Lo religioso es un asunto profundo y complejo que debe abordarse de muy diversas maneras. Si se quiere hacer con seriedad, es posible echar mano de los estudios sobre fenomenología de las religiones. Estos se basan en un intento de descripción de la vivencia religiosa a partir de la comparación entre las muchas maneras de manifestarse esta, buscando lo que todas compartan. Así, desde un enfoque fenomenológico, podemos hallar obras como las de Martín Velasco que han estudiado esta problemática y también el fenómeno místico. Sin duda, quien quiera escribir con rigor acerca de la cuestión deberá tener en cuenta este tipo de enfoques que arraigan en el muy conocido y clásico estudio de Rudolf Otto acerca de lo santo y cuyas conclusiones, como es bien sabido, perfilan la experiencia de lo sagrado como algo en lo que se entremezclan la fascinación y el temor, es decir, que es a un tiempo admirable y terrible. Sin ánimo de profundizar ni extenderme mucho, ya que los escritos de este blog o serie de podcasts no tienen el ánimo de ser investigaciones o trabajos académicos y nos mueve, antes bien, un espíritu divulgativo o, a lo sumo, ensayístico, hay que conceder que, por poco que ahondemos en el asunto, la explicación de Otto atina con el sentimiento de lo santo en el hombre. Para mostrarlo me gustaría que mi lector u oyente hiciera un pequeño experimento, que paso a proponer a continuación.
Imagínese que vive en el Paleolítico, en cualquier momento de esa larga prehistoria del homo sapiens en la que, cabe presuponer, todo era, sobre todo, la más sola y abrumadora naturaleza. Imagine bien su percepción, lo que sentiría en mitad del campo, de un campo, como digo, intocado, virginal, en el que, costosamente, habría que sobrevivir. Y, en el tiempo que dejara la supervivencia a esa otra actividad no menos humana que consiste en, de una manera primitiva, incipiente, pensar, imagínese pensando acerca del entorno. Puede que esta ancestral reflexión viniera de la contemplación del inmenso cielo estrellado de la gran noche, de la noche absoluta, vivida en aquellos tiempos. Una de esas noches con que también ahora y siempre lejos de las ciudades y su luz podemos regalarnos, cuando el cielo parece estallar en millones de mudos astros. Porque a la experiencia del cosmos fue e irá, también, parejo un silencio eterno, por decirlo con las palabras de Pascal, que se refirió al silencio eterno de los espacios infinitos (cabe suponer que en lo muy grande y en lo muy pequeño, que son los campos de las matemáticas y la física), señalando además que aquello le inspiraba espanto. El universo girando sin palabras, estando ahí sin más, en una proporción y maravilla pobremente expresable, como si exultara, como una fuente descomunal, ciertamente sobrecoge y, en nuestra desnuda indigencia, nos asusta. Porque permanece extrañamente silencioso. Al hombre primitivo verlo y a nosotros, que tenemos la ciencia, saberlo además tan desmesuradamente gigantesco, no nos acaba de entrar en la cabeza. Pero, como digo, el hombre primitivo, ancestral contemplador del cosmos, no tenía la ciencia. Así que imaginemos que vemos como por primera vez ese cielo maravilloso o que, siendo de día, nos hallamos rodeados de vegetación en una jungla exuberante, o de dureza y vacío en un desierto, de cantos de pájaros, de visiones, de olores, de sugestiones para los sentidos procedentes de un mundo que, como las estrellas, parece girar o ser sin más.
En la inteligencia humana devenida mediante el proceso que llamamos evolución natural, en el modo humano de la inteligencia, está el admirarse por estas cosas. Quizás es una consecuencia de la conciencia en cuanto claro saberse en el mundo y experimentarlo como existente, con admiración. No sabemos si es un rasgo universal de la inteligencia o si se trata solamente de nuestra forma particular humana de sentir la existencia, de ser conscientes. En todo caso, creo que en la circunstancia que tratamos de imaginar lo natural en un ser humano sería, como si brotara cuasi con espontaneidad, la emergencia del sentimiento de lo religioso. Brota la religión con la pregunta acerca de por qué está ahí eso, con la constatación del ser, del ser en términos de physis, como lo entendieron los filósofos presocráticos. La naturaleza nos impactaría, casi como lo puede hacer todavía, con toda su explosiva elocuencia. Y, en medio de la conmoción, tenemos que abrir la boca, extasiados, y sentir todo aquello como lo que es en sí mismo y como si, además, invitara a creer o sugiriera que hay más, que alberga más. Es una atávica sensación que la realidad, de puro maravillosa, no se agota en sí misma, que promete aún más, que guarda algún secreto en su aparecer. Porque, ¿cómo es posible que esté ahí? La naturaleza, el universo, el ser son misteriosos per se.
