Corría el año mil novecientos noventa y seis, concretamente el mes de abril. Yo habitaba un espléndido caserón de campo alquilado situado en el término municipal de Torrox, en la Axarquía malagueña. Impartía clases de filosofía en el instituto de enseñanza secundaria y B.U.P Jorge Guillén. Recuerdo aquella primavera con cariño, vivida con las emociones propias de quien comienza la bella profesión de la docencia y ese contacto mágico con jóvenes generaciones que, año tras año, van quedándose igual de jóvenes mientras uno envejece. Entonces me hallaba en una plena y efervescente juventud yo también, todavía, y tras ocupar las mañanas con las clases, disponía de tardes y fines de semana para pasear por el pueblo y por el campo. Todavía no se había generalizado el uso de teléfonos móviles y recuerdo que dependía de una cabina telefónica para todo contacto con el exterior. Torrox es como un pequeño avispero blanco encaramado a una colina, en cuya tierra se producen entre otros frutos abundantes nísperos y aguacates, de los que yo di buena cuenta. Pensaba mucho durante las muchas horas solitarias que en aquel tiempo parecían sobrevenir lentas, inmensas, pues, aparte de la televisión y los paseos, y al no disponer de muchos libros, no me quedaba otra que rumiar pensamientos. Hacía mis pinitos con la escritura de algunos poemas, muy malos, sin la ayuda de ordenadores y ni siquiera máquina de escribir. De hecho, no escribí en un ordenador asiduamente hasta entrado el siglo XXI, ya con otras circunstancias. Y además de lo dicho, me reservaba un “pasatiempo” más, como era la adquisición y lectura, casi a diario, del periódico El mundo, que consumía entonces por representar una alternativa crítica a lo que venía siendo ya un largo discurso político monocolor en una España gobernada por políticos creo que de mayor grandeza que ahora, aunque igualmente desesperantes. Sé que es fácil incurrir en la idealización del pasado y no voy a decir si entonces era mejor que ahora, pero sí que las cosas eran muy diferentes en algunos aspectos. Para empezar, como digo, y dejando la política de lado, esa dependencia del papel y el boli que uno arrastraba adonde fuera. De la escritura y la lectura en papel, siempre en papel.
Había otra razón por la que leía El mundo y que era compartida por acaso cientos de miles de lectores: la columna de Francisco Umbral, en la última página del mismo. Sus artículos tenían un brillo y un ritmo característicos, un modo de contar y un hábil uso del lenguaje muy propios. Umbral los escribía con gran destreza. Eran un poco ácidos, un poco guasones, disimuladamente líricos en ocasiones y casi siempre muy sorprendentes. Sé que ahora andan editados todos entre su obra completa y que, además, existe un magnífico documental sobre su figura que puede verse en la plataforma Filmin. De todos sus artículos, mi memoria apenas recuerda uno. Lo publicó a la muerte del filósofo José Luis López Aranguren, en aquel mes de abril. En él contaba alguna anécdota vivida por ambos y aludía a cierta jornada insomne de alcohol y palabra en la que el profesor, cual diabólico santo, exprimió con don Francisco la noche en una conversación que seguramente resultó memorable. Umbral lo definía de distintas maneras, pintándolo con amor, trazando el perfil de una persona obstinadamente singular en cuya vida y producción de sabio más o menos feliz había desarrollado una trayectoria audaz y crítica. Todo este retrato ya lo había pintado nuestro querido articulista previamente, quizás con ocasión del nocturno diálogo de ambos al que me he referido, como una suerte de homenaje en un soneto que reproducía el periódico al final del artículo elegíaco de Francisco Umbral.
Aquel soneto, cuando lo leí esa tarde de aquel perdido mes de abril, si es que fue abril y no marzo o mayo (bastaría con consultar la Wikipedia para salir de dudas, pero soy muy perezoso) me encantó. Era tierno, delicadamente burlón, amistoso. Muy agudo también, y bien escrito. Lo he buscado después por todas partes y lamento que no he podido encontrarlo para releerlo, pues incluso habiendo rastreado en El mundo digital, no aparece en el mencionado trabajo de Umbral. ¿Lo leí en otra parte? En cualquier caso, no he dado con el poema durante treinta años. Solo perdura un verso, un endecasílabo, grabado parece que a fuego en mi memoria. Decía “Aranguren es solitario y trino”. Solitario y trino. Una cierta manera bromista de aludir a su carácter y trayectoria que he señalado como únicos, propios de una rara avis que ha volado contra todos los vientos. Una forma de decir que por muy ligados a los demás que estuvieran su praxis y su pensamiento, el filósofo siempre mantuvo su libertad como un tesoro inalienable. Era solitario, como trino, porque no se vendió a la “normalidad”, que en su época oscilaba entre el catolicismo tradicionalista, el falangismo y, por el otro extremo, la oposición comunista al régimen político imperante en España durante casi cuarenta años. Fue un intelectual con voz propia.
Y es que resulta que lo difícil y lo auténticamente encomiable en el individuo es no dejarse arrastrar por lo que, en un momento dado, todo el mundo es arrastrado. Hay que tener mucho coraje para ser, por decir otros, un Ortega al que el falangismo no logró, a pesar de todos sus esfuerzos, seducir y que mantuvo su idiosincrasia contra viento y marea, o un Juan Ramón Jiménez exiliado que no se casó con los excesos ni de unos ni de otros. Por lo menos, así lo cuenta Andrés Trapiello en su magnífico libro Las armas y las letras, de cuya lectura tanto disfruté hace un par de años. Cuando, en una situación de dictadura, bajo el imperio de una moda ineludible o, sobre todo, en el contexto brutal de una guerra, uno mantiene su cordura para ser capaz de juzgar los horrores de cualquier signo como tales, es cuando reluce, verdaderamente, la libertad. Una libertad que, en este sentido, se da inextricablemente ligada a la soledad. La vida, y más en las circunstancias de una guerra, es una experiencia extrema, un, como decía Ortega, naufragio, en el que salvar la propia alma resulta una labor ardua y dificultosa. El sello del hombre cabal es, sin embargo, el sello del solitario, del que no se asusta por ser él, por mantenerse solo a la orden de su más escrupulosa conciencia y razón. Esto es lo que, en uno de sus espeluznantes relatos, en su libro A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España, el escritor y periodista de aquellos tiempos, Manuel Chaves Nogales, trata de decir en un cuento de aparente simplicidad en el que el lector poco avezado puede creer que Chaves cojea de un pie u otro. En realidad, retrata a un par de personajes que, con distinta suerte final, y en medio de una furia de comités obreros y revolución, lo que han hecho es no seguir las directrices de una masa enfervorizada en la que la razón ha ido cediendo el paso a la fuerza. Hay que tener arrojo, digo yo, para, en ese contexto mantenerse libre. Y solitario.
Marcos Santos Gómez
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