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03 noviembre, 2026

Cuando las palabras hacen historia

Las Catilinarias de Cicerón muestran la capacidad de la palabra para incidir en la realidad cuando se desarrolla en un discurso bien estructurado y elocuente, mediante la persuasión y las razones que, elegantemente, se van ofreciendo a un auditorio. Como Aristóteles escribió en su Retórica, en el ámbito de los discursos los argumentos combinan la potencia lógica y la persuasión, la cual es un modo de convencer teniendo muy en cuenta las características del público y sus emociones. El orador aporta unas razones estructurando su discurso, además manifiesta un determinado comportamiento y también suscita, como hemos señalado, unas emociones en el público. Todo ello forma parte de una suerte de aplicación de la lógica a la argumentación ante un auditorio que considere los rasgos y elementos específicos de este. Perelman ha desarrollado aún más esta idea en su Tratado de la argumentación. La argumentación, que no carece de consistencia lógica, tiene en cuenta a quién y cuándo se dirige, incluyendo en las razones las distintas consideraciones acerca del estado del auditorio y su movilización. Como estos autores señalan, la retórica pretende la adhesión de la audiencia. Se trata, pues, de influir tanto con los razonamientos como con la belleza de una palabra que trata de atraer sobre sí a los oyentes que asisten embelesados a su declamación. De ahí que el compromiso con la verdad, aunque no esté garantizado, sea importante, por parte del orador, para que la seducción no opere en función de intereses ajenos a lo justo o lo verdadero. Esto último fue la tentación de parte de la Sofística ateniense del siglo V a. C., al menos en la perspectiva de la misma que ofrece Platón, que hizo depender la palabra únicamente de su fuerza persuasiva, capaz acaso de construir realidad, pero no de desvelar lo cierto. Dicho de otro modo, en la Sofística apreciamos una tensión existente entre verdad y persuasión. Se puede nombrar la verdad sin convencer, pero también se puede convencer persuasivamente sin que cuente la verdad, o cuando esta, como ocurre entre algunos sofistas, se supedita a lo socialmente convencional. La palabra no se liga necesariamente con la pretensión de verdad, pero arrastra, tiene un efecto, puede conducir y produce transformaciones en personas y sociedades en la medida en que influye en la representación de la realidad que aquellas se hacen. Porque un discurso tiene el poder de dar un significado a quienes lo reciben. Estamos acostumbrados a cómo esto funciona con las técnicas publicitarias que juegan mucho también con la imagen, y por eso nos hemos desacostumbrado a lo que de por sí ya poseen en cuanto a capacidad las palabras solas (aunque en la oratoria se acompañen de ciertos gestos y movimientos de la voz y el cuerpo). Estas vienen movilizando a los seres humanos desde antaño. Y esto es porque forman parte de la realidad al constituir su representación en la mente de los sujetos. Intervienen en ella, en lo que los hombres piensan e imaginan. Por eso constituyen un eco que queda resonando mucho después de pronunciarse, como en el caso de los discursos de Cicerón, envolviéndonos como lo hace la impresionante prosa del latino. 

En la famosa primera frase de las catilinarias, la interrogación que eleva Cicerón a Catilina, ya hallamos la propiedad del discurso de conmover increpando, quejándose y denunciando a un mismo tiempo, así como la voluntad de invocar a un grupo humano, de plantearse como algo colectivo y compartido. Una oración cataliza emociones y las dirige en un sentido determinado. El orador romano pronunció su discurso, con toda su contundencia, una mañana de noviembre del año 63 a. C. y es posible imaginar la impresión que causó entre los senadores, algunos de antemano predispuestos a condenar y acusar al conspirador. Dio voz a las consideraciones y presentimientos de los senadores. De Catilina nos ha quedado en gran medida la imagen construida por Cicerón (y Salustio) que va pintándolo con su verbo hasta perfilar a alguien maligno, al tiempo que él mismo va erigiéndose en salvador de la República. Lo que pudo, sin embargo, haberse quedado en un suceso puntual y ya muy lejano en el tiempo, ha seguido resonando hasta que se ha integrado, como clásico, en la historia. En este sentido no resulta exagerado advertir que las Catilinarias influyen todavía, por lo menos en el extasiado lector que, sobre todo, leyéndolas en voz alta va formándose una idea de algo que el tiempo borró hace mucho. La actualidad de un momento político de la Antigüedad es traída hasta nuestro presente, modulada y recreada muchas veces, para que extraigamos consecuencias y reaccionemos, también hoy y ya con sus protagonistas muertos hace muchos siglos. Porque la palabra pide una determinada reacción, un admirado asentimiento a su eficacia histórica. 

