Muy a principios de los años noventa del siglo pasado asistí a una conferencia en la ciudad donde estudiaba filosofía (que era Granada) del eminente y por entonces muy querido por los estudiantes profesor de Derecho José Cazorla. Este se planteaba si era posible definir qué es Andalucía, si había como cosa aprehensible algo así como el carácter andaluz y en qué consistía este. ¿Cuáles, se preguntaba, eran los rasgos de lo andaluz? Toda la conferencia discurría mediante afirmaciones, desde las más próximas a clichés convencionales a las más rebuscadas y singulares, que eran rápidamente refutadas por los hechos. Porque su discusión la basó en datos y estadísticas que acababan derribando cualquier idea de lo andaluz que él mismo o el auditorio hubieran tenido la tentación de esgrimir. La conclusión final de su muy amena charla fue que hablamos de Andalucía sin saber qué es, sin tener exacta idea de lo que estamos refiriendo. Resultaba problemático, pues, incluso apelar a una “cultura” andaluza.
Del mismo modo, podemos hoy plantearnos si tenemos la menor idea de lo que es España. ¿Es posible que afirmemos ser españoles (o antiespañoles) sin saber qué es España? La realidad, siempre huidiza, en el terreno de las naciones y de la política lo es aún más. ¿Qué tocamos cuando tocamos esa cosa que llamamos España, si hablamos de ella, si nos pronunciamos sobre ella? Lo consecuente es preguntar a la historia, pero este es terreno tan arduo de entender como también frágil. Porque cada época es sustancialmente otra cosa de las demás épocas. Con el agravante de que, sin que yo recomiende ceder un ápice en el afán de objetividad y verdad, bien es cierto que el pasado lo vemos desde la perspectiva o perspectivas actuales. Cada sociedad, cada grupo político, cada pueblo, hace de su historia lo que quiere. Pero, aun así, hay egregios autores y opiniones que han querido desprender de nuestra historia una suerte de suelo común, como parece que fue el caso de Claudio Sánchez Albornoz, en la prometedora lectura con que próximamente me voy a regalar: España. Un enigma histórico. Ya habrá tiempo de atender a sus tesis y discutirlas. Quizás lo que venga a decir es que lo común que caracteriza a una nación es apenas la idea que se hace de sí misma, lo cual apunta a una cierta voluntad poética o creadora que decide forjar en ese evanescente pero tenaz ámbito de las ideologías su credo sobre España. En el caso de Ortega y Gasset, si acudimos a España invertebrada, ahí se aventura a definir España como conjunto de pueblos que orbitan en torno a un proyecto colectivo que ha sido modulado por Castilla. Eso es España en la medida en que sea una España vertebrada. En la historia es posible crear estos constructos tanto de la razón como de las emociones que son los países y que yo añadiría que muy sospechosamente suelen coincidir, aunque no siempre, con unas fronteras y un Estado que colabora en esa configuración colectiva de lo que somos. De hecho, en la historia reciente, cada régimen, cada gobierno, ha ido modulando una determinada concepción de lo español.
Esto nos conduce, de nuevo, a una cierta desesperación. Es decir, ¿será posible que un país, una nación, solo sean lo que deciden ser? Se diría, pues, que España sería, entonces, lo que los españoles, los no españoles y los antiespañoles que tratan de liberarse de ese orden ideológico y material quieren creer que es España. Todas sus imágenes e imaginarios, no necesariamente coincidentes, confluyendo para que nosotros sigamos preguntándonos en medio de tan apabullante diversidad qué somos. Y entonces la respuesta oscilaría pendularmente hacia el otro extremo del representado por Sánchez Albornoz, extremo que afirmaría, atendiendo a la historia y a este carrusel de interpretaciones, que España es una suerte de cebolla cuyas capas se van aglutinando, como los estratos de un terreno, para ir superponiéndose. De este modo, España sería su estrato árabe beréber, su estrato visigótico, su estrato medieval cristiano, su estrato romano, su estrato colonizador, su estrato ilustrado, su estrato liberal, su estrato carlista... Ciertamente, desde cada “estrato” o capa se ha impuesto una idea, es decir, la actualidad se ha vertebrado en torno a una creencia (volvemos a Ortega) que define y posibilita nuestros movimientos. Así, en la España musulmana, lo fundamental habría sido el Islam. En la España cristiana, sin embargo, la creencia cristiana y la Iglesia. En ambos la conciencia de ser en función de que no se es el otro. Es decir, a la identidad ostentada por ambos cosmos, arábigo y cristiano, se adhiere una suerte de antítesis de lo que uno es, lo que uno no es o no quiere ser o contra lo cual se quiere ir haciendo.
Sí parece quedar claro que tras cualquier idea o esencia atribuida a la realidad “España”, que permanece inasible, lo que somos ha devenido a partir de una cierta voluntad, de un engarce en una determinada creencia en torno a nosotros y al cosmos. Queremos ser esto o lo otro. Y es cierto que, en los márgenes de nuestras fronteras y, por mucho que nos pese debido a la seducción que ejerce el bello y poderoso esplendor de Al Andalus, la España moderna es la que ha acontecido a partir de la unificación de los reinos medievales bajo la égida cristiana. ¿Determina esto inexorablemente un futuro? No, es simplemente pasado, historia acaecida que sí puede constatarse como hecho, al margen de que nunca podamos entender del todo el pasado. Como un halo, se ha ido construyendo una sociedad a la par que un Estado que, aun no siendo sustancialmente lo mismo en cada régimen o época, va produciendo a sus descendientes. Pero es en esta suerte de voluntad a que me refería que trata de hacer realidad, de hacerse realidad, a donde deberíamos ir a buscar qué somos.
Seguramente nos identifiquemos con parte de la concepción que hemos heredado acerca de España y con parte no lo hagamos. Porque el fondo no corresponde, con total exactitud, a ninguna de las ideas que creemos. Nunca lo hace, y permanece tan intangible como mudo. Nosotros le ponemos la palabra. Solo nos resta, si pretendemos hacernos hasta cierto punto con el mismo, explorar en la realidad, mediante el estudio de la historia, cómo nos hemos ido contorsionando para ser lo que hemos querido ser. En cualquier caso, como proyecto, como creencia, una nación es algo débil, bastante relativo y más bien fluido. Tanto que persistir en una muy determinada y perfilada concepción puede hacer daño. La realidad, pero también las palabras, cambian. Por eso lo más sano es aunar la fe con el escepticismo y de ahí quizás resulte un cierto dibujo de nuestro mapa moral, de nuestro rostro más o menos personal; es decir, adoptemos un credo “nacional”, exploremos sus posibilidades, mirémoslo, apliquémoslo, pero solo en la medida en que uno pueda y deba reírse del mismo.
Marcos Santos Gómez
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