreado la civilización. La humanidad es algo mayor que sus individuos, que, como decía Hegel, son carne de cañón de la historia. Es la historia la que pasa, como el curso de un río, portando nuevas formas de vida y extinguiendo otras. Nuestros sueños particulares, nuestras pobres y diminutas vidas, son tan intensos como deleznables. Nos caracteriza, profundamente, la finitud y la muerte que, gracias a la ciencia vamos comprendiendo mejor como el precio de la vida y de sus componentes moleculares, de los fundamentos de la biología. Quizás no quepa otra organización de la materia, una forma amortal de la misma, pero resulta curioso el afán de Harari por preguntarse y aventurar la posibilidad de que gracias a la tecnología lleguemos a superar nuestro peor fantasma apuntando a una cierta inmortalidad. 

30 junio, 2026

¿Qué es la pedagogía?

Es preciso diferenciar con claridad qué es la pedagogía de la didáctica. Esta es la aplicación técnica de aquella, es decir, consiste en un saber operativo acerca del procedimiento que habría que seguir para enseñar una materia o, actualmente, inculcar unas competencias. A pesar de la para mí evidente diferencia entre ambas, se ha asumido con bastante normalidad que la una se reduce a la otra, de manera que cuanto hay que decir y saber de pedagogía equivale a la investigación de las condiciones por las que una clase o proceso educativo funciona bien. Pero, a mi juicio, la didáctica, en cuanto ciencia aplicada, nace con el sesgo que se atribuye en general a lo técnico, que consiste en que la complejidad del proceso educativo, que como vamos a ver es profunda, se aligera tornándolo una relación mecánica de aprendizaje a través de unas determinadas metodologías de enseñanza. Se ha llegado a creer incluso que en esto estriba la clave de la educación. Sin embargo, el estudio de grandes figuras del conocimiento humano que han creado escuela nos obliga a pensar en otra dirección. Por ejemplo, y frente al didactismo y el relativismo sofístico, cabe preguntarse por el meollo de los diálogos socráticos, indagando en cuál era la base de toda la operación epistemológica que se desarrollaba en ellos. En ellos, como es sabido, resalta la indagación epistémica (episteme) sobre la techné retórica del sofista. Es decir, se busca la certidumbre del conocimiento, la verdad, por una vía que es antes teorética que práctica, pues se trata de que los interlocutores sigan el camino del logos. 

Como bien expresa el propio Sócrates, o Platón en boca de este, en el aspirante a sabio, o filósofo, ha de darse una erotización respecto a la sabiduría, en cuanto se tendería a una búsqueda de la misma como la que el enamorado emprende de la persona amada. Es el amor más elevado, el amor platónico que se deja conducir por el logos, el que nos liga con lo más alto a que puede aspirar la vida humana y que es lo que se relaciona con la vida intelectual, con el hacerse preguntas que apuntan a la explicación última de la realidad y sus pormenores. Para Platón hay que llevar a cabo, en la metáfora empleada por Giovanni Reale, una “segunda navegación” que consiste en, una vez abandonado lo cotidiano, internarse en lo intelectivo como ámbito específico de la filosofía. Lo fundamental, lo que se busca, no llega tanto por los sentidos, aunque estos nos lo aproximen, sino con el logos, o sea, con una tensión dialéctica dada en el lenguaje por la que se intenta aprehender lo que, de manera excelsa, solo con los procedimientos de la inteligencia en el contexto de un diálogo, puede ser alcanzado. Mediante la dialéctica se persigue lo esencial, lo que hace que una cosa sea esa cosa, es decir, su esencia inteligible y común a los individuos. En el método platónico, más allá de los diálogos aporéticos estrictamente socráticos, se opera con la razón, a través de preguntas y respuestas, para depurar la idea y, a su vez, se perfila esta una vez obtenida. Pensamiento, diálogo y palabra son los medios por los que el interlocutor va ascendiendo a una forma de contemplación que, contra lo que algunos han insinuado, no es tanto mística como intelectual. El esfuerzo se dirige a lo que, grosso modo, podríamos considerar definiciones que capten justamente lo que hace que algo sea eso mismo, como por ejemplo el amor, la belleza o la valentía. 

El método socrático y, sobre todo, platónico de búsqueda intelectiva inicia un viejo hábito de la humanidad que llegaría a los primeros pensadores cristianos, y antes a Plotino, por el cual, de manera dualista, la materia y el cuerpo donde reinan el movimiento y, por tanto, una porción de no ser, son más bien obstáculos que cómplices en la búsqueda de la verdad que procura la comprensión más pura del ser en el que no hay cabida para la diferencia y el cambio. Estamos en el ámbito, por tanto, de una metafísica que se esfuerza por pensar el ser como lo que, trascendiendo a los entes, es causa de los mismos. Será justo el punto en que se apoye la crítica al platonismo por parte del segundo Heidegger. Para hallar la verdad, es decir, lo que es verdaderamente el ser en su más directa expresión, hay que eludir las demandas de lo corpóreo para acudir a lo inteligible que no vemos directamente y que es lo que el filósofo frecuenta cuando abandona la gruta a que alude el libro VII de la República.

Aristóteles, de un modo similar, también enfatiza que pensar, en su máximo poder, es pensar el ser en cuanto aquello que, siendo puro acto, avala la existencia del mundo perecedero, sin que ello mismo, perezca. De algún modo, y sin que lo identifique con el Dios posterior del cristianismo, Aristóteles se referirá a un ser supremo que es causa primera o motor inmóvil que origina y explica la secuencia temporal y el cambio, incluido el movimiento de los entes en el mundo sublunar. En el cielo aristotélico, cual la Trinidad en el Paraíso de Dante (que, no obstante, para el italiano, se trata de un Dios personal, reverenciable y comunicativo más tomista que aristotélico), irradia aquello que, necesariamente, ha de postularse como fuente de la existencia de un mundo que, sin ello, carecería de consistencia ontológica y ni siquiera de movimiento. Se ha dado aquí, como en el caso de Platón, esa transformación de la ontología en metafísica a que aludirá, como hemos señalado, el filósofo alemán Heidegger, cuya perspectiva del ser es la de algo que no es algo, que no puede ser nombrado directamente ni confundido con los entes cuya existencia, no obstante, produce, como sí lo era para los griegos. Cuasi misteriosamente, el ser está en su ocultamiento y puede débilmente nombrarse apenas en los recovecos más poéticos del lenguaje. La razón habrá de ser, entonces, en palabras de María Zambrano, razón poética, es decir, logos poético. Es en ese sobrecogimiento por lo que, de manera última, late en la realidad como un secreto corazón, lo que, a pesar de sus diferentes matices, comparte el platonismo con Heidegger, tal como lo muestra la filosofía de Zambrano. Aunque, según Heidegger, Platón se sitúa en un planteamiento metafísico de partida, su eros por la verdad es el eros, creo, de cualquier filosofía emocionada ante lo más íntimo y excelso del ser. 

