14 julio, 2026

Sobre la juventud

Aunque con los años se pierden unas cosas pero se ganan otras, el envejecimiento es un proceso que, en términos generales y dicho sin rodeos, es antes deterioro que progresión. Desde la perspectiva de una edad que ha abandonado definitivamente los años dorados de ese esplendor que es la juventud de los veintitantos e incluso treinta y tantos, se aprecia mejor lo que tuvo lugar una vez y los años nos han arrebatado de manera irremediable. Y esto estriba en una determinada relación con el propio vigor corporal, con el tiempo, con los demás y con el entorno marcada por una enérgica proyección hacia delante y la sensación de que el mundo es más que permanente, eterno, viviéndose un remedo de la inmortalidad que se asocia con los dioses. Hay algo divino en el joven que nos causa admiración. Vive este en el tiempo de la belleza. Se es guapo y se quiere ser guapo, esmerándose la impresión que uno causa en los demás, como si el cuerpo fuera un edificio lleno de proporciones exactas y armonías sutiles. En él la vida se halla en pulsante expansión y sus dones, en la forma de volcánico magma de deseos, afloran tersando la piel y dotando de un brillo vivaz a la mirada. Sus ojos son ojos recién llegados al mundo y así lo expresan, con fulgor. 

La primera condición con que se vive es la ausencia de memoria, es decir, de pasado, de un pasado que pese como un lastre y se haya osificado ralentizando los movimientos del alma. El alma nunca vuela tan libre como cuando, sin este peso de lo fatalmente acumulado, se limita a exultar en un mundo cuyo esplendor es siempre primerizo, sintiéndose la realidad con la intensidad de la primera vivencia, como si cada primavera durara eternamente y fuera, en medio de los siglos, la única, la que comienza un ciclo. Así, el tiempo se dilata e incluso más allá del horizonte, al atardecer, la noche es promesa. Vivir es gozar en una fiesta incansable, casi como sería la vida para un dios pagano. Decía esto Ortega, de las nuevas generaciones, y, también, que ellas deciden el destino del mundo. La lenta intensidad con que pasan los instantes para el joven se explica porque al carecer de referentes vitales tanto atrás en el pasado, como en un futuro remotísimo e ignoto, la experiencia es una gozosa inmersión en el presente que se dilata y concentra al mismo tiempo. No existen más referencias temporales que este presente que se experimenta como si fuera a durar eternamente. 

No se vislumbra la muerte, que se vive como vaga amenaza con mucho de irrealidad. Si se goza todavía de la juventud, también, de los padres y no se ha sufrido en demasía, teniéndose la suerte de disponer de los bienes necesarios suficientes y la hermosa vida universitaria, el joven vive mejor de lo que cree. Le cuesta, eso sí, moderar sus deseos, que le aturden, como señala Cicerón en De senectute, considerando el latino esta circunstancia antes un inconveniente que ventaja. Ciertamente, su cuerpo es una tensa pulsión. Sabe que puede ser lo que quiera y, ante una inteligencia y memoria intactas, los límites que más adelante acudirán a enturbiarnos la vida no se encuentran en el marco de sus experiencias. Este es el origen de la desmesura del joven que, henchido de plenitud, es capaz de casi todo, incluso de torcer el orden, de creerse un héroe y de ser conmovedora e inocentemente narcisista. Más allá de su bella imagen en el espejo del estanque comienza a descubrir que lo que no es él se alza como una promesa más estimulante que cualquier inmersión en su propia imagen. Su interioridad, además, está bullente, creándose, afirmándose. Su filosofía es la del eterno comienzo, como joven es la filosofía de Nietzsche que no duda en pretender poner el mundo y las creencias patas arriba. El joven tiene la fuerza y la bendita ignorancia como para emular este dinamismo genial del pensamiento del eterno retorno de lo presente y el continuo renacer desafiante que en Nietzsche se opone a las negaciones que todos heredamos de una cultura demasiado vieja. Todo lo que es en potencia late efervescente en su interior, pudiendo actualizarse en casi lo que quiera, hasta fundar un mundo y un hombre nuevo, como los anunciados por Zaratustra.  

Decíamos que, a pesar de carecer del tesoro de la memoria y la experiencia acumulada, que nos llega demasiado tarde, cuando se disuelve el vigor corporal, el joven manifiesta la potencia de la vida en su mejor esplendor. Él sí es puro vigor. Todavía. Esto lo han aprovechado movimientos políticos no muy deseables, en la órbita del fascismo o de muchas revoluciones de cualquier signo, que han ensalzado justamente la cualidad demiúrgica que ostenta el joven cuando tiene ante sus manos la materia bruta del mundo en la cual recrearlo. El joven es acción y no espera; acto y no reposo; absorción del néctar de la vida y menos vientre de digestión pesada. Su don es la ligereza, la levedad que es más consecuente con la esencia, decía la novela de Kundera, del ser. El ser no es pesado y solo la ilusión de la vejez lo torna plomizo. El joven, en su ser exuberante, parece no saciarse nunca. Es luminoso, pero paga el precio de una imaginación que, al no disponer de recuerdos, se dirige con gozo hacia errores graves, y este es el peor peligro del joven, es decir, que su inexperiencia lo conduzca a jugarse brava e inconscientemente su existencia. Porque su divina omnipotencia puede darse de bruces contra la realidad. 