Lo curioso es que, en principio, la palabra es frágil y efímera. No es algo que puede tocarse o emplearse como una espada. Por eso resulta extraordinaria la permanencia que han mostrado las palabras de Cicerón, agotado su viejo tema que no obstante es renovado cada vez que se leen. Lo que nació como cosa evanescente se ha tornado duradero, aunque para que un discurso político sea bueno, se requiere que, al ser pronunciado, se tenga en cuenta, aun implícitamente, el futuro al que también se destina. Trasciende, o, mejor dicho, debe trascender el presente, si quiere ser penetrante y elevado. Ha de pronunciarse pensando que, como un halo fantasmal, están también escuchando generaciones venideras, por mucho que la palabra deba dirigirse al auditorio determinado que en el instante en que son pronunciadas esté presente. Por eso, potencialmente, la palabra dicha puede lograr que generaciones enteras recuerden a Cicerón que, al proclamar su discurso, quizás intuía su fama duradera. Hoy nos parece que habló, y lo hizo sin duda, para la posteridad. Proyecta su verbo más allá de su tiempo, en especial al dejarlo escrito tiempo después de haber sido parcialmente pronunciado. Sabe que está creando su imagen, la de Catilina, la de la República y, en definitiva, conformando una segunda realidad en la medida en que crea una imagen y una serie de significaciones. 

En primer lugar, crea la caracterización de Catilina como enemigo. Yendo más allá de la política, tiene que ampliar su demanda hacia un plano existencial, de manera que la conspiración no es un solo hecho político, sino una auténtica amenaza existencial, un delito contra la República y, aún más, contra el hombre. Catilina se dibuja como alguien inhumano, como quien desea algo monstruoso y procaz, como un enemigo del género humano. Se ve más allá del hombre concreto, se aprecia lo que sus actos sugieren. Lo propio del sentido de la grandeza es, hemos señalado en otras ocasiones, mostrar justamente ese plus en la realidad que es como un presentimiento, pues se siente la realidad como más de lo que es, con una superior consistencia. Dicho de otro modo, aspirar a lo grande es aspirar a lo que trasciende en cuanto sobreabundancia de ser. Es afán o visión de esa trascendencia, de ser más, de refinarse cualitativamente. Esta es la aspiración a un cierto cielo (o abismo) en las cosas que los antiguos significaron con la figura de los dioses. Así, Roma es vista por Cicerón como lo fue Atenas por Pericles, como un proyecto, un destino, una creación desbordante, que sobrepasa su realidad más concreta. El ideal trasluce en ella y trasluce en el océano de palabras del orador romano. Y pronunciando este ideal, connotando ese aura misteriosa y sagrada de lo real, se procura su realización, su encarnación en la cosa. La palabra densifica su objeto, lo lleva a superarse a sí mismo. Esto es por lo que la palabra ha creado nuevos mundos y por lo que desde los primeros tiempos el poeta se ha considerado, tal como lo significa el término griego, un hacedor. El poeta, o el orador ciceroniano, nos ha creado desde el fondo de los siglos. No hay poesía, o palabra sublime, sin sentido de la trascendencia, sin la visión de siglos que obtuvo Homero en su ceguera, escribe Borges en un breve texto de su libro El hacedor. Y por eso, la oratoria fuerza, también, a una acción, en el sentido de que la persuasión equivale a un tirar de alguien hacia un lugar bello y apetecible. 

La palabra, pues, puede convencer para hacer algo, puede provocar una decisión, puede movilizar a una multitud, puede conseguir votos, puede unir a una nación y llevar, incluso, a la guerra o evitarla. Pero, además, puede insertarse en la memoria modificándola o actuando como portadora de recuerdos que acaban siendo más sólidos que los hechos mismos que acontecieron, ya desaparecidos y a los que no tenemos más acceso que la palabra. Así, aquella perdida jornada en la que Cicerón habló contra Catilina a los senadores perdura como parte de nuestra realidad. Es como si la palabra compusiera una materia, fuera algo que, por muy intangible que parezca, resulta tangible, manejable, palpable. La palabra opera en el mundo, lo modifica como las actividades manuales destinadas a crear o fabricar cosas. Cicerón ha confeccionado nuestro recuerdo, ha conformado nuestra mirada acerca de un episodio de la Antigüedad y, diría, de la propia Antigüedad y del propio hombre. Es como si poniéndonos el fantasma ante los ojos, este adquiriese un cuerpo y entrara a formar parte de nuestro trato habitual con los seres humanos. Demóstenes, por otro lado, hace ver a Atenas lo que ella no quería ver, el peligro advertido en la Filípicas, o sea, la amenaza que suponía Filipo de Macedonia. Transformó la percepción de los ciudadanos. Y modificando su visión fue capaz de mover a los hombres. 

