Hay sueños que pronto se tornan pesadillas. Las pesadillas más perturbadoras son, de hecho, las que con un sesgo amable nos revelan que aquello que estábamos soñando albergaba en realidad horrores, como si uno contemplara un hermoso bebé neonato que, al sonreír, mostrase toda su dentadura completa o, de manera aún más fuera de lugar, sus dientes fueran pequeños colmillitos. Del mismo modo, en la historia se hace patente que muchas de las cándidas ensoñaciones del hombre han cuajado en hechos sangrientos. Con demasiada frecuencia, ha corrido la sangre vertida por ángeles. Resulta demasiado fácil dejarse mecer por una idea bella y ceder a la tentación de vivir emocionado por las potentes grandezas que nos prometen los mitos en torno a lo que más apegados nos sentimos, como es el lugar de nacimiento, los recuerdos que acompañan la nostalgia de la infancia durante toda la vida; pero de este sueño en torno al terruño han emergido no pocos horrores.
La visión idealizada de lo propio, de esto que llamamos patria, es la que propiciara el falangismo durante el largo periodo de la dictadura franquista. Un sueño patriótico por el que la grandeza de la propia vida se dirimía en la grandeza de la nación. Uno podía contagiarse de la efusión mágica con que el pasado acudía para salvar un presente gris, con toda su añeja majestuosidad. Porque cuando se recuerda un imperio, todo resulta engrandecerse. Un imperio, con todo lo que esto significa de haber ostentado, para mal y para bien, un papel fundamental en la historia universal y en el destino del propio y de otros pueblos. Este era uno de los pilares, de hecho, de la ideología falangista, que parecía andar adormilada entre sueños de esa guisa, como en una especie de delirio de grandeza. De aquí extraía una noción de España cargada de mito por la que, espiritualizada, esta era vista como un todo consistente. La definición del franquismo aseveraba “España es una unidad de destino en lo universal”; definición en la que se aunaba lo mundial con lo autóctono y situaba a España bajo la égida de una supuesta unidad mística, incorpórea y sublime. Esta idea atrajo, qué duda cabe, a gran número de intelectuales en los años treinta y posteriores del siglo pasado, pues albergaba un cierto atractivo. El atractivo, decíamos arriba, con el que se nos presenta la patria mitologizada, un atractivo casi irresistible, que, aunque hoy nos resulte inconfesable el dato, atrajo, y mucho.
A la idea de una España confitada se añadía el valor que, para esta, inextricablemente ligado a su identidad, ostentaba el catolicismo en su versión más tradicional y, en consecuencia, la oposición a las ideas liberales que habían monopolizado gran parte del siglo XIX español. En dicho periodo, hacia el final de la época fernandina, los tradicionalistas llegaron a popularizar el lema “Vivan las caenas”, con lo que querían indicar que más vale vivir en un orden antiguo y prestigioso, de inspiración sagrada, ornado por la tradición, que en el progresismo más o menos ateo que propugnaba el liberalismo. Los curas, si bien habían luchado y militado en todos los bandos como les es propio aún hoy, se habían destacado ya en la guerra de la Independencia por haber sido partidarios de guerrillas nacionalistas que combatían al francés, de manera que incluso alguno, fanatizado, ya parecía anticipar lo que constituirían las milicias del carlismo. Uno se imagina una sotana hecha harapos y a alguien, como nos lo pinta Galdós en alguno de sus Episodios Nacionales, lanzando proclamas con las venas del cuello bien marcadas, enrojecido el rostro, contra la invasión francesa y por la unidad en la tradición que, se supone, nos era propia a los españoles. Ser antiliberal, además, era ser anti bonapartista y, como en gran medida recogerían también las ideas falangistas, ser anti europeo. Tanto que, mientras estas ideas y su régimen duraron en España, poco pudimos hacer para que nos aceptasen en la muy liberal Europa de lo que hoy es la Unión Europea.
Prosigo este breve discurso afirmando algo que puede no ser bien entendido y resultar polémico, pero lo voy a decir. Veo mal que el monumento del Valle de los Caídos se venga abajo y deje de estar ahí. Porque es un centro físico en el que, como ocurre con los sueños de inmortalidad de los faraones cuando vemos sus pirámides, en la desmesurada construcción de piedra labrada en la montaña, con su enorme cruz, se expresan esos sueños imperiales a que me refería, que pudieron ser amables y atractivos como lo son todos los mitos, que movilizaron para hacer una guerra, ganarla y constituir un nuevo Estado de vencedores, pero en una España muy lejos de la realidad y aún más, salvo tristes experiencias africanas, de su viejo pasado imperial. Un sueño bello, pero que, como también decía, manifestó la faz de una pesadilla en la que España anduvo perdida. El régimen franquista, hoy es bien conocido, se apropió del arte, la historia y la cultura, de manera que todavía hoy el español se despista con ciertas cosas, con objetos como su propia bandera o con su pasado o con la definición que quiera decirse y creer acerca de su nación. Cuando hoy nombramos a España o jugamos a que la queremos o la dejamos de querer, resulta ineludible el peso que la larga dictadura franquista y la visión falangista que perpetuó manifiestan en ello. Un sueño que fue también una pesadilla de la que todavía hoy nos cuesta librarnos, como del dolor producido por una vieja herida que nunca cierra.
Para restañar tanto la herida como sus ya demasiado prolongados efectos, propongo la receta que también propugno para orientarse en general en la historia y en la política: serenidad. Serenidad y objetividad. Es cierto que un Estado que fue producto de una victoria, que fue parte de una era turbulenta de violencia desatada, no pudo cerrar nada. Los años de paz no fueron, en realidad, años de paz, sino de permanente recuerdo de la guerra y de que esta se hallaba, podríamos decir, en su ADN. Así, el dolor ha llegado hasta nosotros y, a pesar de que ya llevamos más años de democracia que los que hubo de dictadura, todavía tenemos que enfrentarnos con aquello y tratar de disolver las consecuencias de tan lacrimoso pasado. De nuevo digo que solo serenamente, encarando pasado y presente con calma, narrando los hechos sin pasión y tomándonos símbolos como la gran cruz del Valle de los Caídos como historia cuajada en piedra y nada más (ni nada menos), podemos ir adentrándonos, verdaderamente, en la senda de la paz. Mirar el horror y el abismo puede ahogarnos en su ciénaga moral, pero el esfuerzo que pido, espero que no sobrehumano, es el de poder mirarlos sin que, por una vez en nuestra agitada historia, se nos mueva un solo músculo de la cara.
Marcos Santos Gómez
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