Lo que, por tanto, une a ambas filosofías, es decir, la metafísica helénica post socrática y la filosofía del ser heideggeriana, es la concepción de la filosofía como tarea elevada que se emprende por amor o por la seducción que obra en el sujeto o el poeta el alma íntima de las cosas y su huidizo fundamento. Dicho de otro modo, pensar es bello y nos hace bellos. Nos atrae. Es una cuestión no solo de aspirar a conocer, sino de aumentar en intensidad el enamoramiento que nos produce la existencia, con toda su dosis de absurdo, dolor y desconcierto. Pues bien, respecto a la pedagogía, creo que, coincidiendo con esta inercia del filósofo, hay que indicar que la clave básica para entenderla y saber cómo funciona la enseñanza, incluso en los aspectos más técnicos y didácticos, estriba en ese enamoramiento del saber que vertebra la labor del científico y del filósofo. Debe haber algo amoroso e incluso místico, como se aprecia en el caso de Einstein, en la relación del estudioso con el objeto de su trabajo. Como el filósofo y el poeta, el científico y el profesor tienen que actuar seducidos por el mundo y, en última instancia, bajo la égida asombrosa del ser. No le basta con hacerse las preguntas parciales propias de su campo de estudio o materia, sino que debe subyacer esa pregunta única y fundamental por la que nos definimos como seres humanos y que emana de la admiración por la existencia, por el inexplicable misterio de que haya algo y no nada, como señalaba Heidegger. Se trata casi de un prurito por saber, una suerte de impulso emocionado semejante al que conduce a Dante por los distintos estadios de su viaje sobrenatural, a medias para saber más consiguiendo respuestas y a medias para anticipar, amorosamente, el momento anunciado por San Pablo en que seamos todo en todo. Y esto se da tanto en quienes ostentan un carácter más metafísico, como los griegos o Tomás de Aquino, por ejemplo, como en quienes podríamos clasificar como filósofos existencialistas. El vértigo que los funda es, a mi juicio, el mismo, como dijo Jaspers al referirse al origen de la filosofía y del filosofar. 

Mi hipótesis es que dicho vértigo cósmico ha de fundar, también, toda visión que tengamos de la pedagogía y, además, su aplicación didáctica. Es lo primero. No puede enseñarse, por tanto, cómo enseñar o a aprender en abstracto, sino, sobre todo, hacer que fragüe el amor por el saber. Esto no se puede explicar, pues presupone, antes de cualquier didáctica o teoría, un fuego que incendie la clase, un trato con los contenidos mismos, y que emana de la belleza que se invoca, la de que todos, en ella, estemos adentrándonos en la serena víscera del mundo. Desde una perspectiva psicoanalítica lacaniana, Massimo Recalcati ha señalado que hemos de retomar una erotización del conocimiento que encauce nuestro eros no tanto hacia ese mediador que llamamos “maestro”, sino hacia ese objeto al que apunta y al que llamamos cultura o saber. En este sentido, lo que sucede en una clase no debería equipararse con la vida corriente, como si hubiera que derribar los muros del aula, sino todo lo contrario. El aula, la hora de clase, señala, se constituyen como dimensiones especiales propias y separadas de las demás instituciones de la sociedad, porque, igual que en un templo, en ellas se visualiza, en definitiva, lo que Zambrano denominara el fondo sagrado que perdura y es en todas las cosas. En el aula tiene que darse, primero, una veneración fundamental que solo en un segundo momento se transforme en conocimiento reglado y pautado. La didáctica, así, emanará casi espontáneamente del profesor que ama su profesión. Sabrá transmitir lo que ama, se buscará, ardorosamente, la manera. Porque cuando se conoce, se ama todavía más. El saber, por tanto, y aquí nos aproximaríamos a Plotino, se funde con un misticismo peculiar en una especie de religiosidad laica que consiste en venerar lo invisible. Solo de esta plegaria puede emanar una auténtica pedagogía, creemos, y tiene sentido la academia. Así lo entiende el filósofo Mèlich que ha escrito recientemente sobre el saber como plegaria que entonamos en la liturgia de la clase en la medida en que, siendo finitos, entrevemos lo infinito. 

Alguien que llevó a cabo esto tanto en sus escritos como en su vida fue Iván Illich, que practicó la (anti)pedagogía del contagio, como ocurre con la transmisión utópica del mundo nuevo que tratan de materializar en la escuela libre Summerhill de A. S. Neill. La labor de este polifacético intelectual, que ostentó una lúcida personalidad, fue cultivar, como en un pergamino del siglo XII, la cultura, valga la redundancia. Hacerse culto es formarse, cultivarse, tornarse fértil campo de labranza. Para él, como para Hugo de San Víctor y su tiempo, anterior a la era universitaria del siglo XIII, escribir era como arar el campo y leer igual que pasear por un viñedo, demorándose en sus frutos y esplendores. Creo que la figura del más famoso autor de la desescolarización, del que, no obstante, no compartimos su impugnación de la escuela, nos orienta para apreciar lo que el más irresistible enamoramiento por el saber obra en una persona y cómo dicho amor puede transmitirse, de persona a persona, igual que en un proceso de contagio u ósmosis. Tomamos, pues, de Illich su candorosa concepción de la educación como contagio personal y, a pesar de su crítica a la escuela, nos quedamos con el Illich que, posteriormente, alabó los monasterios y ciertos entornos académicos como lugares de humanísimo cultivo del saber. No media en la transmisión del saber, desde su concepción, ningún operativo saber de tipo técnico, como la didáctica, sino la pura efusión de aquello que es amado. Basta un contacto con ello a través de esa mediación que, cual síntesis personal y carnal del mismo, nos lo vivifica, o sea, es necesaria la mediación de un maestro. Este es el secreto de la didáctica, para quien se empeñe en buscarlo. La figura, no sacramente autoritario, sino elevadora del discípulo, que tenemos en el maestro. Y defendemos esto en un tiempo que no es propicio para figuras paternales como la de los profesionales del magisterio. 

Frente a Illich, insistamos, mantenemos, con Recalcati, que la escuela debe perdurar si acaso como institución, y que para que ella funcione hemos de incorporarle el aprendizaje como si fuera una plegaria, en lo que tiene de profunda devoción. En ella, como en la vida de Illich, deben combinarse la palabra y el silencio, pues hasta cierto punto, despliega una teología apofática o negativa que no puede decir lo más básico, lo que, propiamente, nos enamora. Tengo un buen amigo que, siendo un excelente profesor de lengua y literatura árabe, comenzaba sus lecciones explicando que el aula, el recinto de la clase, era, a todos los efectos, una mezquita. Quería apuntar, así, a la cualidad más santa de la enseñanza que, en cuanto algo sagrado, puede experimentarse, pero no, propiamente, enseñarse. La experiencia de la escuela no es tanto una enseñanza, sino un dejarse teñir por la humanidad. La enseñanza y el aprendizaje vienen después de que, sobrecogidos, asistamos a la lección profesores y alumnos. Pero, si reducimos la pedagogía a didáctica en el modo que habitualmente se hace, entonces todo este proceso se disuelve en nada, en un mero saber hacer que hoy se denominan competencias, y desaparece, se nos esfuma de entre los dedos justamente la clave que convierte una clase en una experiencia superior a lo que experimentamos en la vida corriente. 

