Allá por 2004 fui a ver cierta película a un cine que ya no existe. Obedecía mi interés a un consejo que cierta ex alumna de visita en la Facultad me diera, afirmando que, en dicho filme, El milagro de Candeal, se podía palpar la pedagogía y el espíritu de Paulo Freire, autor que yo por entonces veneraba. Esto era así sin que en ningún momento en la película se refiriera nadie a él ni se discutieran o expusieran sus teorías sobre el hombre y sobre la pedagogía. Recuerdo que era un sábado, que cada vez borra más el tiempo y el olvido, y que no había nadie en el cine. Estaba yo solo, siendo el último fin de semana que se ofrecía la película. No me pude imaginar mientras esperaba que comenzara que verla iba a ser una de las experiencias espirituales más potentes que he experimentado en mi vida. Me causó, según se iban sucediendo escenas y números musicales, pues en ella la música de aires afrobrasileños tiene un gran papel, una conmoción hondísima. Con los colores, con el ritmo y el movimiento de los actores, con los temas musicales, sentí que se iba desarrollando sin palabras algo que llevaba toda la vida esperando. Sentía cómo me impulsaba a bailar, a saltar de mi asiento, a emocionarme hasta el llanto. Tanto es así que, al día siguiente, domingo, también acudí presto al cine para verla por segunda vez. Y, aprovechando que estaba en Alcampo, comprarme el DVD y el CD con la banda sonora, que tan poderoso efecto tenía en el conjunto de la película. Esta es una especie de documental en el que se cuenta la vida artística, social y política de una antigua favela de Salvador de Bahía que, a partir de la iniciativa de Carlinhos Brown, su ilustre hijo, va abandonando el horror y la miseria, y adecentándose, al llenarse de proyectos educativos que usan la música para construir algo prodigioso. Lo que se ve, aunque ciertamente teñido un poco de rosa por el ojo del director, Fernando Trueba, es una comunidad que representa esa magnífica posibilidad de bien en el que las comunidades humanas curan y funcionan. De manera idealizada y artística, el filme muestra con eficacia algo que la humanidad ostenta, algo que se activa aun cuando parezca permanecer latente apenas en el seno de las sociedades y sus posibilidades. Hay en ella, en cuanto elemento realizado y concreción proveniente del inasible lugar de las utopías, un modo de relacionarse sus miembros que suaviza el mal y potencia las bondades de ese ambiguo ser, capaz de lo mejor y lo peor, que somos los seres humanos. Y cuando menciono “utopía” es manteniendo, no obstante, con Ernst Bloch que la utopía se nota cuando moviliza, si dinamiza lo que podía ser una realidad pesada, como un bloque de hormigón, que gracias a ella fluye.
El autor germano, reconocido marxista heterodoxo y crítico de los totalitarismos en que degeneró también la propia puesta en práctica de la teoría marxista, decía que en los movimientos emancipatorios hay una suerte de principio esperanza que agita el presente para que este acuda en busca de lo no existente, pero en un movimiento que ya va efectuando y dotando de existencia a dicho fin. Es como un nervio contrario al conformismo que tiñe numerosos ejemplos en la historia de lo mejor de los momentos en que el hombre parece haber despertado para arreglar su mundo. Del mismo modo, como un glorioso relámpago, en el barrio del Candeal se vislumbra un mundo nuevo. Eso fue lo que me conmovió. La certidumbre de que la obra de arte y documental estaba sugiriendo cómo deben ser las cosas mediante un realísimo lugar en que estas por fin se arreglan. No se arregla, desde luego, la muerte ni la enfermedad. La pobreza sigue siendo una lacra. Pero al insuflar esa peculiar alegre energía de niño el bueno de Carlinhos a su comunidad, la impulsa a que ella vaya reajustándose hacia un orden sano.
En filosofía y en sociología, también en psicología social, cuando me refiero a un orden sano me refiero a aquel que permite que se satisfagan las necesidades más profundas de amar y ser amados que albergan los seres humanos. Por encima del bienestar económico, aunque se busque y se hagan cuentas, está una paz interior que se retroalimenta con la paz de la comunidad. Ambas se contagian mutuamente. Acudo, como hago en tantas ocasiones, a Erich Fromm para entender esto, es decir, cómo el medio social adecuado favorece lo que, también, ha de aligerarse en la estructura psíquica del sujeto, es decir, y nada menos, que su capacidad de amar. Esto no es fácil, pero cuando ocurre el milagro, como en el Candeal, el resultado es explosivo. El hombre demuestra con hechos que puede ocurrir su mejor condición, y entonces se borran los sentimientos negativos que en las sociedades normales vertebran incluso las vidas de sus miembros. Yo estuve impactado durante semanas por la película. Porque me mostró como en una efectiva pedagogía, que la envidia, por ejemplo, puede desaparecer de las relaciones humanas, así como todo sentimiento de competencia y rivalidad entre las personas. La envidia, más allá de explicaciones subjetivistas, nace de una estructura exterior al sujeto que pervierte sus vínculos con el otro, igual que lo hace la competitividad. Esta quiere borrar y sorpasar al otro, por lo que ostenta una dosis inexcusable de agresividad dañina. No son la envidia o la rivalidad sentimientos que justifique la productividad en el terreno de lo económico, sino por el contrario disuelven y desintegran el buen funcionamiento de sociedad e individuos. Atacan directamente a los otros, es decir, a los individuos. La existencia se torna, por ellas, áspera y costosa. La película también me sugirió que, por el contrario, es la amistad el mejor pegamento de la vida social y, sobre todo, que un entorno sano, en este sentido, es terapéutico.
