Sobre la antropología se ciernen varias paradojas relacionadas con esa tristeza tropical del título del famoso primer libro de Lévi-Strauss. Como el mundo anterior de civilizaciones ajenas unas a otras o con el menor contacto como para preservarse y evolucionar desde sí (aunque no es cierto que haya habido nunca culturas sin ningún contacto con otras), nuestro viejo mundo casi desaparecido cuando el autor galo emprende sus estudios etnológicos, en los años treinta, la antropología alberga una nostalgia y una tristeza. Es ciencia cuyo objeto está en decadencia desde sus orígenes, en un mundo cada vez más globalizado. Es un precio de lo que llamamos progreso, que ha acarreado no solo las sonadas victorias y hallazgos que todos hemos hechos nuestros en nuestras vidas, desde la medicina a Internet. Cuando nuestro antropólogo comenzó su trayectoria, los denominados pueblos primitivos o, sencillamente, el otro con que occidente se topó, ya iniciaba su perdición. De hecho, en los primeros capítulos del libro nuestro autor, a la manera de memorias o libro de viajes, va recorriendo esta zona limítrofe donde la colonización produjo fenómenos híbridos y formas de vida tan catastróficas como desnortadas. Si hay algo que destaca en las cuestiones humanas es su ambigüedad. Tanto en los pueblos “primitivos” como en el occidente “civilizado”. Esto se ve en el trópico americano, africano o asiático, donde la colonización es más evidente por tener que luchar también contra una naturaleza exuberante y más que voluptuosa a la que a duras penas vence. Porque occidente vence no sin mala conciencia o, aún peor, con ingenuidad. Es precisamente de esta mala conciencia, de su subrepticia y soterrada culpabilidad, de la que me parece que nace la antropología, que es el esfuerzo de hallar en los otros perseguidos al hombre, lo cual no había venido siendo lo habitual en los típicos encontronazos multiculturales.
El otro era el extraño, el salvaje incomprendido al que el pensamiento de Lévi-Strauss reubicará en el conjunto de una humanidad cuyo pensamiento se reduce a cierta manía por las clasificaciones, la organización elaborada y complejas oposiciones del que participa tanto la ciencia como lo considerado tradicionalmente campo del irracionalismo como es el caso de los mitos. A diferencia de lo que enseñamos en las clases, el mito ofrece una forma potente de pensamiento ya muy complejo y elaborado que lo asemeja al planteamiento científico y racional. Hay una racionalidad presente en los mitos y en la vida de unos “salvajes” que después de todo, tampoco distan demasiado de nosotros, aunque permanecieran como un reflejo algo deforme de nosotros mismos, en que mirarnos. Porque la vida humana se desenvuelve en una estructura de este tipo, común a las razones y al mito, auténtico lugar común y paisaje de lo humano con el que tratamos con la naturaleza.
Hay dos formas de aprender. Ambas hoy problemáticas. La primera es viajar, porque el viaje te descubre, si abres los ojos, que occidente no es la medida del mundo. Todavía hoy puede percibirse parcialmente la emoción, en sí misma desaparecida y por tanto ya vedada a nuestra experiencia, del encuentro con los otros absolutamente ajenos a nosotros, o sea, con pueblos sin contacto con occidente, no maleados por la vanguardia de la civilización occidental y sus inventos que fueron prolongando el mundo, pero también achicándolo. De ahí que hoy vivamos en un mundo más pobre que hace unos cien años, cuando era posible descubrir. Una pobreza que no tiene que ver con los bienes materiales de que gozamos, sino con la soledad espiritual en la que parecemos habernos quedado, en el solipsismo autista que nos torna tan enriquecidos como locos. Y este empobrecimiento se ha dado porque el modo de descubrir de un occidente que no disimula su remordimiento ha sido conquistar. Creo que, más o menos explícitas, estas consideraciones son las que abren el libro de nuestro autor y lo prolongan por unas casi trescientas páginas, que vienen a describir el encuentro como encontronazo y al otro como aquel incómodo inconveniente con el que nos topamos en nuestra empresa de dominar los continentes.