Así pues, el joven es intrínsecamente valiente. Lo saben los ejércitos que siempre han reclutado soldados jovencísimos. Con lástima pude contemplar en una noticia de la televisión los restos de militares franceses exhumados de una fosa común, en una guerra en la que no se hacían prisioneros como fue nuestra Guerra de Independencia. Los cráneos eran perfectos y las dentaduras inmaculadas. Pues así, siendo todavía apenas como purísimos ángeles, habían muerto. El furor de la guerra, ordenan los mayores, es apto para el joven que se lanza adelante sin pensar en las consecuencias. Así lo relata Stefan Zweig en El mundo de ayer. Masas de chicos imberbes en 1914 arrojándose en brazos del horror para acabar con las peores formas de mutilación del cuerpo y la mente o, masivamente, muertos en el campo de batalla durante la Gran Guerra. Es la suya, pues, la edad de la temeridad que poco se acopla a los requerimientos de una aristotélica ética del justo medio. Para el joven la opción es todo o nada, o sea, el exceso, que es precisamente aquello que horrorizaba a los sabios griegos. Por eso estos situaban el acmé, o esplendor vital, en una edad no demasiado próxima a la inveterada veintena, como eran los treinta y cinco años. La madurez acarrea el poder escoger con la libertad que da el sosiego y la templanza. Porque el joven calibra mal y siempre se pasa en sus medidas. Abarca mucho. Más de lo que puede abarcar. 

Como dijo el poeta, lo que ocurre en la juventud nunca retorna. Es el consejo que yo daría a un veinteañero: que celebre su presente, que sea, en la medida de lo posible, consciente del vigor que ostenta y que pronto le abandonará. Le diría, incluso le pediría, que se enredara en esas gratísimas conversaciones que nos hacían temblar de pasión a altas horas de la noche, sobre Dios, sobre el hombre, sobre el sentido último de la vida. Nunca más volverá a preguntarse estas cosas. Y sería bello, aunque imposible, que adquiriese una plena consciencia de esta circunstancia para deleitarse aún más en el bien con el que su edad le regala. 

Rabiosamente joven era, por ejemplo, Rimbaud. Escribió su obra esencial antes de los veinte años y esta condición la tiñe con su depravación tan virginal y sincera. En su furor nos demuestra que en la juventud se siembran, además, las futuras melancolías, al tiempo que se descubre el mundo. Pues descubriendo el mundo llega tarde o temprano el desengaño. Así lo expresó Cesare Pavese, en quien se unen juventud y desesperación en insufrible mezcolanza. Que adentrarse en el mundo, por vez primera, es, además, toparse con dolores, es el tema de las obras sobre la juventud de Hermann Hesse. El nacimiento es, como sabemos, ineluctablemente doloroso. Germinar al mundo es trágico, porque ya sabemos lo que espera. Oscar Wilde especuló con una eterna juventud que, cegando por su frescura de magnífica rosa, impidiera percibir el mal moral y el daño que el sujeto, mágicamente mantenido con apariencia joven aun en su madurez, causa despiadadamente a los demás, a quienes subyuga su belleza. Es el lado inmisericorde del joven de sublime egoísmo. Este tiene un poder sagrado en sus manos. Es fuerte y aunque carece de recuerdos, estos se imprimen en su memoria, por ejemplo, cuando aprende un idioma, con una pregnancia que los años futuros irán disolviendo. 

La vivencia del tiempo, hemos dicho, es diferente en el joven, así como su relación con el mundo, los otros y la historia. Puede entender racionalmente, pero no emocionarse ante ciertas verdades de la existencia. La juventud, que no entiende de veras qué es morirse, padece la muerte como un absoluto descoloque, en cuanto la siente completamente fuera de lugar, pues no tiene cabida en la exaltación de la vida. Proyecta no tanto la nada, sino la expansión de los latidos de su corazón robusto o, en términos de la psicología, el eros, la fuerza vital, que tienden a desbordarse, a ser más, a “plenificarse” en los actos que acomete. Vivir es, para él, obedecer a este impulso íntimo, a esta dorada energía, que le lleva a ser siempre más. Es lo que quienes vamos a menos, podemos aprovechar de ellos tratando de volver a ser como ellos entre la compasión y la ternura. Podemos intentar su potencia a la hora de vivir, su alegre existir casi desprovisto de males. Quizás mirándolos nos contagien con una vitalidad que brota y que, a ciertas edades tardías, ya solo aparecería como apacible felicidad, aun siendo totalmente conscientes de que nada se va a lograr del todo y de que la vida, ese es el mensaje de los años, nunca se termina de realizar. Mantengamos la esperanza, aun sabiéndola falsa. Desde la conciencia de nuestra no durabilidad anhelamos en el joven la permanencia por la que, durante un corto periodo de tiempo, encarna los más descabellados deseos de inmortalidad que ha forjado el ser humano. Inmortales, como aquel árbol del Paraíso de profundas raíces y hojas brillantes como estrellas.

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