No fue la única vez que he palpado esta verdad. Pues recuerdo que durante ese también instante de utopía que duró unos pocos meses, y que ha pasado a la historia reciente española como el 15 M, yo acudía a una de las acampadas que se inauguraron, como en Sol de Madrid, en distintas ciudades y pueblos españoles. Allí se vivió un Candeal. Fue en mayo de 2011 y durante meses intensos. Cuando yo empecé a ir a este sitio, recuerdo que había un hombre que increpaba al resto, que molestaba, que despreciaba lo que estábamos haciendo. Parecía enfermo. Pero, para mi sorpresa, cuando en el mes de julio volví a toparme con este individuo en la comunidad terapéutica que los militantes habían formado, me encontré que se había calmado por completo. Por lo visto, se había integrado en la vida de la acampada, participando en sus talleres y actividades y durmiendo en la plaza con la gente que protagonizó una de las revoluciones más pacíficas dadas en la historia de España. El poderoso sentimiento de comunidad, la radicalidad de la democracia vivenciada en la plaza, lo había transformado. Es como si la clave de la salud e incluso de la cierta porción de felicidad a que podemos aspirar los hombres estuviera en la configuración de la estructura social, que, si se hace bien, calma y cura. No es tanto cambiarse uno para cambiar el mundo, sino que el mundo, como un engranaje cuya disposición variara, acaba cambiando las perspectivas de los sujetos que, como por ósmosis, van contagiándose la salud, diría Fromm, unos a otros.
Me hizo meditar este filme sobre estas comunidades que curan. No me estoy refiriendo a estilos de comunidad que uniformizan a sus miembros, sino a las que reducen la dominación y, por tanto, fomentan la libertad individual que, entiendo, nos aproxima a la felicidad. Lejos de explicaciones mágicas y pseudorreligiosas, se trata de entornos en los que, como digo en mis clases, las personas se permiten hablar sin fingir. Eso parece ser toda la magia. La clave reside en una comunicación sin dominación, y que esto es posible, es la propuesta sugerente de la impactante película. Y también ocurre en otro ámbito que por mi profesión he estudiado. Me refiero a la escuela Summerhill de A. S. Neill, en la que, más allá de terapias psicológicas individuales, el auténtico poder curativo lo ostenta un entorno sano, en el que, por fin, los seres humanos no someten a los seres humanos. Esto en el Candeal es muy significativo, pues la historia de la ciudad se halla empapada del ominoso pasado de la esclavitud. De hecho, la película se plantea como un viaje iniciático del pianista afrocubano Bebo Valdés, octogenario, a Bahía, en busca de sus ancestros. Y ahí se encuentra con un barrio volcado con la luz, los colores, la danza y la música. Es la primera vez que he sentido la fuerza de una batucada, originaria como género de percusión de la ciudad brasileña, que también vio nacer la capoeira, entre otras artes de viejos esclavos. Un lugar marcado por la dominación que, en el mundo cotidiano, resulta tan habitual a tantísimos niveles de las relaciones humanas, en lo micro y en lo macro, es el mismo lugar donde, como en una reacción fenomenal, las relaciones humanas pasan a basarse en la aceptación sin más del otro. Esto genera una onda, como dicen los argentinos, muy buena, una proximidad entre las personas que se ayudan y que participan en lo que sienten: el barrio como un proyecto colectivo que se transforma con ellos mismos. El barrio es el gran corazón que nutre lo que sucede en los corazones de sus habitantes.
Con tanto entusiasmo hablé de este barrio, aun desconocido por mí, que he tenido alumnos que han ido, como en un peregrinaje, a visitarlo. También tengo dos ex alumnos que se alojaron y miraron todo lo mirable en la susodicha escuela Summerhill. Son contempladores de lo que nuestros sesgos religiosos, tan fervientes y desatados por cierto en mi 15 M, denominarían “milagro”. Todo, en estos lugares, parece un hermoso milagro que, de otro modo, puede también vivir en mis viajes a la UCA de El Salvador, pero de esto hablaré en otro momento. Un milagro que comienza en lo social, en la comunidad, y termina en lo individual, fortaleciendo al individuo lejos de mermarlo o anularlo desde la totalidad o la estructura.