Mi pregunta, a partir de lo que hemos expuesto, es si las más actuales tendencias en la pedagogía que ponen el acento en lo didáctico anulan el proceso verdadero en que consiste la educación (escolar). Si esta es, en esencia, un contacto personal (personalizado), ¿qué ocurre si lo hacemos derivar de una serie de normas y técnicas que, previamente al contacto con la misma clase, pretenden dictar el modo en que aquel debe darse? Respondo: estaremos ahogando al ser vivo, constriñéndolo en una jaula peor que la que, se dice, corresponde con los muros de la escuela. Convertimos una vitalísima experiencia en simple procedimiento. Las reglas apagan, como agua, el fuego del saber. Por llevar la pedagogía a la vida, derribando los muros escolares tal como propugnan ciertas técnicas actuales de enseñanza, se está haciendo morir al pájaro expuesto al gélido vacío de lo dado. No quiero decir que la pedagogía y la escuela se cierren a la vida, sino que la incluyan dorándola, eso sí, con el oro de la pasión por saber. No basta con aceptar, sin más, lo que hay y extraer de ello problemas que resolver en el aula. 

Debe darse en la educación una elevación del individuo que, por nuestras muchas distracciones cotidianas, no puede ocurrir en el contexto de la vida corriente. Hay que tratar con aquello que se invoca, en el espacio adecuado para dicha invocación, que ha de permanecer impermeable a los trasiegos en que la vida corriente se pierde. Su espacio y su tiempo especiales son los que necesitamos para invocar el amor al que nos hemos referido y que es capaz de, cuando nos toca, transformarnos hondamente. Tratar con la humanidad, con sus dolores y anhelos, ha de percibirse como cosa sagrada. Contra la desacralización propuesta por autores como Paulo Freire que relacionan esto, en el ámbito académico, con estilos autoritarios, proponemos una resacralización de la escuela, en el sentido que estamos explicando. Dicha sacralización no es, si media un auténtico amor y una pasión genuina, una vuelta a modelos dogmáticos o autoritarios que flaco favor harían a la grandeza que estamos tratando de describir y aplicar al aula. El autoritarismo es pobre y mezquino, restando su cualidad a lo grande. La pedagogía, sin sentir vergüenza, ha de recurrir a la teoría en su sentido más helénico, como primer saber inútil, sin otro objetivo que el puro conocimiento, pensando la cultura, y situada en el invisible incendio de los siglos. La buena pedagogía es la digestión de esos siglos que espantan, conmueven y elevan a un tiempo. Como señalaba Hannah Arendt, en la escuela esto es lo primero, en su ámbito diferenciado, y, después, si acaso, podrá aspirarse a transformar el mundo.


23 junio, 2026

Acerca de la universidad

Voy a defender la tesis de que la universidad es el ámbito, diferenciado del resto de la sociedad, donde se emprende el estudio teórico de la realidad por excelencia. Por teoría entendían los antiguos griegos lo contemplativo, es decir, aquello que apunta a lo inteligible que, ontológicamente, se opone a lo empírico y constituye el ser verdadero de las cosas que hay que conocer para conocer bien el mundo. Aristóteles, por ejemplo, diferenciaba los saberes prácticos, como la ética y la política, así como lo que hoy llamaríamos ciencias aplicadas o tecnología de ese conocimiento fundamental que pone el acento en las esencias o formas últimas de las cosas. Si trasladamos este espíritu al mundo actual no estamos sino refiriéndonos a algo tan sencillo como lo que ocupa, pongamos por caso, al matemático. Las matemáticas, la química y la física tienen como objeto de estudio la verdad acerca de los números y la materia. No les interesa, independientemente de que sus investigaciones deriven en aplicaciones prácticas y novedades tecnológicas comercializables, las consecuencias que para la vida corriente tienen dichas parcelas de la realidad, sino el estudio de ellos como tales, un estudio desinteresado y sin otro límite que el de la propia ciencia tomada en su sentido más genuino. Si esto es así con la ciencia, ateniéndonos a cómo los grandes científicos lo han hecho, no digamos si nos centramos en ese templo del saber caracterizado por el más absoluto desinterés práctico y, sin embargo, impregnado por un impulso teorético de indagar en las cosas en sí mismas, situando todo el valor de la indagación en la indagación misma. Así, en la Academia platónica o el Liceo de Aristóteles se investigaba persiguiendo el saber por el saber como lo más natural. La pulsión por conocer que, decía el Estagirita, todos albergamos, en cuanto ansiamos saber por naturaleza, se materializó en estas dos instituciones atenienses en las que, sin abandonar intereses prácticos, sí es cierto que lo que se perseguía denodadamente era saber más del mundo natural y sobrenatural o inteligible. Los medios de la ciencia tal como hoy la entendemos no existían, aunque se llevaban ciertamente trabajos de tipo empírico. Pero lo que elevaba al hombre al tiempo que pensaba era el pensamiento de aquello a lo que tan solo con la razón se accede, mediante el ejercicio del logos y una suerte de intuición intelectiva que llamaban nous. En las matemáticas, por ejemplo, las propiedades de números y objetos geométricos era lo que interesaba en sí mismo. Así, en estas instituciones se cultivaba un tipo de conocimiento impermeable a los intereses espurios que, desde fuera, pudieran interferir. Platón, es cierto, concibió su academia para formar filósofos gobernantes, pero estos, más que aprender ni siquiera la técnica retórica que enseñaban, por otro lado, los sofistas, se dedicaban al más descarnado cultivo de la razón que, por sí mismo, podía facilitar la contemplación que era propia de la vida teorética. Esta, según Sócrates o Platón, imbuía con su excelencia a quien la profesaba, de manera que, desde que se conocía lo esencial del bien supremo o las bondades del ser y las nociones de la metafísica, el investigador se hacía moralmente bueno. El estudio, cuya máxima expresión era el estudio de esas entidades máximas de la metafísica, mejoraba a la persona y enriquecía la vida. 