Claro que si, además de la fenomenología de la religión, consideramos una historia de las creencias religiosas tal como han ido expresándose en textos muy posteriores a esa experiencia primigenia que he tratado de describir, o en restos arqueológicos o artísticos, nos veremos obligados a ir completándola, añadiendo matices a lo religioso. Aunque tenemos muy pocos datos. De la Edad de Piedra apenas nos han quedado restos de enterramientos con algún tipo de objeto que reclama la fe en un viaje del muerto más allá, que, de algún modo, quieren indicar alguna clave que exprese lo que el mundo es, acaso un eje simbólico. Parece que algunos huesos largos de animales quizás se pusieron ahí para ello, señala Mircea Eliade en su Historia de las creencias e ideas religiosas. Y no olvidemos que, en sí mismo, el acto de enterrar con sus recuerdos y atavíos a un difunto ya es expresión de una cierta fe en ese algo más que el hombre, desde sus orígenes, parece presentir en el mundo, además de expresar una suerte de devoción y religación con los demás que en las grandes religiones actuales ha pasado a desempeñar un papel importante.
Las pinturas rupestres, que en realidad son muy pocas y que como expresión que nos queda de nuestros antepasados apenas suponen la punta del iceberg, constituyen en algún caso un excepcional ejemplo de búsqueda por parte de los hombres que rodearon a los pintores y los propios pintores, de una experiencia intensa de la naturaleza, como si procuraran los medios para la vivencia profunda, para sentir con desbordamiento el ser de las cosas. Fueran o no dedicadas a mejorar la caza por medios simbólicos y mágicos, creo que lo que algunos han relatado que han vivido al visitar la cueva de Altamira o escenarios semejantes se parece incluso, se diría, a nuestro cine, y más pensando que los finamente dibujados y coloreados motivos, cuando son naturalistas como en Altamira, observados en un entorno semioscuro y a la luz parpadeante de antorchas, parecen moverse. Hay un dinamismo en las pinturas que nos sugiere la tremenda experiencia que, en tales lugares, a menudo de difícil acceso, se suscitaba, como un viaje por la embriagadora, inasible y fascinante esencia del universo. Es decir, por lo que tales pinturas y algún otro resto arqueológico nos sugieren, fue muy importante al principio como forma religiosa la experiencia chamánica, que nos hace sentir que, de algún modo desconcertante, podemos ir más allá de donde estamos, quizás hacia ese plus de la realidad que se nos insinúa al que antes aludía. De hecho, creo muy posible que del trance chamánico en tiempos ancestrales provenga la sensación de que hay algo así como un espíritu o alma dentro de cada uno de nosotros y que es capaz de viajar, de abandonar el cuerpo. Quizás esto se ligara, casi simultáneamente, con la muerte y con las aspiraciones que todos tenemos a vivir más y a que nuestros seres queridos vivan más. Seguramente, también, surgiera en tiempos primigenios la veneración por la fecundidad, por la capacidad de parir sus criaturas, como en una eterna procesión, del ser humano y de la naturaleza. La fecundidad, que vemos reflejada en las famosas venus del Neolítico, nos remite a la cualidad que tiene la realidad de desplegarse y, sobre todo, de la vida como expansión que parece ir creando de la nada en fenomenal sobreabundancia.
Tenemos, por tanto, ligados a la más primitiva de las formas religiosas la del puro admirar el ser de la naturaleza como autoproducción sobreabundante en el tiempo (physis), y, por otro lado, la experiencia del trance chamánico que se vincula con el animismo y la esperanza de que la muerte no sea un muro infranqueable. Porque ese hombre adánico o mujer Eva a los que nos estamos refiriendo, y no olvidemos que carecen en absoluto de ciencia como nosotros, se han topado con muros infranqueables: el silencio del cosmos estrellado nocturno, la persistencia de las cosas sin explicación ni sentido que se vislumbre, el baile sordo que todo parece danzar alrededor y sin que nadie, con claridad, esté ahí para explicarnos nada. Todo ello son como límites que, para el hombre religioso, o sea, según nuestra hipótesis, para cualquier hombre en su más pura y virginal existencia, sugieren algo más allá de sí. Quizás es lo que casi en tiempos actuales ha escrito el filósofo Jaspers, llamándolo “cifras de la trascendencia”, como si la trascendencia fuera una promesa que se promete justo donde todo parece acabarse sin más, como si, estando terminado, un objeto nos diera la impresión de que nunca lo estuviera del todo y remitiera a lo que el neoplatonismo concibió como su ultraser más verdadero que los entes mismos o a una suerte de meta donde todo tenga su final perfecto. La experiencia, también, del pilar que, en distintas tradiciones religiosas y mitos, sostiene el mundo, fuera de él, pero fundando y sustentando al propio mundo. O acaso el eje en torno al cual, como si fuera la estrella polar, todo gira. Todo ello, en definitiva, como el presentimiento de una trascendencia.
Quisiera por último aconsejar que se tomen las líneas que anteceden nada más que como una simple especulación de alguien inquieto, del individuo que en estos momentos ustedes leen o escuchan, que ha querido destilar, como en la antigua alquimia, lo que subsiste en el núcleo más íntimo de la experiencia religiosa e imaginarse sintiendo lo que ya es absolutamente inaccesible para nosotros. Hoy hay ciencia, pero también puede haber religión. Hay y ha habido formas muy diversas, en ocasiones divergentes e incluso antitéticas, de lo religioso, pero he querido mirar y comprender cómo todo aquello brota, cual de una única semilla, de la situación existencial, antes que histórica, del hombre, de su posición como ser capaz de admirarse y de sentirse situado en el cosmos sin que, en principio, haya podido mirar las manos que ahí lo pusieron, si es que las hubo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario