Decía Hegel que, si no pensamos la historia para verla en su totalidad, y permanecemos absortos en los sucesos inmediatos, aquella no puede sino mostrar el rostro furioso de una acumulación de desastres sin sentido. Resulta difícil mirar más allá de lo individual y, contra su concepción racional y optimista, cuando uno observa la historia surge el asombro ante un mismo rasgo que poco tiene de halagüeño: la capacidad de sufrir los males que los seres humanos se encuentran, siglo tras siglo, en su camino, males que, en justicia, nada puede disculpar ni justificar. La historia humana no es amable. De hecho, resulta muy extraño que actualmente en España y gran parte de Europa llevemos más de ochenta años sin una guerra, por mucho que se hayan atravesado páramos de miedo con la guerra fría o amenazas y peligrosos conatos en los que todo podía haberse desatado, como fue en 1981 el golpe de Estado en España que terminó pronto desactivado. Es, precisamente, el peligro de una nueva guerra civil lo que, sin duda, produjo en gran medida la oportuna “traición” que Javier Cercas atribuye a tres grandes figuras de la Transición española: Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y Gutiérrez Mellado. Es posible que lo impensable sucediera, es decir, el acuerdo, la escucha y la voluntad de llegar a un objetivo común, porque aquella generación había vivido una guerra y sabía, por tanto, lo que nos jugábamos a la muerte del dictador Franco.
Le pregunté yo en cierta ocasión a alguien que había vivido una guerra civil en un país americano como parte activa, enfrentado al constante peligro y a la amenaza de cruel represión, cómo se podía soportar esa situación y seguir, más o menos, viviendo con relativa normalidad. Esta persona me dijo que uno se iba metiendo, casi sin darse cuenta, cada vez más, implicándose y enredándose en el peligro. Y así, el ser humano, que tiene un fenomenal aguante, es capaz de sufrir lo indecible cuando se ve envuelto por los hechos. Hay una abundante literatura sobre la guerra civil española que relata la crueldad con que se dio la misma. Todo pareció como si las mismísimas furias se hubieran desatado y campado, atrozmente, a sus anchas. Yo inicié hace unos años la lectura de estos horrores con El holocausto español, de Paul Preston. Para dar idea de lo que sucedió, tal como esta investigación lo rescata y narra, baste una anécdota sucedida en Granada, en torno a agosto de 1936 (el mes en que fue, entre muchos otros, fusilado el poeta Federico García Lorca). Ocurrió que el encargado del cementerio, una de cuyas tapias fue uno de los lugares en que se fusilaba a los prisioneros, se volvió loco y hubo que ingresarlo en el manicomio. No soportaba los lamentos, quejidos y últimos estertores de las montañas de moribundos que yacían entre ejecuciones y ejecuciones. Para ocupar su puesto, se mudó a una casita anexa al mismo una familia, cuyo cabeza se hizo cargo del cementerio, como sustituto Pues bien, este hombre, que seguramente necesitaba el sueldo, tampoco lo soportó y a los pocos días se marchó con su mujer e hijos. Unos cinco mil muertos cayeron en los primeros meses del golpe en Granada.
A menudo he paseado por la carretera de Alfacar a Víznar, último paraje que Lorca cruzó antes de su muerte y he pensado en el cruel contraste entre la belleza de aquel entorno, con el sosiego de estos días y la crudeza del momento, agrio y terrible, que debió sentir un hombre joven y lleno de vitalidad y creatividad, en plenas facultades, que veía cómo indefectiblemente lo único que tenemos, nuestra vida, su vida, iba a ser truncada. Y más allá un vacío, una nada. ¿Cómo fueron tantos individuos al horror de una muerte cruel con plena consciencia e impotentes? Este trato continuo con el mayor de los misterios y, también, con lo más absurdo e inexplicable de nuestro sino, es narrado de manera impactante por el periodista y escritor de los años treinta Manuel Chaves Nogales, quien en A sangre y fuego, cuenta escenas reales de nuestra guerra civil. También, la capacidad de sufrimiento, la resignación, la paciencia y a veces los ratos de desesperación con que se vive, por ejemplo, una rutina de bombardeos en el Madrid sitiado, es reflejada magníficamente por las vivencias de los personajes de Las bicicletas son para el verano, de Fernando Fernán Gómez o, más extensamente, por el tercer libro de la trilogía La forja de un rebelde de Arturo Barea. Y es que el hombre se acostumbra a todo.
La situación actual, creo, independientemente de que las furias puedan de nuevo desatarse en cualquier momento, nos tiene mal acostumbrados. Porque lo normal ha sido, y es en muchas partes del mundo, el horror. Aunque debemos esforzarnos para tratar de mirar más allá de las singularidades, de lo individual, y, como Hegel, tratar de comprender, por mucho que, no como hiciera el genio alemán, no pasemos de unas someras explicaciones causales históricas o incipientes y primitivas teorías sobre la historia. Es una obligación no solo erudita o curiosa, por la que tratamos de hacernos con el pasado, sino una obligación del presente, con la que tratamos de hacernos con el mismo, explicarlo. Es por esto que hay que pensar la historia, a pesar de su cualidad en gran medida inexplicable. Saber qué queremos contar cuando la contamos, qué es eso tan inasible y huidizo que, sin embargo, un buen día alguien como Herodoto se propuso investigar (historia significa “investigación” en griego antiguo). En el caso de nuestra guerra civil, origen de la posterior dictadura, cabe preguntarse por la situación, con serenidad, que condujo a la exacerbación y extensión de la violencia. Es lo que encontramos en el mencionado Chaves Nogales. Acabo de leer un librito con escritos suyos titulado Los enemigos de la República, en que considera que estos son, los enemigos, no tanto la extrema derecha sino las violencias de las milicias comunistas o anarquistas que se fueron imponiendo. Cuenta, por ejemplo, la revolución de Asturias, en 1934. Bien es cierto que en su relato se echa en falta un análisis que trascienda lo que es una mera constatación de hechos violentos, de una violencia cuya única explicación es, dice, la estupidez y la crueldad humanas, pero no por eso el lector deja de impresionarse ante el paisaje que pinta. Quizás porque en el fondo no desesperarse ante el hecho crudo de la violencia es imposible, ni dejar de clamar contra el responsable directo, contra quien la ejerce, independientemente de esa serenidad con la que, decía, el historiador debe contemplar más allá del hecho bruto que parece golpearnos en el mismísimo rostro.
Ha habido, pues, notables ejercicios literarios que han buscado retratar este horror nudo. En la guerra abunda todo lo malo. La enfermedad, el hambre, la miseria. Si acudimos a un tiempo anterior a la guerra civil, mucho de lo que cuenta Galdós en sus Episodios nacionales sobre la guerra de independencia abunda en este tipo de relato. Como él muestra, y también Chaves Nogales explica, en un frente, en la refriega, uno solo es violencia que responde, nerviosamente, a la violencia. No parece haber un orden. Respondemos al cruel estímulo de matar o morir. Esto se muestra en la fenomenal novela Zaragoza de Galdós. Y sobre el hambre, el hambre en la guerra, pocas líneas he leído más potentes que las de su otra novela Gerona. Ahí tenemos la guerra, como hecho bruto, como algo que, más allá de la totalidad en la que se engarce y las explicaciones que traten de asirla, es un puro y concretísimo sufrimiento del pobre viviente que, miserablemente, es confrontado de manera absurda con la muerte, con su muerte.
Marcos Santos Gómez
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