Después, viene la parte más interesante del libro Tristes trópicos, cuando su autor describe su vida entre varias culturas indígenas amazónicas, algunas de cuyas lenguas medio aprende, junto con el portugués. La impresión que causa al lector su respetuoso y levemente admirativo relato es que estamos entre existencias humanas que se justifican tales cuales, sin más, viviendo del modo intenso y complejo en que viven, aun en la apariencia de una extraordinaria sencillez y a veces precariedad. Brotan las ganas de ser un poco como ellos y, en especial, de aprender de sus estilos de vida y sus mentalidades. De hecho, en este primer libro, Lévi-Strauss apunta algo que desarrollará posteriormente: que el otro no carece de razón, sino que piensa a su manera. La humanidad de los seres humanos “estudiados” por el antropólogo reluce por sí misma; cae por su propio peso como algo obvio que son lo que son, es decir, seres humanos. Son capaces de formas de felicidad y de interacciones, así como de amistad o de odio, semejantes (solo semejantes) a las nuestras, pero especialmente, son capaces de pensar bien, según el antropólogo francés.
El libro es difícil de resumir, porque resulta disperso. Quizás su autor procuraba reflejar ese caos que le produjo en su mundo el contacto con los indígenas, la sensación de que ya nada va a ser igual, ni definitivo ni claro. Nuestro mundo es híbrido y su libro es un libro mestizo. Va y viene por uno y otro lado. Pero no es difícil, sin embargo, constatar una cierta unidad de lo que se afirma, profundamente, en el mismo. Hay un capítulo que, como todos, es en realidad una potente reflexión sobre occidente, que es lo que Lévi-Strauss verdaderamente sostiene, a partir del papel de la escritura, cuando esta es imitada por jefes indígenas que han asimilado su función próxima a la dominación. La escritura, de hecho, y también lo dice nuestro antropólogo, nació relacionada con el poder estatal, siendo un modo de perpetuar y consagrar el gobierno que somete y clasifica a los súbditos. Fue un poderoso instrumento para la burocracia que requería el funcionamiento de un gran Estado. Antes que sus preciosos mitos, los sumerios escribieron textos que eran inventarios de bienes, cuentas, escritos administrativos, constatación de impuestos, censos y todo ese aparato que es propio de la burocracia estatal. En el bello capitulito al que me refiero, un jefe indio se da cuenta de este poder de la escritura y trata de fingir y causar la admiración de su gente, haciendo uso de un simulacro de escritura, como dándose con ello prestigio y más autoridad. Esto no es bien recibido por su pueblo que capta en seguido los riesgos de esta avanzadilla de la civilización que todos tanto admiramos y tanto le debemos, que es la escritura, pero que, como en la amalgama que es occidente, nació con el estigma no solo de liberar y facilitar la vida, sino de dominar a los demás. Sí es cierto que la dominación antes de la escritura ha de ser más ingenua y adquiere otras formas. La escritura potenció nuestro alcance para influir en los demás comunicándonos con ellos y extendiendo la memoria que la tradición oral ya no era capaz de abarcar. Pero sobre todo, fue el instrumento de la burocracia estatal.
Hablando de jefes, estos los ha habido siempre, pero en los pueblos amazónicos manifiestan un hondo sentido de la responsabilidad hacia su pueblo y ostentan una notable generosidad. Es un aspecto este, por cierto, muy estudiado en la etnología más clásica. Sin embargo, lo que parece ofrecer al sujeto como ventaja una jefatura es la posibilidad de influir en los demás, como si gustara en sí mismo el ser importante, el prestigio obtenido organizando la vida de la aldea. En nuestra aldea global, actualmente, quizás los políticos obedezcan a claves parecidas.
