13 noviembre, 2025

El nombre secreto de Dios

Para Kant, lo último de la realidad, lo que compone en su seno lo más propio e íntimo de las cosas, aquello que estas sean realmente, no puede conocerse. Esto es debido a que los seres humanos debemos ceñirnos a lo que, mediante la representación, por emplear el término del a su manera kantiano Schopenhauer, nos forjamos mediante los sentidos. Es la experiencia, que nace en los sentidos, y la modulación categorial que de esta hace el entendimiento, lo único en que podemos apoyarnos para conocer, por lo cual persiste incognoscible aquello que se puede presuponer que se encuentra más allá de lo que, en su forma determinada, nos llega a través de la experiencia. Kant denominó noumeno a este fondo incognoscible que responde a lo que la realidad es verdaderamente, más allá de nuestro modo de percibirla, y Schopenhauer se atrevió con el intento de esbozar un retrato del mismo especulando metafórica y poéticamente con lo que llamó “voluntad”. La voluntad sería más una fuerza, y no tanto una sustancia, que tensa la realidad por dentro, que, como la vida para Nietzsche, tiende a expandirse y afirmarse a sí misma mediante su proteica aparición en muchas formas. Es voluntad lo que hace que, por ejemplo, un jardín florezca y tienda a desarrollarse, lo que hace que las plantas existan y crezcan. Pero Schopenhauer, como buen kantiano, no puede ir más allá en una definición de lo que pueda ser la voluntad, que antes se vislumbra, presiente o padece que se razona o define, en cuanto pertenece al núcleo íntimo de lo real que corresponde con el noumeno kantiano. 

La filosofía, cuyo afán de totalidad no cesa ni se agota jamás, ha intentado, no obstante, antes y después de Kant, hacerse con este fondo inasible de las cosas. No ha sido muy respetuosa con lo que podemos denominar el misterio secreto de la realidad, al que se ha empeñado en abordar y resolver, reduciéndolo a enigma resoluble o problema. Entre los muchos ejemplos, posterior a Kant, tenemos a Hegel, el maestro que creó el último gran sistema filosófico de la modernidad. Para él la razón sí es capaz de captar el enigma de las cosas e ir dejando que este se exprese, que adquiera su cuerpo. Lo que llamó el espíritu se va revelando en su historia, que es pareja al esfuerzo de la razón humana por aprehenderlo. Todo lo real, en cuanto racional, puede ser aprehendido por la razón.

Sin embargo, hay una línea antigua en la filosofía que insiste en la necesidad de dejar su espacio incognoscible a lo que, en su corazón, el cosmos es. Se pueden medir y contar los latidos de ese corazón, pero nunca podremos saber cómo es. Por esto, esta vía que yo denominaría apofática ha abordado la expresión de lo inefable mediante distintos recursos indirectos. Lo más conocido, en este sentido, es la teología negativa que en especial los grandes místicos han desarrollado. Ese “no sé qué” al que se refiere, por ejemplo, Juan de la Cruz, que es aludido sin que, de manera última y definitiva, pueda ser cabalmente dicho. Al no poder decirse, uno tiene que dar una serie de rodeos y probar con maneras antes connotativas que referenciales de señalarlo. Toda la mística es un buen ejemplo de ello: Juan de la Cruz, Teresa de Jesús, el maestro Eckhart, el sufí persa Rumi e incluso Fray Luis de León, antes asceta que mítico, pero que en alguna de sus odas teñidas de filosofía neoplatónica retrata los altos vuelos a los que puede conducirnos mejor la música que la palabra (Oda a Francisco Salinas). 