Por supuesto hoy nos movemos con claves metafísicas y ontológicas muy distintas. Sobre todo, la ciencia, en su expresión moderna galileana, es la reina de la universidad. Pero creo que también en nuestro más pragmático tiempo hemos de abordar con una perspectiva contemplativa o teorética la pesquisa del mundo, no descartando que hay cosas que deben saberse por sí mismas. Dicho de otro modo, propugnamos el conocimiento por el conocimiento como moral específica de la universidad. Sus miembros han de sentir que se elevan con el estudio al nivel más puro y, diría, celestial de la ciencia, a la búsqueda de respuestas y a las muchas preguntas que se relacionan con la verdad perseguida por sí misma. De hecho, es el planteamiento teórico el que va a facilitar, luego, unas consecuencias prácticas. Para obtener nuevas invenciones y avanzar en la tecnología es preciso antes que los sabios indaguen sin límites ni condicionamientos económicos ni de ningún tipo que los desvíe del mero preguntar por preguntar. Así, en sus inicios, la universidad medieval era un entorno donde la más ardua e infatigable discusión en torno a todo lo pensable se daba sin tapujos, con la excusa de un examen o una promoción al cuerpo de profesores. Se medía en estos actos, que eran auténticas celebraciones públicas a las que el pueblo asistía con devoción, la capacidad del candidato para argumentar, responder a contra argumentos, disertar y, en general, usar su razón combinándola con una profusa erudición. Todo el proceso era oral y no se escribía nada. Los demás profesores acribillaban con sus cuestiones y reticencias a lo que el candidato tenía que ir integrando en un discurso tan elocuente y bello como profundo. Las materias eran en su gran mayoría de naturaleza muy teórica, incluso en campos como la medicina o el derecho y, no digamos, en la carrera reina de todas ellas que eran los estudios o grado en Teología. Lo más práctico que se obtenía de lo que era un largo y dificultoso proceso de muchos años de estudio consistía en la potestad para dar clases, incorporándose el alumno finalmente al cuerpo de profesores de la universidad, de ahí que hace unos años en España se denominara a los graduados “licenciados” (con permiso para impartir docencia universitaria).

El grupo de discípulos que frecuentaban a Sócrates o, más tarde, a Abelardo, cuya fama en el medievo fue altísima, constituían de hecho una forma de universidad itinerante y centrada, siempre, en la figura de un maestro. Es este conjunto físico de personas el que, poco a poco, fue instalándose en un lugar u otro, no siempre el mismo, y que comenzó a denominarse “universitas”. Porque la institución, cuando, en especial en el siglo XIII, se crea y extiende desde los núcleos de París y Bolonia, se llamó en un principio “studium generale”. Solo siglos después la palabra “universidad” terminó por designar el lugar, la institución y la comunidad de profesores y estudiantes que la componían. En casi mil años de historia es evidente que también los cargos y, por supuesto, los planes de estudio y carreras han variado enormemente. Pero al margen de lo que los historiadores de la institución puedan decirnos, quedémonos con que los estudios universitarios presuponían un cierto eros por el saber mismo que los tornaba en algo básicamente teórico o, hemos dicho, contemplativo, no en el sentido místico (que hasta cierto punto también puede estar presente), sino intelectivo o de ejercicio de la razón. Así, ya en la universidad medieval se pensaba en serio y la prueba es la forma de las “Summae”, como las de Santos Tomás de Aquino, que nos han llegado y que ostentan un tono discursivo y dialéctico, de argumentos, réplicas, contrarréplicas y, finalmente, síntesis y conclusiones. Porque contra lo que el prejuicio ilustrado sugería, en la Edad Media se pensó a fondo y no se era, necesariamente, pacato o inquisitorial. Tomás de Aquino, por ejemplo, lo pensó todo, abordando metafísicamente la realidad en todas las cuestiones imaginables que puedan derivar de esta, desde afirmaciones acerca del infierno o de los ángeles (que hoy nos resultan curiosísimas) que mostraban hasta dónde se puede pensar cuando se piensa sin freno (contra lo que siglos después arremetería Kant) y afirmaciones acerca de las últimas verdades y principios. Dios, el Dios cristiano y monoteísta, fue, no obstante, el tema que aportó una perspectiva que enriqueció las reflexiones que se habían heredado de los grandes filósofos griegos paganos, añadiendo matices a la más antigua filosofía. Porque el lugar donde se piensa, por excelencia, es la universidad. Es donde hay tiempo para ello. Y esto ha de realizarse hoy como lo hacían en la Edad Media: sin que medie otra cosa que el más sincero y valiente afán de saber. 

Tras la Ilustración la ciencia acabó de irrumpir en el anticuado plan de estudios universitario y así ha sido desde el siglo XVIII, sobre todo el XIX, hasta hoy. Pero estos cambios profundos que la última Modernidad introdujo en una institución que pasó de manos eclesiásticas a manos de los Estados, convirtiéndose en centros civiles públicos, no me privan tampoco de seguir asignando a la misma una función que estamos denominando teórica y contemplativa. Traducido a nuestra más inmediata actualidad, esto quiere decir que hoy también, si queremos avances prácticos, hay que ahondar en la tan denostada teoría que no es otra cosa que aquello que se apoya en el prurito de saber sin más, en el saber que solo se justifica por sí mismo. En la vida puede haber pocas situaciones para los estudiantes que les permitan este juego por el que enzarzarse hasta altas horas de la noche en discusiones sobre asuntos “académicos”, las cuales son, por cierto, las mejores. Cuando se discute algo teórico se está ampliando nuestras miras, se dilata la perspectiva con que afrontamos la vida práctica, porque la propia discusión, como si de una mística contemplación se tratara, nos puede hacer temblar en nuestro más profundo ser. La interioridad, nuestra vida, lo que somos, recogen la vibración del ser llamado a manifestarse mediante el duro ejercicio del dar y escuchar razones. Sigo creyendo que, acaso junto con el amor, este afán purísimo de conocimiento es lo más elevado a que puede aspirarse en una existencia. Y es la universidad el momento y el lugar donde, o se da, o ya no se da en ninguna otra circunstancia o institución de una sociedad cuyas preocupaciones son eminentemente terrenales. No debe, por eso, dejarse que la universidad se contamine con lo que pasa en la calle, como suele proponerse con ligereza. Esta debe mantenerse como un ámbito propio y muy diferenciado, casi como un templo, porque en él se da el contacto, racional y científico, con lo que en su más última dimensión sagrada sea la realidad. Si bien ya no está presente Dios como objeto de estudio, como sí lo estaba en el modelo universitario medieval, sí podemos decir que la verdad última, suene como suene, sigue constituyendo una aspiración legítima, o, dicho de otro modo, el afán de llegar tan lejos como sea posible mediante la razón, la pesquisa empírica y el método de la ciencia. Cueste lo que cueste y caiga quien caiga. En este sentido, aquello que movió a los profesores del medievo para disertar con solvencia sobre Dios ha de seguir presente, en cuanto ímpetu y afán incondicional, aun cuando Dios ya no sea Dios ni tenga lugar para la mayoría de la sociedad. Pero sí hay una verdad que buscar, aun desdivinizada, una metafísica, un trasfondo sagrado que se transpira en todas las cosas, como señalaba María Zambrano en El hombre y lo divino. Se trata de penetrar en el existir de los entes y que, aunque su estudio empírico resulte parcial y fragmentario, siga reluciendo como máxima meta la explicación que, llena de preguntas, apunta a saberlo todo. Y esto no cabe en estrechos intereses mercantilistas o en esa reducción del saber al saber hacer que es propio de lo técnico y de lo que, en el lenguaje contemporáneo de la pedagogía, copiado del mundo de la empresa, denominamos “competencias”. Dicho sea de paso que, si se trata de cuestionar todo, también deberíamos, en la universidad, cuestionar lo que queremos hacer con este término. 