En el mundo contemporáneo otro gran cultivador de la elocuencia fue Churchill. Cuando ofreció su famoso discurso “Lucharemos en las playas”, en la Cámara de los Comunes, tras el desastre de Dunkerque, fatalmente estaba afirmando que no había otra opción que continuar la guerra, por mucho que la paz fuera deseable, y contra la tesis que había ostentado en los días previos a la declaración de guerra algún otro político. Alguien señaló años más tarde en relación con la poderosa dicción del orador inglés que había movilizado la lengua inglesa para llevarla al campo de batalla. Cuando la palabra entra en acción, por lo menos en el caso del torrencial discurso de Churchill, resulta arrolladora. Y como sucede con todos los buenos discursos, el político inglés habló teniendo delante dos públicos: su inmediato auditorio y, más allá, toda la humanidad y el futuro (de hecho, fijó el texto escrito del famoso discurso años después de la guerra, en 1949). Se dirigió a vivos y muertos. Por eso resulta tan vibrante. Porque, aunque su discurso no lograra por sí mismo ganar la guerra, sí fue capaz de hacer algo crucial: dar un sentido al sufrimiento de un pueblo, a la víctima inocente de las circunstancias por las que ha de empuñar el fusil y acaso ser vencido. Dio significado a lo que estaba ocurriendo. Es así como la palabra puede entrar en la historia. 

Un discurso puede también, como lo hacían los mitos, forjar un sentido y orientar existencialmente. Por eso, entusiasma, porque da algo que para los seres humanos vale más que el oro. Significados, fines. En el contexto de la guerra al que se refiere Churchill, su palabra transfiguró el hecho de combatir en resistir, en defender la libertad (o la democracia, decía Pericles). Y sufrir puede obtener todo su significado tornándose una prueba histórica, haciendo incluso de la derrota una victoria moral. La oratoria, en este sentido, moraliza a los seres, es decir, los dota de un ímpetu ético. Hace que los hombres se lancen a actuar con entusiasmo y va labrando, también, su futuro y su memoria. Cicerón sabía que estaba dejando una imagen de sí a otras generaciones, Demóstenes deja testimonio de lo que considera la decadencia de Atenas y Churchill sabe de las extraordinarias circunstancias históricas en las que está hablando. La grandeza en el discurso que aspira a lo que trasciende estriba en hablar al futuro sin dejar de tener delante a los coetáneos. 

Aunque estoy procurando describir la capacidad poética de la palabra, no puedo sino volver a lo que sugerí en las primeras líneas. Nada de esto tiene que ver con la pretensión de verdad. Se puede construir la realidad mediante reinterpretaciones y resignificaciones falsas, como sabe bien la técnica publicitaria y la propaganda. Conmover, en el sentido que hemos dicho, puede ser también manipular. Las causas por las que se movilizan a los ciudadanos pueden resultar monstruosas y no justas. La memoria puede estar compuesta de mentiras. O, como en el caso de Catilina, al enemigo se lo puede agigantar hasta convertirlo en el arquetipo de un demonio. Es vehículo, pues, para la tergiversación y el manejo políticamente interesado. Por todo lo cual, hemos de volver a la reflexión aristotélica acerca de la retórica para engarzar la oratoria y la persuasión con la argumentación y la verdad, de manera que la palabra forme, pero no deforme. Concedamos que el poder de la palabra va más allá de su cualidad de indagar en la verdad de las cosas. Es seductora a veces como canto de sirena. Porque, más allá del interés epistemológico, está la fábrica de realidad que es la literatura, en cuanto es una forma del recuerdo imaginado. Es ficción, aun partiendo de una base cierta, que, igual que aquel país totalmente ficticio en una entrada de una enciclopedia forjado por Borges llamado Tlön, se inserta en el mundo para modificarlo, aspirando a existir por sí mismo. Así, el discurso sobre luchar en las playas de Churchill cohabita con nosotros, ya como algo vivo y cuyo origen importa menos que el futuro al que se destina. Murió como acto en su circunstancia, pero nació como literatura. Y es en la literatura la forma en que el siempre extraño pasado pervive en nosotros, anticipando, además, su vida futura cuando tampoco nosotros estemos. Las playas de Churchill o la maldad de Catilina seguirán vivas y formando parte del mundo como objetos que seguirán cambiando la percepción de los hombres y, desde ahí, haciendo historia como entes más consistentes que nosotros mismos. 

Cuando las palabras hacen historia

Las Catilinarias de Cicerón muestran la capacidad de la palabra para incidir en la realidad cuando se desarrolla en un discurso bien estruct...