La vía apofática ha sido, además, cultivada por estudiosos y filósofos. Por decir uno, señalemos al gran Montaigne, que en sus ensayos parece estar hablando e incluso, en ocasiones, divagando, sobre asuntos que, en su mucho decir, callan lo esencial. Así, el genial ensayista reconoce, como Juan de la Cruz, no saber nada de nada, pero no renuncia a expresar indirecta y abrumadoramente esa misma nada. Algo muy frecuente en los años del barroco en los cuales tenemos a un Baltasar Gracián que en El Criticón dedica cientos de páginas a narrar la búsqueda de algo que, como Godot en la obra de Becket, nunca aparece. ¿Se trata de Dios? ¿Se busca el sentido o fundamento último e incognoscible, nouménico, de la realidad que nos pudiera aliviar en nuestra comezón espiritual? Esta búsqueda de lo no presente, que en su ausencia se siente parcialmente presente, es ya desesperante en el atribulado siglo XX, con autores como Kafka. La literatura ha explorado, en efecto, esto con asiduidad. Recordemos los temas de El proceso o El castillo, en los cuales se da una acusación y un juicio incomprensibles, en el primero, y la búsqueda de unos funcionarios y un lugar, en el segundo libro, donde se encuentra, hipotéticamente, una clave que nunca acaba de mostrarse. Se ha hablado de la influencia de la cábala y el judaísmo en el gran autor praguense; y, en efecto, volviendo a la religión, en el judaísmo tenemos que el nombre de Dios en la Biblia hebrea se escribe con unas consonantes imposibles de pronunciar, es decir, resulta impronunciable, lo que nos sugiere que Dios, como tal, no puede ser aprehendido por la palabra o la razón humana. Del mismo modo, en el islam existe la tradición del nombre secreto de Dios que solo puede ser parcialmente aludido por medio de la recitación de sus noventa y nueve nombres que, en realidad, no son sustantivos o nombres propios, sino adjetivos que expresan atributos divinos, quedando sin nombrar el auténtico y secreto nombre de la divinidad.

Que esta incognoscibilidad de aquello que, en su último ser, sea el mundo o Dios, que este misterio nos cause angustia y veneración al mismo tiempo conecta con lo que, para Rudolf Otto era lo santo. Es decir, lo fascinante y tremendo al mismo tiempo. Lo que más nos fascina y, también, acaso tememos, porque nos sobrecoge y sobrepasa, no puede ser dicho. Pero es bueno que así sea, ya que permanece entonces una necesaria humildad en el saber humano que, de este modo, se sabe incapaz. El misterio insondable que late y que solo indirectamente, con rodeos a la Montaigne o a la Kafka, podemos designar, nos obliga a permanecer cautelosos. Una vida entera de esfuerzo por captar el mundo, por saber, por el conocimiento e incluso en pos de la sabiduría puede consistir, realmente, en una serie de acechantes vueltas, en una actividad puede que insaciable, imparable, que, no obstante, tras muchas idas y venidas consienta en admitir que no se ha llegado muy lejos. Este fue el sentimiento del también persa, como Rumi, y autor de las Rubbaiyat, Omar Khayyam. Ante esto, ante el misterio, solo queda un tierno hedonismo que ensalza la buena comida y el buen vino en grata conversación con el amigo como clave definitiva pero provisoria de la vida. No podemos aspirar a más.

No quiero finalizar sin nombrar a alguien del que a veces se escribe y habla en el ámbito de la pedagogía, pero que fue una figura de curiosidad insaciable que se interesó y escribió sobre prácticamente todas las cosas. Se trata de Iván Illich. Conocedor de más de diez idiomas, conferenciante capaz de impresionar tanto que en su auditorio alguien podía experimentar una suerte de raptos o crisis, infatigable viajero, de cantidad de lecturas y memoria prodigiosas, dedicó la mayor parte de su vida a tratar de mil asuntos. Había, bien es cierto, una nota común en todas sus investigaciones y escritos, que era la idea de que la institucionalización o reglamentación de la vida, que es pura espontaneidad, funcionan mal, la cohíben, impiden su desarrollo. Así, escribió sobre la medicina científica, la red y sistemas de transportes en el mundo, la escuela, la lectura en la Edad Media, la economía, etc. Pero, como él mismo confesó, todo aquello fue el esfuerzo, casi vano, por nombrar, como un místico, lo inefable. Su praxis, su obra, forman parte de un intento apofático por referirse al Dios del que, directamente, apenas escribió una página y al que en su juventud dedicó la ordenación sacerdotal y el ingreso en la Compañía de Jesús, a lo que más adelante rehusó. Hubo en él, creo, un prurito religioso, cristiano, que solo con una atenta lectura de su obra es posible percibir. Yo lo llamé, en cierto artículo, no sé si con buena fortuna, su “cristianismo soterrado”, pues se trata de un silencioso y silenciado cristianismo de corte muy originario, una suerte de callada mística de la fraternidad que va a aplicando a todas las parcelas de la realidad y la tecnología imaginables.

Se puede, por tanto, decir el misterio o Dios, para el creyente, produciendo miles de páginas, escribiendo cantidades ingentes de palabras… pero con la condición de que nunca nada de ello diga realmente quién es Dios o ni siquiera se refiera a Él. Solo en la bruma de este mar de letras, de actividad frenética al estilo de Illich, como en una ensoñación opiácea, comienza a vislumbrarse apenas aquello que hemos buscado justamente en los lugares en los que no se lo ve. Y siempre se nos escapará de las manos.   


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