Durante la guerra del Peloponeso, en la capital de una de las facciones en armas, la ciudad de Atenas, como espectáculos teatrales se podían disfrutar comedias en las que eran ridiculizados los grandes generales o políticos y, frente a lo que hoy sucedería cuando impera el estado de guerra, no se aplicaba esa censura que impide la broma en torno a los altos mandos y mandatarios. El pueblo ateniense veía quizás como un derecho el permitirse la risa en torno a lo que, una vez terminada la función, volvía a tornarse un hecho teñido de pesadumbre y luto, como era la guerra. El pueblo volvía al hambre, a la peste y a la muerte, dependiendo de la habilidad de sus estrategas y generales para sobrevivir, sin que esto fuera óbice para echar mano en el teatro de una perspectiva cómica que ridiculizaba hasta extremos que podían rayar la obscenidad las seriedades cotidianas. Y en esto Atenas fue, como en otras tantas cosas, ejemplo de buena salud. Porque la salud de una sociedad se mide en función de la capacidad que esta tenga para reírse de sí misma, que, en definitiva, eso es el humor, el buen humor.
Lo cómico hace que aparezcamos ante nosotros mismos mostrando las contradicciones que nos son propias, las debilidades y, sobre todo, las ridiculeces, que cuando se vislumbran logran disolver un exceso de gravedad que solo conduce a la obstinada defensa de lo propio sin esa lucidez por la que habríamos de vernos con todos nuestros contrastes, aristas y recovecos. Nos devuelve nuestra imagen y nos aproxima a una visión más exacta de lo que somos. En el peor de los casos, tomarnos las cosas demasiado a pecho también conlleva la peligrosa pretensión de que somos infalibles y que la verdad, en su integridad, nos pertenece como si fuera nuestra exclusiva posesión. De algún modo se opone a lo que, por otro lado, tan efectivamente también consigue el diálogo. Así, el humor diluye esta falsa creencia y ayuda, por tanto, a repensar lo que, si no fuera por él, no estimaríamos digno de ser repensado, sin ser capaces de apreciar fisura. El humor distiende, relaja, exorciza el fantasma de la intransigencia, y por ello debería permitirse siempre, sin apenas fijarle límites y aunque, en el noble ejercicio que estamos describiendo, duela un poco.
Es natural que el humor produzca, también, malestar. La broma, si no tiene algo de hiriente, no es terapéutica. Es así como los grandes payasos deberían poder decirlo todo, sin miedo. Un cómico que se pone trabas a sí mismo, en un cercenador oficio de autocensura, no está cumpliendo bien el papel fundamental que debería cumplir para la sociedad. Debe atreverse a molestar y le deben dejar que moleste. Así, por ejemplo, en España ha habido grandes cómicos que, al modo de bufones nacionales, han arremetido contra la oficialidad. Tengo en mente el caso de alguien que, sin lugar a duda, ha molestado, al que censuraron algún programa televisivo en los años ochenta del siglo pasado, pero que, no obstante, es capaz de ofrecer en una deformación grotesca lo que estamos acostumbrados a apreciar como intocable y apolíneo. Lo sagrado, lo eterno, lo grandilocuente, se deshacían en sus gags. Se trata de Javier Gurruchaga. Proverbial fue su parodia de Felipe González entrevistado por él mismo disfrazado de la periodista Victoria Prego. Un Felipe González que parecía haberse achicado, desgastado por el poder, interpretado por un conocido actor francés con enanismo e impresionantemente parecido al “original”, y que, fumando un puro, apenas acertaba a expresarse en francés respondiendo a las preguntas de una periodista que casi lo adulaba, ajeno ya incluso al lenguaje que hubiera requerido para hablar con un mensaje inteligible al pueblo. La imagen era poderosa y, como en tantas chanzas de Gurruchaga, hoy puede molestar. Sin embargo, hay que comprender que Gurruchaga es heredero de la tradición del vodevil y el cabaré, del que ha tomado su hilarante propensión por lo grotesco que enfatiza el lado más esperpéntico de las cosas.
A Gila, otro gran cómico, sí se le permitían sus chanzas en torno al ejército y la guerra. ¿Puede haber algo más terrible y menos apto para bromas como es el horror de la guerra? Él mismo lo había vivido. Pero, debido a su gran inteligencia, ello no le impidió hacer bromas con lo que tanto dolor había supuesto para la vida de muchos. En realidad, sus bromas eran una protesta contra ese dolor. En general, en los ochenta, y todavía en los noventa, se permitían estas cosas (en el caso de Gila incluso durante la dictadura franquista). Volviendo a Gurruchaga, que parodiaba a sus padres o, mejor dicho, se inventó unos personajes que eran su madre y padre ficticios, que producían la risa en medio, a veces, de la repulsión, uno se preguntaba si verdaderamente debía reírse de lo que estaba riéndose, si el cómico vasco no estaba llegando quizás demasiado lejos. Casi nadie hoy recuerda un programa, único en medio del control y la censura que por entonces había en los medios, en torno al año 2003, que emitía la televisión Localia. Se titulaba “La cucaracha exprés”. Yo lo veía porque era el único espectáculo televisivo en el que se ofrecía una crítica mordaz de la actualidad política, o, por lo menos, uno de los pocos. Cuando ver la televisión producía una mezcla de ira y desesperación, al tener que encajar las prepotencias del poder instalado por entonces en las más altas esferas, el salvaje de Gurruchaga no dejaba títere con cabeza. Se reía de todo. También de sí mismo. Recuerdo que por entonces estaba gordo, orondo, como hinchado. Y una vez apareció con la ropa apretada y un enorme tubo con lo que parecían grandes píldoras dentro, pues era de un material transparente, que agitaba ante la cámara, dando a entender que se hartaba de antidepresivos y dando a entender también que, por ello, engordaba, engordaba y engordaba lastimosamente. Nuestras miserias, quizás quería señalar, son irrisorias y, por tanto, son menos miserias. Se reía de su cuerpo, de su depresión acaso, de sus males. Al mismo tiempo mostraba con su deformación típicamente grotesca una realidad que no lo era menos, de la que parecía querer decirnos “¿no veis que es ridículo?”.
Ciertamente, el humor no debería tener límites. Debería uno poder reírse de todo, sobre todo de lo que más en serio nos tomamos. Como los sabios atenienses, ni siquiera el dolor por una guerra y, ni mucho menos, nuestros valores, principios, lecturas de la historia, preocupaciones, cosmovisiones, deberían obligarnos a aproximarnos a todo ello con un rictus de gravedad. Solo la elevación de la inteligencia, capaz de sobreponerse a las críticas, encajarlas y, sobre todo, de no detenerse jamás a la hora de pensar, puede inmunizarnos para que la reacción contra quien se ríe de nosotros resulte hostil. Como a los antiguos bufones, deberíamos permitir a los cómicos reírse de todo para que, con ellos, nuestras rigideces se distiendan y los músculos y nervios se relajen. Igual que al reír tragamos revitalizantes bocanadas de oxígeno que inundan los pulmones y llenan de energía nuestro cuerpo, dejemos entrar en la sociedad esta posibilidad tan humana y antigua que nos permite mirar por muchos lados la verdad, para descubrir que no toda ella nos pertenece y que, de no ser por nuestra risa, acabaríamos tomando por un tigre lo que no es más que un gato.
Marcos Santos Gómez
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