21 abril, 2026

La herida de lo inefable: El instante mortal frente al sistema de Hegel.

En lo que se dice siempre queda algo por decir. Por eso nuestro esfuerzo de comprensión tiene que dirigirse a lo que, sin corresponder exactamente con el significado de la palabra, es invocado por ella como un aura sombría. Esta condición remite a que ni el mundo como tal ni sus elementos se agotan en sí mismos ni mucho menos en su pronunciación. No sabemos de dónde parten y a dónde van los latidos inaudibles que se insinúan en las cosas. A veces nos suscitan una inquietud que oscurece nuestra más clara impresión del presente, como si este se comenzara a plegar y mostrara las arrugas de cordilleras donde se cerniesen negros roquedales. Nos adentramos en la existencia como nómadas que se topan con lo inesperado y a los que el territorio resulta ajeno. El navegante romántico, que nos va a ocupar las próximas líneas, padece los vaivenes de la nave, sintiendo su singladura con una mezcla de malestar y de reconfortante ebriedad. De la misma manera que Herder navegando en la tormenta en un viaje al que se refiere Safranski en su libro sobre el Romanticismo, el atribulado viajero se echa a la mar para internarse en el misterio que envuelve al aire y mirar la luz herida por la ventisca y los remolinos de gotas de agua furiosa, tal como los pintara Turner. 

Resulta de interés lo que la realidad promete en cuanto algo que, estando en ella, no apreciamos, pero se adivina en los momentos en que la naturaleza se eriza. El romántico sabe que hay elementos de la realidad que ninguna gramática, con todo su poder lógico, es capaz de aprehender. Las cosas se rebelan contra las palabras como en una tempestad. Se percata de que se da una ruptura en lo que parecía una fiel correspondencia entre el lenguaje y los hechos. Por eso, lo que llega más lejos es la poesía, maestra del arte de sugerir evocadoramente y cuyo poder encantador capta el mundo como si fuera un embriagador aroma. El mundo es, para ella, un misterio y no tanto un problema. Hay que apercibirse de su condición secreta sin resolverla. Cuando mencionamos el misterio no es para aludir a un campo de lo real por descubrir, o sea, por nombrar, sino que se trata, por un lado, de lo que por naturaleza jamás puede ser aprehendido por una mirada objetivadora y, por otro lado, de lo que nos abruma cual desbordante inundación. Excede, por tanto, a toda explicación y, en especial, al intento que pueda emprenderse desde la ciencia por hacerse con ello. Concretando, llamamos misterio al ser de los entes. Es decir, nos internamos en lo ontológico donde el ser no se identifica con la suma de las cosas, sino que se manifiesta como el acontecimiento de su presencia: ese fondo que, al tiempo que permite que el objeto se muestre, se retira de toda captura lógica, como expusiera Heidegger. El ser es el manantial sobreabundante que desborda los entes, y que se manifiesta, vibrante, en los cipreses y girasoles o las botas de un cuadro de Van Gogh. En esas imágenes pictóricas no vemos solo “objetos”, sino el latido del acontecimiento de existir, que no es mensurable. El ser es, propiamente, irrepresentable: es la luz que permite ver, pero que no puede ser mirada. Por eso, lo que las cosas son en su raíz última permanece como un inescrutable misterio al que el lenguaje no puede acceder de manera directa; al menos, todo lenguaje que funcione referencialmente y no evocadora o poéticamente. El lenguaje representativo reduce el ente a hecho (a lo factual) y pierde, en este procedimiento, la profundidad abisal que subyace en las cosas. Por el contrario, el lenguaje poético, como la razón poética en María Zambrano, es capaz de invocar a lo que, como el rostro divino, no se ajusta a ninguna de nuestras imágenes, pero sobre lo cual estas se imprimen. Es capaz de tan rigurosa como imprecisamente, hacer que el mundo trasluzca su inefable esencia.    

El pobre alcance que mediante la expresión lógica del mundo manifestamos remite a lo inagotable de una experiencia que hemos de considerar en términos de vinculación amorosa. Antes de conocerlo, antes de su intelectualización, estamos ligados a lo que el mundo es. Y lo que al mundo nos liga es el amor. El mundo es campo fértil para cultivar nuestro deseo, pues emana de la tierra un requerimiento de vínculo que subyace a las preguntas que podamos formularnos. El amor es tensión prerreflexiva y relacional que nos liga con el otro. Pero cualquier pretensión de verbalizar este vínculo pre-lógico sería vana, pues como una partida de caza en la que los arbustos van aumentando y agigantándose por el camino, la presa huye entre ellos. Para el romántico resulta elocuente lo que, como una corza en lo más tupido, se nos escapa cuando vamos tras ella y casi creemos haberla alcanzado. Se está en el amor antes de comprender. Por eso, la sabiduría y el sufrimiento románticos son propios de Tántalo. 

El Romanticismo, o por lo menos parte de este movimiento, nace, según nuestra hipótesis, de las limitaciones del lenguaje y de la razón para capturar las más profundas dimensiones de la realidad, para referirse al precario hogar donde la existencia prende su frágil llama. Pero no se trata por ello de que rechacemos el conocimiento, sino que, como lleva a cabo Novalis, lo radicalicemos para vérnosla con lo siempre fugitivo. Aplicar una razón poética, en el sentido explicado por Zambrano, no es igual que apostar por un irracionalismo. No nos oponemos a la razón, con ella, sino a un sentido restringido de esta.  