Si los mitos revelan estructuras de pensamiento, cabe discernir cuál sea la auténtica diferencia entre sus razones y las nuestras. Una cosa es segura respecto a occidente, esto es que estamos fagocitando el mundo, tanto el entorno natural como los otros pueblos que, hemos dicho, ya no existen propiamente. No hay culturas aisladas, por descubrir y causar esa emoción que sintieron los primeros antropólogos. Las culturas “primitivas” aunque no son, en propiedad, primitivas en cuanto menores o despojadas de los instrumentos clásicos de la vida humana, están desapareciendo bajo la expansión de la misma civilización que optó, culpable y melancólica, por investigarlas desde su ciencia. Regresando a la idea que ya hemos avanzado, señalemos que la antropología constituye un canto del cisne de las culturas que estudia, una manifestación postrera de estas y no exenta de tristeza. Por eso, Lévi-Strauss rezuma una contenida amargura en su libro que le lleva, implícitamente, a interrogarse por la idea de progreso. Él ve en la historia, ante todo, un derrotero no exento de esa ambigüedad que decíamos que es propia de lo humano. Y puede hacer su reflexión porque su paso precario por el otro “salvaje” le muestra su verdadero rostro (o se lo descompone, mejor dicho). Sin poderse desprender de occidente, incluso utilizando el poderoso medio de la ciencia, se sabe pobre, porque el indígena, en su austera belleza, es profundo y bello. Su vida está tan llena de sentido como la nuestra y plena de significados y significación. Es lo que le conduce a reflexionar sobre quiénes somos, tanto la humanidad como nosotros mismos, en cuanto occidentales, víctimas y autores, a la vez, de todo el despojo. Por eso, también, nuestra mirada está limitada por nuestra propia hybris, por el prurito que nos llevó a viajar conquistando, como, me contaba un gran amigo arabista, ocurrió con el movimiento orientalista del siglo XIX, cuyo sentido y origen fue el imperialismo, muy claro en la edulcorada idealización de oriente en Las mil y una noches acaso parcialmente producto de sus propios traductores orientalistas. ¿Cómo separar en nuestro denostado occidente la concepción admirativa por el otro de la pulsión de muerte que lleva a destruirlo? ¿Es esto asunto solo de occidente o universal? En las grandes religiones, principalmente monoteístas, también ve esta intolerancia Lévi-Strauss, que comenta en las últimas páginas de su obra, es decir, la absoluta incapacidad para aceptar que existan los otros diferentes.
Más adelante, en su teoría estructuralista, el autor francés va a entrever algo común que podríamos asociar, levemente, con la defensa de una naturaleza humana que subyace. Es lo que desarrollará en El pensamiento salvaje, cuyo título conduce a la reflexión de que todo pensamiento es salvajemente arcano. Nuestra mente sabe sobre todo de clasificar y establecer categorías y organizaciones en el mundo que la rodea. Es eso lo común que otros antropólogos, más relativistas, no van a reconocer, estableciendo la más básica y absoluta singularidad de las culturas.
Es un libro singular este que comentamos, que, sin parecerlo, trata no ya de etnología, sino de filosofía. La preocupación de su autor es, como la nuestra, hallar al hombre entre los hombres y preguntarse si se puede decir quién sea ese hombre. Pero en el proceso de la investigación antropológica obtenemos algo curioso, que va a la contra de esta pretensión: nos deshacemos. Cabe preguntarse, pues, qué queda de nosotros cuando dejamos de creer que nuestra manera de vivir es la medida de todas las demás. El efecto que causa la antropología, y sus preguntas, en nosotros es pasmoso. Por eso Lévi-Strauss en sus viajes e investigaciones de los años treinta no puede dejar de meditar sobre quién es él y quién o qué somos los occidentales. Se cuestiona nuestra idea de progreso, nuestra pretensión de superioridad cultural y nuestra manera infame de destruir aquello que queremos conocer, con nuestro interés emponzoñado. ¿Es posible conocer al otro sin aniquilarlo y sin que el encuentro devenga encontronazo? No podemos sino dar vueltas en torno a nosotros mismos, en medio de la casi mística inmersión en la vida del otro, que nos retrotrae a las raicillas de nuestro modo de ser. Fatalmente, aquello que llamamos progreso viene acompañado, perturbadoramente, de una no pequeña dosis de horror, incluso cuando nuestras intenciones son las mejores.