Yo sí creo, frente al intelectualismo griego, que este proceso de búsqueda desinteresada del conocimiento, que hemos tratado de proponer para la conducción de la institución universitaria, ha de darse con una porción de placer no escasa. Igual que, decía Platón, el mayor amor es amor a la sabiduría, para mí el mayor placer es el placer por el conocimiento. Es aquí donde debe situarse, como en su centro, la vida universitaria y no querer estar en ningún otro sitio. Lo demás séale ajeno e incluso enemigo.

16 junio, 2026

¿Por qué la Ilustración? El valor de pensar

La Ilustración nace como una exacerbación de la voluntad de orden, es decir, de hallar y crear órdenes en el mundo y en la sociedad. Dicho de otro modo, y siguiendo las palabras de Kant en su conocido opúsculo ¿Qué es la Ilustración?, de lo que se trata es, ahora, de pensar. Porque no habría manera de pensar si no asumimos que, por muy voluble y dinámico que resulte, el cosmos está organizado y, de algún modo, nuestra organización mental a la hora de pensar, nuestra lógica, se acoplan prodigiosamente a dicha organización cósmica. Hay que creer esto si defendemos la posibilidad que cada ser humano tiene de ejercitar su razón por sí mismo. 

Pero si la Ilustración es ese “atrévete a pensar” del texto kantiano tenemos que, como en el mismo se formula, la Ilustración propugna el examen del presente, para limpiarlo de la escoria de la superstición, de la tradición no reflexionada y de la magia. La razón puede penetrar la realidad críticamente y, como en un estudio anatómico, separar sus partes. Resulta difícil no hacer equivalentes, desde la perspectiva ilustrada, racionalidad y cientificidad, es decir, que el pensamiento derive en ciencia. De hecho, para Cassirer, la Ilustración manifiesta un gusto especial por el trato empírico con la realidad y significa un antecedente del positivismo decimonónico, aunque existan también, en este sentido, tensiones entre razón y experiencia en el movimiento ilustrado, además de numerosos matices como el representado por la singularidad de Rousseau. A veces, el empeño de hallar órdenes desemboca en una metafísica de la historia, como en la filosofía del progreso de Turgot. En cualquier caso, el afán de explorar e investigar la realidad, los continentes y océanos, resulta notorio en un siglo, el de las Luces, que emprendió ese hermoso modo de aventura que es la ciencia, en expediciones para estudiar parajes exóticos, cartografiando y clasificando especies y rocas. Se estudió desde el cuerpo humano hasta la astronomía, revolucionando el saber de la época, en un momento en que los libros, de impecable encuadernación como todavía hoy podemos comprobar, ya eran más baratos y accesibles. Proliferaron los estudios de todo lo que la infatigable curiosidad del filósofo ilustrado sugería. Esto se dio como un movimiento social, una suerte de moda por la que Europa y parte de América se llenó de intelectuales cuya huella, en placas y monumentos en numerosos pueblos y barrios de nuestras ciudades, es evocada aún hoy. Muy cerca de mi ciudad natal, que es La Línea de la Concepción, está la ciudad de San Roque, en una de cuyas calles blancas observé una placa conmemorativa de algún estudioso local que había pertenecido a este gran movimiento del espíritu europeo y que habitó la vivienda en cuestión, supongo que entre libros, mapas, diversas colecciones naturales y artilugios de laboratorio. En la misma ciudad, en su iglesia principal, se encuentra enterrado José Cadalso, que siendo coronel de artillería durante el gran sitio a Gibraltar de finales del XVIII, murió golpeado en la cabeza por la metralla de una bomba inglesa. Recuerdo cuando en mi adolescencia leí sus Cartas marruecas, que todavía conservo, las cuales desarrollaban una crítica cultural y de costumbres de la nación española, adoptando una mirada extranjera y curiosa. Estos recursos literarios, como la escritura ensayística, solían servir de excusa para situarse en la atalaya desde donde contemplar, con distancia y objetividad, el panorama social, criticando todo lo que de irracional había en la sociedad, o sea, los elementos injustificablemente avalados tan solo por la superstición o por la costumbre. Décadas antes de las cartas de Cadalso tenemos, en España, al padre Feijóo que, aun siendo clérigo, en su Teatro crítico universal se esfuerza, también, por enmendar aquello que estuviera torcido, o sea, en la clara mentalidad ilustrada, desorganizado y desprovisto de una forma abarcable. Pues racionalizar la sociedad era, para la Ilustración, un modo de fomentar la felicidad que habría de venir con el progreso. Esto quiere decir, dotar a sociedades, campo y ciudades de un sentido, digamos, geométrico. Así, se diseñan pueblos de calles rectilíneas, aptos para su control y vigilancia, como La Carolina en la provincia de Jaén, del mismo modo que se reforman y planifican las instituciones de la Modernidad de que todavía hoy disponemos, como las escuelas, cuarteles, cárceles, universidades y hospitales. Es como si el hombre de las luces pretendiera no dejar ni un rastro de la antigua opacidad de que se acusaba a la Edad Media, para que todo, igual que en el panóptico foucaultiano, pudiera verse, sin la confusión a la que inducen las sombras. 