Además, la mirada del romántico se fija en la muerte, que podemos asumir que es el precio de que el cosmos se haya desgranado en los individuos, dispersando porciones de la vieja unidad. Con el nacimiento del tiempo y las divisiones que acarrea, los distintos estados de las cosas, ya se dio la cierta posibilidad de morir. Porque sin tiempo no existe la herida que quiebra el cosmos para que sea más cosas, la discordia, en palabras de Empédocles, para que lo uno e indeterminado se escinda en lo múltiple. El tiempo es la espada que corta tajos de la primera amalgama. Inicia una guerra que obsesiona a nuestro romántico, que padece la negatividad sin resolverla. Este percibe intensamente la separación junto con la memoria de la antigua unidad a la que tiende sus manos. Avanza sintiendo la desaparición de cuanto deja atrás, como si todo lo conseguido fuera antes pérdida que ganancia. Pero trata de avanzar. 

Como señala Martín Arnedo en su libro Como caminante que sueña (ediciones Dairea), al Romanticismo se enfrenta, en gran medida, el racionalismo hegeliano, pues en él la singularidad ingobernable de cada efervescente instante es subsumida en un orden racional que, aunque no la pierde dejándola en el camino, la transfigura. No se trata de una simple negación del pathos romántico, sino de su transformación. En un extremo podemos tener a Hölderlin, como mayor exponente del movimiento romántico junto con Novalis, propensos a lo único y a la noche sagrada que desborda toda forma; en el otro, al filósofo de la Fenomenología del espíritu, para quien lo absoluto no es un fondo que se sustrae, sino un proceso que se despliega. 

¿Por qué, entonces, tiende a percibirse a Hegel como opuesto al Romanticismo? No porque niegue la negatividad o el desgarramiento, a los que sitúa en el corazón mismo de lo real, sino porque los inscribe en un movimiento en el que adquieren sentido. Comprender lo absoluto no consiste en sustraerse al conflicto, sino en seguir su curso, en internarse en él hasta reconocer en la fractura misma el trabajo de la totalidad. Lo negativo no es un accidente que deba ser superado sin resto, sino la fuerza mediante la cual el espíritu se determina. Porque para él el modo de comprender lo absoluto es comprender el todo (el espíritu) al internarnos en su movimiento y aprehenderlo con la razón como aquello que va integrando las negaciones que se van interponiendo en cada claridad que nos sale al paso. Como la vida brota de la muerte y esta de la vida, lo negativo se incorpora en cualquier evento positivo. Al decir, callo; al afirmar, niego; al vivir, muero. Con esfuerzo y con método se sube a la cumbre, sin que nada amenace con quebrar la tensa plenitud. El romántico, en cambio, se enreda en la espesura del momento sin apenas conseguir escapar de ella, de la singularidad del instante. Y cada instante es, para él, mortal. 

Desde esta perspectiva, lo que para el romántico aparece como misterio irreductible, para Hegel remite más bien a una forma todavía no pensada del concepto. Hegel recusa todo ese pathos romántico como un inútil enfrascamiento en la niebla del mundo previa a su disección, considerándolo un atajo que procura sumergirse en este sin pensarlo. Lo que para el romántico es el misterio, para Hegel emana de una carencia de conocimiento cabal. El ser es racional y, por tanto, comprensible. Para él al núcleo de lo real, que Kant relegó a lo inconcebible del noúmeno, se llega pensando, y por eso mismo no valen los caminos de la mística (o la poesía). No rechaza la experiencia de desbordamiento que el romántico reconoce, pero se resiste a detenerse en ella. Allí donde el romántico permanece en la espesura del instante, decíamos, el filósofo de Jena trata de recorrerla, de hacerla inteligible sin por ello negarla. 

Sin embargo, esta diferencia no debería hacernos olvidar cierta afinidad secreta: ambos parten de la experiencia de una escisión, de una pérdida de unidad. Solo que, mientras el romántico la vive como una herida abierta que ninguna síntesis logra cerrar, Hegel la interpreta como el motor mismo de una totalidad que no se da nunca de una vez por todas, sino que se realiza atravesando sus propias rupturas. 

El Romanticismo ha llegado hasta nuestro tiempo. Podríamos considerar, en cierto modo y aunque él mismo lo negara, romántico a un Heidegger, como creo que sugiere Martín Arnedo. Ya hemos mencionado que el misterio que pasma al romántico es el que alberga en su seno el ente, es decir, su ser. La estela de Heidegger, que ilumina retroactivamente al periodo del que hablamos en estas líneas, es evidente. Desde él nos hemos propuesto interpretar el momento romántico del pensamiento. 

Martín Arnedo acude en su mencionado libro al arte pictórico para, centrándose en los claroscuros y diversidad de perspectivas en las que se desdibuja lo dibujado por Caravaggio, de los fondos que se tragan a las figuras, mostrar cómo es el mundo para el romántico (y para Beethoven). No es la claridad y armonía ilustrada (pronto ensombrecida por el Sturm und Drang) ni la serena superficie de los cuadros de Rafael. El romántico va a rebuscar en lo desequilibrado, donde la tensión no aparece superada, donde aquel fondo tenebroso se traga a los individuos. Estos pierden su definición sobrepasados por la incontinente sobreabundancia del ser, por el insondable y desmesurado abismo que los desborda. Entonces, la vivencia mística de lo absoluto impensado desintegra al extasiado viviente, haciéndole proferir los ininteligibles balbuceos de un loco en sus días postreros o exhalar un último suspiro antes de inmolarse. 


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