A pesar de la tentación de teñirlo todo de un halo sagrado, cuasi pavoroso, tengo que insistir que no hay magia en ello ni debemos tratarlo mistificándolo. Es algo que la ciencia de Erich Fromm explica, con sus teorías sobre el amor y la libertad en las personas y las sociedades, o en la historia. Simplemente, hay veces que confluyen una serie de factores que hacen que los más viejos sueños de los profetas, los sueños de paz y coexistencia, se realicen. Basta, repito, con poder hablar sin sacrificios y poder escuchar. Así, el diálogo, que puede ser verbal y racional, en el sentido más socrático o habermasiano del mismo, es más en estas experiencias de la humanidad. Habermas ha descrito las condiciones comunicativas de la racionalidad; yo añadiría que esas condiciones tienen también una dimensión corporal, afectiva y existencial en cuanto disposiciones pre-discursivas necesarias. Aunque hay unos requisitos racionales para argumentar y comunicarse con vistas al consenso, la gente curtida en el nuevo mundo, se encuentra, a mi juicio, más cerca de lograr dicho fin racional. Igual que razonar debe implicar e incluir a las emociones, jugando con ellas, también debe implicar las condiciones existenciales de los agentes, es decir, aquello que garantiza si son capaces buenamente de hablar entre sí dando razón de sus afirmaciones. Es como si previamente al consenso racional y a la argumentación, debiera haber un consenso de los cuerpos, no en el sentido de que la comunidad imponga un determinado modo de ser, sino que, por el contrario, disponga que cada cual desarrolle libremente su modo de ser. Llamo aquí, metafóricamente, consenso de los cuerpos a ese estado previo de confianza, seguridad y reconocimiento mutuo sin el cual la comunicación racional difícilmente puede prosperar. Hay, por tanto, condiciones existenciales requeridas por el acto de pensar cuando se piensa con los demás. Se trata de una disposición o actitud previa que refuerza la racionalidad en lugar de, como alguien podría pensar, disminuirla. Hay una honestidad que nace de los cuerpos y que debe demandarse a quien quiera razonar con los demás. Por eso en el Candeal el diálogo es más que verbal, pues emplea también los cuerpos y la música. Es, de hecho, la música quien verdaderamente habla, el medio con el que, en genial simpatía, vibran los cuerpos, logrando su adecuada sintonía para la comunicación.
En la tradición filosófica también se ha entendido la razón en función de su cualidad para dotar de un fin y un sentido a la existencia humana. Aunque tanto Freire como Carlinhos Brown se declararon profundamente cristianos, opino que es cosa de ciencia. Insisto en ello y acude a mí la necesidad universitaria de demostrarlo, de dar su papel real y emancipatorio a la ciencia, que puede, ciertamente, liberar a las personas si nos señala las condiciones para mejorar nuestra vida personal y común, para desentrañar la maraña de perjuicios que nos distancian de una vida buena. Las condiciones para el consenso no son mera y fríamente estructurales, sino también afectivas y corporales. Igual que hay ejercicios de relajación que logran relajar la mente relajando primero partes del propio cuerpo, puede favorecer la disposición racional la relajación de los cuerpos que han de pensar dialógicamente.
Racionalizar la sociedad, pues, no es tanto llenarla de planes quinquenales, como hiciera el estalinismo, ni dotarla de las condiciones para que las leyes ciegas de la economía rijan la circulación de riqueza, sino algo más profundo para cuya comprensión hemos de acudir incluso a las honduras de la psique humana. Es reconciliar al hombre con el hombre en el nivel de las relaciones afectivas. Lograr que se dé rienda suelta a lo que, como si coexistiera entre nuestras tendencias con la violencia y la dominación, puede prevalecer sobre estas. El fin de la razón, así, es una vida en paz, la felicidad a que aspira la pedagogía rousseauniana, generar la oportunidad para que el ser humano pueda conquistar su felicidad. En este sentido, la racionalización del Candeal no se ha dado solo en su búsqueda de nuevos modos de organización política y operativa de su vida colectiva, sino en que ofrece a los individuos los mejores recursos para su desarrollo. Es una especie de orden que, junto con la distribución de tareas y responsabilidades, está dotando también a la vida cotidiana de un sentido que hace que merezca la pena. Y puede que todo el sentido de la existencia humana haya que buscarlo, tan gloriosa como precariamente, en estos nuevos modos de vida que parecen materializar un viejo espíritu o dios africano (o cristiano) de fraternidad y hermandad. Es cosa, pues, sublime pero terrenal: se da aquí y ahora, en el ámbito más natural de la existencia humana, porque solo podemos tratar con las encarnaciones de los dioses.