Claro que es ya tópico relacionar estos movimientos del espíritu y de la historia con el poder. Quien mejor lo ha hecho ha sido Foucault, aunque, a pesar de haber mostrado la historicidad de lo que se pretendía estar fundado en la razón universal, y haber también indicado los elementos de dominación que subyacían a tanta voluntad de orden, Foucault, decimos, ha resaltado aspectos encomiables de aquel siglo. Como es conocido, el filósofo galo glosó el texto de Kant que he mencionado resaltando que, en paralelo con su propia teoría, se esgrime en él una explicación de la Ilustración como el movimiento filosófico por el cual se cuestiona el presente, fijándose en su génesis y siendo crítico con lo heredado. La llamada de Kant a pensarlo todo, por uno mismo y sin tutores, es, para Foucault, una llamada que el francés considera indagar en el origen histórico de las instituciones y costumbres que caracterizan al presente. Por tanto, a mi juicio, no deberíamos despachar a la ligera al ilustrado por hacerlo siempre cómplice de un nuevo modo de dominación, sino que hay que valorar lo que constituyó un insaciable afán de aplicar la crítica a lo más sagrado y, por tanto, de desacralización del viejo poder, por mucho que en su visión también se encuentre la dominación. Los ilustrados crean instituciones, pero también las cuestionan o, por lo menos, siembran la semilla de su impugnación racional. Su razón, como lo es toda la razón, disuelve a la par que, hemos dicho, ordena y organiza la realidad. Crea y destruye, aunque, de un modo insostenible para los románticos, no deje un rincón sin tocar tras haber barrido con su escoba y, por tanto, no queden tras su actividad resquicios por donde adivinar la cualidad más oscura y abisal que alberga el mundo. Surcando los océanos se cree, ciertamente, superar los abismos, pero la crítica futura romántica recordará que la naturaleza esencial de las cosas es la de esconder simas e interrogantes insolubles y resultar, por tanto, en última instancia inasible. De ahí que, si para el romántico la poesía es una forma de conocimiento que, desde su capacidad de abordar connotativamente las cosas, puede sugerir indirectamente una idea remota de lo que estas son, manteniendo el fondo sacro e inefable de las mismas, la literatura ilustrada sea eminentemente didáctica y moralista. El interés del ilustrado está en desvelar oscuridades y señalar con claridad el corazón del ser, como si este respondiera a nuestro ideal normativo. La ley, pues, lo cubre todo y va tapando como con una capa de cemento los espacios vacíos, que quedan, en todo caso, en la más pura marginalidad del fuera de la ley o el libertino cruel que protagonizara las pintorescas historias del Marqués de Sade. Solo en tales fisuras están los restos desechados por la razón, desde los cuales, no obstante, y también a su manera racionalmente, sea posible desmontar lo que con tanto empeño monta el pensamiento ilustrado. Como un negativo, la obra de Sade elogia lo más terrible y siniestro del hombre, recordándonos que este no solo está hecho de luz. Pretender que todo esté claro y bien iluminado provoca ciertas tensiones con la realidad, como si la forzara. 

Se ha considerado a Habermas, en el siglo XX, como un reilustrado, en la medida en que reivindicó completar el malogrado proyecto de la Modernidad. Desde un tipo de Ilustración fuerte critica a Foucault haber incurrido en una contradicción performativa, por la cual al pensar estaría utilizando aquello de lo que reniega, o sea, presuponiendo una capacidad crítica universal y absoluta desde la cual cuestionar las instituciones que el propio autor francés cuestionara. Se separa, pues, Habermas de la visión foucaultiana de la razón ilustrada como la que, echando mano de la historia (y la genealogía, a lo Nietzsche) indicaba la historicidad y relatividad de los absolutos. Para Habermas no es posible denunciar el carácter relativo e histórico de una institución, pongamos por caso, sin apelar a una racionalidad de tipo universal que apunte con firmeza a lo que es producto del cambio y el tiempo. Hace falta un suelo desde el que contemplar el edificio de la historia y, sobre todo, pronunciarse sobre el mismo. Solo que dicha razón habermasiana, capaz de juzgar y explicar el movimiento de lo real, sería dialógica, producto del escuchar y dar razones buscando el consenso, el cual sería el producto racional del acto comunicativo en el que consiste pensar. Así salva a la razón nuestro pensador germano de incurrir en absolutismos dogmáticos y la libera para que pueda resultar, verdaderamente, crítica. Son dos enfoques en torno a la razón y a las Luces, los de Foucault y Habermas, que a nosotros nos ayudan a entender el valor y la complejidad de la Ilustración y, sobre todo, si esta todavía hoy puede aportar algo. Y yo sí creo que, tomada con cierta suspicacia, la Ilustración, en efecto, ha sido uno de los mayores logros de Occidente. Pensemos, por ejemplo, en que, si tenemos claro que los Estados no deben constituirse como teocracias, se lo debemos a la depurada limpieza que el pensamiento ilustrado fue llevando a cabo cuando separó lo no justificable o irracional en la fe de lo que podía ser objeto de ciencia y estudio. Así, los antiguos excesos de la Iglesia y de una teología tradicionalista y exenta de crítica, fueron limados para que hoy gran parte de los creyentes puedan admitir cosas como que la Biblia no es un tratado científico o que el propio texto sagrado tiene un componente histórico que debe ser analizado por la naciente crítica textual que se aplicara al mismo. De este modo, la religiosidad dogmática fue historizándose en el método y en su hermenéutica, para abrir paso a novedosos y muy estimulantes sentidos que hoy nos enriquecen. El creyente sensato, a pesar del anticlericalismo del ala más voltaireiana de la Ilustración, hoy puede seguir creyendo, pero con una fe que, sin miedo ni puritanos remilgos, debe ser objeto de examen. En la poca teología que he leído, me parece que Hans Küng es un magnífico representante del intento de casar la Modernidad con la teología, integrándola en ella y, de manera receptiva, asumiendo sus críticas. Este modo inteligente de creer no podría haberse dado si no hubiéramos tenido un siglo XVIII. Hay que atender a este periodo para que hoy la religión, por hablar de un campo del saber y la experiencia humana, si bien no pueda ser demostrada racionalmente como creyera Santo Tomás de Aquino que podía serlo mediante las pruebas de la existencia de Dios en la tradición escolástica, sí pueda ser, señala Küng, razonable. La Ilustración nos enseña aquello que, genialmente, dijo alguien por cierto tan antimoderno como Chesterton, cuando aseveró que al entrar en una iglesia hay que quitarse el sombrero, no la cabeza. 

Por supuesto no es que antes del siglo XVIII o de la Modernidad post renacentista no se pensara. Los filósofos medievales pensaban magníficamente, y mucho. Pero ahora tenemos la ciencia moderna que en el buen sentido ha de impregnar a la filosofía y a la sociedad y dialogar con ella, sin tornarse ella misma tampoco en un dogma. Se trata, en el espíritu de la Ilustración, de poner los límites a lo que se nos presenta como válido y saber hasta dónde puede llegar la especulación metafísica (Kant) o la ciencia (cuya crítica matizada y revisión la emprende el Romanticismo). Ser hoy un ilustrado es anteponer la crítica serena a lo que nos dictan los intereses, las costumbres, las autoridades y la sociedad; que pensar sea lo primero, por encima de todo, y que en ello nos vaya nuestra preciada libertad.


