Hay actividades humanas que se repiten, como una suerte de constantes vitales, a lo largo de la historia, renaciendo en todas las épocas. Así, por ejemplo, donde haya seres humanos habrá o habrá habido magisterios, duelos o poesía, por decir algunas de estas reiteraciones que son la forma de lo humano. De esta colección de elementos quiero destacar uno, traído a colación por una noticia que llevo días viendo en la televisión y leyendo en medios digitales. Se trata de esa rave interminable que, en torno a la nochevieja, se viene celebrando en distintos lugares de España y la cual, como cuentas de un rosario, suma días en los telediarios que van, jornada tras jornada, anunciando que la fiesta sigue. Confieso que he admirado con envidia a quienes son capaces de eternizarse durante tanto tiempo. Y digo bien: eternizarse. Porque, mientras los he visto bailar en un paraje invernal y a todas luces bastante frío, dando una especie de vueltas sobre sí visiblemente felices para solo detenerse desfallecidos con el fin de dormir un poco, me he percatado de que ellos, como la humanidad, ha buscado eternizarse en sus fiestas. Algo tendrá el ostensible sentimiento de plenitud de aquellos giróvagos estacionales que ver con el todo, con lo eterno. Seguro que no es, por lo menos en algunos individuos, mera diversión intrascendente, sin más, sino que aspiran y apuntan a lo que, de uno u otro modo, veneran. Muchos buscan eso que les da la rave, que encuentran en ella. Su exaltación es, a todas luces, tan laica y pretendidamente profana como, en el fondo, sagrada.
Esta idea no debe estar muy desencaminada pues alguien como Chesterton lo ha sugerido en un bello pasaje en el que, glosando la novela Los papeles póstumos del club Pickwick, de Charles Dickens, ensalza los banquetes que con cualquier excusa celebran los personajes, con abundante ingesta de asaduras, ponche y ginebra, que constituyen, a mi juicio, el núcleo espiritual de la obra. Los ensalza tanto, o, por lo menos, ensalza tanto este espíritu festivo con el que se regalan los personajes de vez en cuando, que afirma que quien no sea capaz de disfrutar como ellos no comprenderá, y seguramente no se merecerá, el cielo, el cual puede ser considerado una fiesta perpetua.
Chesterton se refiere a momentos en los que las personas se abren como enormes flores tropicales para exhalar su perfume, que es una metáfora de algo que quizás el lector de estas líneas ha sentido. ¿No le ha sucedido que cuando una conversación fluye, en un medio informal, de tú a tú, aliñada por grata vianda y licor, o cuando se siente al amigo como a uno mismo y se le ama intensamente, o cuando, en definitiva, la fiesta hace empalidecer todo lo demás para vivir el momento como si no hubiera un mañana, le ha parecido que se insinuaba, realmente, el cielo? Así, la fiesta, que pone en suspenso la rutina y los trabajos, para extenderse como un paraíso en el que todo es mejor si funcionan, estimulados con moderación, la inteligencia y los sentidos, es un remedo de la eternidad. Es un modo con el que las personas fingen que no hay muerte o que, aunque la haya, esta no es obstáculo y puede, como indica el dogma teológico, ser vencida como el último enemigo.
Todo lo que le sucede a Pickwick, sus tiernos y un tanto hilarantes infortunios, se salvan con una buena mesa. La comida como celebración de la vida y el estar con los demás de un modo que no es el mediatizado por la rutina y el trabajo han sido apreciados desde siempre. Bien es cierto que uno puede utilizar la fiesta para otras cosas. Pero la fiesta puede vengarse convirtiéndolo a uno en un comediante, en un payaso más, como le sucede al gran anfitrión Trimalción, el liberto que en el Satiricón desata su deseo de aparentar y de ascenso social con banquetes en los que prima la ostentación hasta el nivel de lo ridículo. Es como si en la fiesta, que tan propensa es a lo excesivo, cuando verdaderamente nos excedemos, entonces se diluye lo que solo en cierta medida puede acontecer como sucedáneo de lo eterno. Es lo que representa la sobriedad en medio de la ebriedad generalizada de un Sócrates que, aun bebiendo grandes cantidades de vino, es fama que no se emborrachaba jamás. Él aspiraba a lo eterno también de este modo. Lucidez en el palacio de la alegría.
Sócrates, precisamente, y su discípulo Platón quien lo cuenta, nos traen a colación otra gran fiesta de la antigüedad en el bellísimo diálogo titulado El banquete. El banquete, en aquellos tiempos, era el modo de estar con los demás, de mayor comunión (como siglos después también trataría de serlo la celebración litúrgica de la misa entre los cristianos). Un estar con los demás en el que había que hacer lo más excelso, en el ámbito ideal de las necesidades cubiertas y la exaltación del instante. Esto era, para los antiguos atenienses, pensar en voz alta, pensar con los demás, o sea, dialogar y dejar que discurra la razón o la palabra, entre los comensales. Por lo menos, es lo que se proponen los protagonistas de este eternizado banquete que narra Platón, quienes para ello procuran, y no logran, beber poco vino. Solamente Sócrates es capaz de seguir su rutina cuando todos al amanecer yacen borrachos, y tras haber escuchado las elogiosas y más que amistosas palabras de Alcibíades. La fiesta, o el banquete, como forma del amor, que a su vez es mejor cuando es amor a la sabiduría, cuando es filosofía, porque así palpa la eternidad.
Una eternidad que solo podemos conocer en el tiempo. Una eternidad que es un instante. Todo lo demás sobra. La especulación sobre la misma por parte de filosofías neoplatónicas suena, acaso, como esa teología que se atreve a elucubrar con el cuerpo sublime que los elegidos tendrán en el estado glorioso. Quiero decir que, con lo que ocurra tras la muerte, solo podemos fantasear o, quizás, echar mano de creencias, que no es lo mismo que verdades, a no ser que por verdad entendamos lo que, como también afirma Sócrates en el Fedón, otro diálogo proverbial, es bueno que creamos, porque es bueno para nosotros, para el hombre.
No creo estar relativizando ni trivializando el tema si atribuyo este don de acceder a una cierta forma de la eternidad, pero en el tiempo, en la medida que ella misma, más allá del sentimiento no es intemporal, si atribuyo, digo, este don a los que todavía mientras escribo estas líneas están disfrutando de la rave que ya va por su quinto día con sus noches. En esa fiesta interminable, excesiva, aunque no en el arrogante sentido de los ostentosos banquetes de Trimalción, alguno habrá que sienta que ha fundado algo mayor, algo para toda la vida y, en cierto modo, que ha iniciado una cosa nueva. Un minuto de esos vale por una vida entera, ocurre como un siempre. Y así lo sienten tan entregados comensales, mientras los demás meditamos si hay que cancelar la fiesta y clausurar el terreno que, de manera ilegal, han ocupado. Pero más allá del escándalo, de nuestra admiración, envidia o disgusto, hemos de esforzarnos en comprender que, hasta cierto punto, lo que se está celebrando allí, como en tantos botellones que nos molestan y que aturden nuestras ciudades, es un banquete, el viejo banquete, la fiesta que durante miles de años la vieja humanidad ha querido celebrar para ver si de esa manera extraordinaria, inmersa en la excepción del carnaval, podía salvarse.
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