05 mayo, 2026

Pensamiento y conciencia en la Inteligencia Artificial

Desde hace apenas tres años se ha popularizado una invención que podría producir en un futuro a medio plazo una transformación notable de la humanidad. La técnica, en general, ha acompañado al ser humano desde su origen y ha condicionado su vida, en especial desde el Neolítico. Cualquier tecnología ostenta un carácter liberador por el cual una determinada actividad humana se automatiza y autonomiza, es decir, el hombre deja de realizar dicha actividad para esperar que, desde su propia lógica, la tecnología produzca el resultado perseguido. La liberación en tiempo y energías que suponen las innovaciones que realizan tareas humanas en lugar del hombre o en colaboración con él van automatizando no ya sectores de la vida sino la existencia global del hombre cuya civilización se va sofisticando cada vez más en el uso de artefactos que obren por él. Así que, además de liberarnos, la técnica introduce en el cosmos humano unas dinámicas inerciales por las que, igual que ocurre con la burocracia, la existencia humana va perdiendo parcelas otrora controladas por su voluntad consciente y que ahora pueden desarrollarse sin ella. La técnica, como el monstruo de Frankenstein o el cuento de Goethe sobre el aprendiz de brujo, adquiere una especie de vida propia y, igual que ha recibido su existencia del hombre, termina incidiendo en la existencia de su creador. Esto se ha llevado a extremos muy dramáticos por la ciencia ficción que, de muchas maneras, ha relatado la rebelión de las máquinas que, como criaturas renegadas, se vuelven contra sus creadores. Nuestra invención se nos va de las manos. Es un miedo en el que se entremezclan aspiraciones teológicas y de auto divinización con, paradójicamente, el sentimiento de creatura y de desvalimiento. Especulamos, cuasi trémulos, con que objetos fabricados por manos humanas cobren tal autonomía que puedan sustituirnos, como si nos robaran nuestra propia existencia. 

Benjamín Labatut en sus magníficos e inclasificables libros titulados Un verdor terrible y, sobre todo, Maniac arroja esta posibilidad de que la técnica, a partir de una cadena de patrones algorítmicos que logren funcionar autónomamente, adquiera una especie de existencia alternativa a la humana, cualitativamente distinta, pues nunca una máquina va a operar como un organismo biológico y nervioso. Se centra la tercera parte de Maniac en el caso de AlphaGo que fue el ordenador e inteligencia artificial creada por Google que logró derrotar al excéntrico campeón mundial del Go, un juego creativo e intuitivo, que es popular en China, Corea y Japón. Previamente, Deepblue había derrotado en el ajedrez a Kasparov a finales del siglo pasado. Pero el ajedrez puede dominarse maquinalmente en la medida en que es reductible a cálculo, mientras que el Go parece requerir algo más que matemáticas o, en todo caso, unas matemáticas diferentes, acaso un tipo de cálculo más complejo aún y sofisticado. En la jugada 37 AlphaGo dejó boquiabiertos a los expertos porque demostró que había llevado a cabo algo que emuló sorprendente e inexplicablemente la intuición humana, el sentido estético e incluso poético que requiere este juego, y que la máquina condujo tan lejos que nadie sabe a ciencia cierta si llamarlo pensamiento. No solo pareció emular al hombre, sino superarlo, llegando más lejos de lo que la inteligencia humana abarca. Sin embargo, el ordenador campeón de este juego no dejó nunca de funcionar como hoy, de hecho, ya se ha extendido por todo el orbe (físico y virtual) en la forma de las diferentes IA. Es decir, traduciendo fichas, movimientos y jugadas a datos a los cuales se aplica una potente estadística, o sea, cálculos muy complejos, que predicen y “deciden” entre varias posibilidades cuál va a ser la siguiente opción (o jugada). Si lo pensamos despacio, es así exactamente como funciona el ChatGPT o Gemini, es decir, convirtiendo todo lo que en la realidad pueda ser matematizado a objeto cuantificable, o sea, a dato. Primero, el mundo al que se refiere la máquina es un mundo de hechos (lo que constituyen una primera forma ya de reducción ontológica, como en seguida vamos a explicar). Porque los hechos del mundo son objetos o eventos o situaciones que tienen la propiedad de tornarse computables, traducibles a números en los cuales advertir, además, patrones y tendencias probables, que son las que determinan las subsiguientes respuestas o jugadas. Esta suerte de feria positivista nos seduce, con razón, debido a sus enormes posibilidades, como la de tomar decisiones autónomamente (a la hora de pilotar un avión, por ejemplo). Pero no perdamos de vista que su mecanismo no consiste en otra cosa que optar por lo que estadísticamente es designado como la mejor opción. Por ejemplo, si digo la palabra “cielo”, es muy probable que a continuación en los textos aparezca “azul”, y así, una palabra, un patrón o una sintaxis, conducen a su respuesta más probable que, en el universo virtual, coincide con lo que en todos los datos con que aprenden las IA aparece con más frecuencia. Internet es su memoria. De hecho, los renombrados algoritmos, que en su versión más estática semejaban recetas con instrucciones y resultados necesarios a partir de ellas al modo de secciones o secuencias en un software, ahora la IA los usa como instrucciones más dinámicas en las que una ingente marea de datos es el objeto de la instrucción general de ir aprendiendo patrones, rehaciendo su conocimiento y rectificando si es preciso. Así, una IA aprende dinámicamente qué es un gato con cientos de millones de fotos de gatos hasta el punto de poder describir y explicar cómo es este animal e identificarlo en distintos contextos, extrayendo conclusiones. La novedad respecto a Maniac (ordenador que contribuyó a la creación de la bomba de hidrógeno) y los modelos más primitivos de informática es que ahora las IA se corrigen, reestructurando si es preciso sus propios algoritmos y, por tanto, ejerciendo una cierta forma de aprendizaje que las hace ir evolucionando. 

Hemos creado, pues, un universo que, aunque es físico y tiene su sede en enormes plantas llenas de servidores, nos parece, como señala la muy extendida metáfora, que se sitúa etéreamente en una nube. ¿Dónde vemos nosotros las IA? Está como un perseguidor sigiloso acechante en los distintos aparatos que más utilizamos, habiendo empezado esta dinámica con el móvil erigido en sustituto del otrora PC. Como si fuera parte de nuestro organismo, vivimos conectados con una pseudo mente en apariencia incorpórea a la que preguntar cualquier cosa y que nos va a responder amoldándose a nuestros gustos y tendencias más personales, simulando la conversación con quien le ordenemos que suplante, desde un amigo y confidente a un profesor, un abogado o un médico. Pero la clave es que, y voy a la crítica que prometí que iba a exponer, la IA simula genialmente o, dicho de otra forma, es capaz de mantenerse genialmente en la superficie de los datos que, a su vez, corresponden con hechos en el mundo. Hay una relación entre la IA y el mundo como la de una palabra que designara limpiamente a su objeto, incluso cuando la IA analiza un poema o trata de explicar el lenguaje poético. Si la realidad fuera como el mar, la IA se desplazaría como atisbando desde un helicóptero la superficie, pero ignoraría el abismo y, en definitiva, qué es el agua más allá de sus propiedades y su fórmula química. Aun así, sus resultados y capacidades resultan asombrosas. Porque llega tan lejos, tan vertiginosamente lejos, que parece haber experimentado emociones a partir de la lectura de un poema, que analiza magníficamente. Pero no nos engañemos. Llega tan lejos como puedan llegar las matemáticas. Si reducimos el pensamiento a cálculo nos topamos con limitaciones que a continuación vamos a comentar.

Salvo que la reducción ontológica que opera el positivismo nos acabe seduciendo, hemos de suscribir que el procedimiento por el que una IA vuela tan alto es producto de una pobreza. En este sentido a la inteligencia artificial le faltan rasgos fundamentales de la inteligencia humana. Por decir uno, tenemos que no es corporal. Contra las ensoñaciones de Von Neumann, hoy por hoy si no es en un cuerpo biológico la inteligencia nunca va a funcionar como funciona en los seres humanos. Porque la conocida especulación sobre un cerebro capaz de pensar vivo y aislado del cuerpo en un recipiente que lo nutra y preserve resulta una falacia, en el sentido de que, señalan algunos filósofos fenomenólogos del cuerpo, el pensamiento es intrínsecamente corporal, o sea, se piensa en el “continente” de un cuerpo que, más que continente, resulta constituirse como “contenido” o ingrediente esencial del acto de pensar y apercibirse de la propia existencia. La ficción dualista de una mente inmaterial por ahora sigue siendo una mera ficción. El cuerpo actúa como lo que nos vincula con la realidad. Sabemos que somos porque somos cuerpo. Sin eso, no habría la conciencia de ser. 

La corporalidad, con las emociones, constituye un todo orgánico, aunque no exento de tensiones, con nuestra inteligencia. Es cierto que resulta una común experiencia humana el desdoblamiento entre la corporalidad como sede de las pasiones que nos parecen arrastrar y una inteligencia que, con cierta autonomía frente a la pasión, es capaz de especular con lo sobrenatural. Pero, aunque una hipotética mente desprovista de cuerpo como la de una máquina podría simular nuestra mente, no podríamos asimilarla a nuestra mente encarnada. Del mismo modo, la simulación de nuestro pensamiento que es la IA superaría el test de Turing, pero no dejaría por ello de constituir más que una simple simulación del humano. En el modo de razonar humano se da, además del cálculo y la lógica, la intuición, la captación de realidades paradójicas que no se ciñen a la lógica binaria y, en especial, la consideración de un contexto sin el que ni siquiera el lenguaje y la comunicación podrían darse, como señalara el segundo Wittgenstein y quienes han prestado atención a los usos del lenguaje en los desarrollos más recientes de la filosofía analítica. 

El universo humano no lo es de hechos computables, sino de acontecimientos, como señala la fenomenología. El acontecimiento es una suerte de verdad que captamos sin que esta equivalga a un conjunto de elementos cuantificables, a la mera suma de todos ellos. Se asciende a un nivel cualitativo que no corresponde con la mera suma de los individuos. Dicho con otras palabras y siguiendo gran parte de la crítica a la técnica que se ha dado en la filosofía del siglo XX y, en especial, a Heidegger, las IA se manejan magníficamente entre los entes, pero no pueden concebir el ser, en cuanto este resulta indisponible e irreductible a la presencia. Un dato en sí mismo no formula la pregunta por el ser. El Dasein no es objetivable. Para preguntarse por la existencia de un determinado ente, la computadora habría de poseer, cuando menos, conciencia de ser, lo que difícilmente puede desarrollarse a partir de meros datos y la estadística. El salto cualitativo que supone pasar del dato a la conciencia de ser no puede darse. La máquina puede hallar patrones en el mundo que traduce a datos, un cierto orden cuantificable, pero de ello nunca podrá derivar que el mundo existe. Yo puedo entender qué es y cómo es el sol, y describirlo. La IA lo hace a la perfección. Pero la misma IA no es capaz de sentir su calor, a la espalda de uno, cuando tumbado bocabajo en la playa, no lo mira ni mira siquiera al cielo. El sol, como presencia, se siente, pero también en su ausencia, cuando nos calienta sin que lo veamos o cuando lo echamos de menos en la oscura noche. Sabemos que es un conjunto de datos físicos, pero además nos podemos preguntar por qué está ahí y relacionarlo con las inquietudes y elaboraciones más creativas de la cultura, erigiéndolo, por ejemplo, como divinidad o como símbolo de un valor. Al amanecer le acompañan una serie de vivencias que no se agotan en la objetividad que el hacedor de inventarios positivista pueda inventariar. Y en ellas está la historia humana implicada, el contexto, los matices y capacidades más ambiguamente poéticas del lenguaje, nuestros cuerpos y sus sensaciones y deseos, pero, en especial, una vívida experiencia de que el sol, el amanecer y el mundo son, es decir, existen, y de que yo existo con ellos. Es esto lo que no podemos pedirle a la IA, aunque, ciertamente, logre hablar de ello de manera que nos cause la impresión de que sabe de la existencia de los seres. 

Volviendo a Labatut, a su terrible y conmovedor pesimismo, lo que la civilización habría logrado con la técnica es la creación de engendros de un poder tan eficiente como amoral, tan potente como superficial, tan próximo como extraño. El caso es que dicha potencia se nos va de las manos, como si la técnica llegara a un punto en que por su propia inercia nos sobrepasara, realizándose de este modo la aciaga y reiterada pesadilla de la ciencia ficción a que hemos aludido anteriormente. No es que el hombre haya creado una criatura como él, sino, y aquí está lo más perturbador, que el hombre ha creado un extravagante remedo de sí mismo, que, desde una parte de sí, está, no obstante, apoderándose de la totalidad del ser humano. 

En definitiva, he pretendido poner el acento en lo que, como esos muñecos que fingen ser bebés de un modo impresionantemente fiel, constituye una simple réplica parcial de lo que somos pero que nos asombra por cuánto se nos parece. Quizás, puestos a especular, si lo que hoy son algoritmos y estadística lograse transformarse para conectar con los elementos más contextuales y ontológicos, que no ónticos, de nuestra inteligencia y modo de ser, así como con lo corporal, sí nos espere el destino del creador del muerto viviente, el Dr. Frankenstein. Habremos parido una creatura que, acaso, se alzara como un nuevo dios desafiante e inquietante. Pero, por ahora, para el robot solo hay robots en el mundo y, si sueña, solo sueña con ovejas eléctricas.

La melancolía en la antropología

Sobre la antropología se ciernen varias paradojas relacionadas con esa tristeza tropical del título del famoso primer libro de Lévi-Strauss....