La experiencia religiosa es ambigua, en cuanto que puede darse, por un lado, como puro terror relacionado con la sangre y los holocaustos, como prueban los sacrificios humanos en el imperio azteca, en la protohistoria china, en los comienzos del antiguo Egipto, en Cartago o en diversos restos arqueológicos del Neolítico y Paleolítico. Los sacrificios humanos han estado ahí como una culpa o vergüenza recóndita en el mismísimo origen de la civilización, como atinadamente, en Totem y tabú, sugirió Sigmund Freud. La civilización es el pacto, decía el psicoanalista, por olvidar un asesinato primordial de alguien, un padre, en cuyo ser y destino entroncábamos nuestras existencias. Es como si en el origen, igual que en las profundidades más oscuras de la psique y el instinto, sucediera algo que hoy no podemos mirar. Quizás, también, el sacrificio de ese chivo expiatorio del que escribe Girard o una violencia primigenia, brutal y ominosa. Las divinidades sedientas de sangre han protagonizado mitos y rituales a menudo, habiendo pruebas arqueológicas de ello desde la prehistoria.
Pero, por otro lado, se ha dado la religión con un regocijante sentimiento de religación con el universo en medio de una gran paz y unidad amorosa con los demás. En cualquier caso, los rasgos de lo religioso parecen estar conectados con la psique más profunda, más allá de una kantiana religión en los límites de la mera razón, pues somos más que mera razón. Hay abismos fuera y dentro de nosotros cuya expresión puede tornarse monstruosa. En la experiencia religiosa esto se refiere al pavor, lo terrible o lo tremendo a que aludía Rudolf Otto en Lo santo, que desde los orígenes acompaña a la fascinación por la naturaleza que ocupó nuestra entrada o podcast anterior. Es, cuando menos, perturbador que la religión, que para muchos hoy se asocia con el amor y la bonhomía, haya producido sus orgías de destrucción y sangre, reflejando esa oscura y cuasi secreta vocación del hombre por matar o matarse, o, de nuevo en palabras de Sigmund Freud, por ceder al instinto o pulsión de Thanatos. Recordemos que para el padre del psicoanálisis existen como algo primordial y anterior a la consciencia dos especies de impulsos que conducen, uno a la muerte (como si envidiáramos a las piedras, explica, su perfecta inmovilidad) y otro a la vida (como si en nosotros actuara y se produjera también la expansión y el despliegue que son propios de la vida). A veces, igual que en la religión, ambos se entremezclan de un modo perturbador en la sexualidad humana, y ambos son también considerados en los mitos. Por ejemplo, en muchos de estos se oponen las divinidades que ordenan o garantizan que siga existiendo el orden del mundo a las que, por el contrario, tienden al caos, a disolver dicho orden, a aniquilar lo dado, llenando de desasosiego al hombre. Es algo que, como Nietzsche tan finamente mostrara en El nacimiento de la tragedia, se hallaba presente en la religión griega, en las fuerzas que forjaron la gran tragedia ática que se entiende, según él, como un ejercicio de organización apolínea del caos que el culto dionisíaco producía. Dionisos puede ser asimilado a esa autoproducción rizomática de la physis, a lo que, en términos nietzscheanos, se ha llamado voluntad de poder, que es, dicho de otro modo, la autoexpansión, la autoafirmación de la naturaleza, del ser en cuanto naturaleza y vida mediante un proceso de generación y poiesis constante, en informe amalgama o apeiron.
Por esto, no ha acompañado siempre precisamente lo más manso a las religiones. En ellas, como en la religión griega, siempre han estado las furias, aunque se hayan domesticado en algunos momentos. Para mí, personalmente, esto ha sido un elemento de inquietud y una pregunta que dirijo, me dirijo, hacia lo religioso: ¿cómo es posible que provoque comportamientos admirables y altruistas en los hombres al mismo tiempo que las mayores masacres, atrocidades y excusas para matar que ha inventado el ser humano? ¿Qué hay en nuestro seno y en el seno de la nuda existencia que conduzca, a un tiempo, a la vida y a la muerte? ¿Por qué ambas, vida y muerte, se encuentran en tan indisoluble unidad, ligadas la una a la otra? Quizás lo que emerge afirmativamente ha de hacerlo a costa de una serie de negaciones, de no ser otras cosas. Y en esta imposibilidad de ser siendo todo plenamente está la necesidad de la muerte, como algo firmemente arraigado en los entes. En la terminología teológica esta es la imperfección atribuida al mundo, frente a la perfección de la divinidad, que justifica para algún teólogo actual de corte leibniziano la existencia del mal metafísico (pienso en Torres Queiruga).
La Biblia asusta porque está llena de escenas terribles en las que la divinidad pide y demanda sangre. ¿Cómo interpretar esto? ¿Por qué lo misterioso, lo nouménico, lo inescrutable y abisal de la realidad propenden a generar en el ser humano el horror? Se ha proyectado esta tenebrosa sed en nuestras imágenes de Dios. Si dejamos por un momento la moral, es decir, si pensamos sin el afán de moralizar, como era capaz de hacerlo magníficamente Nietzsche, situándonos más allá del bien y del mal, hemos de conceder sin aspavientos que hay algo horrible, que produce dolor y, llamémoslo, malignidad en el hombre que lo padece, y que tiene que ver con la contingencia de lo real. Eso es lo que abruma y enloquece a Kurtz en El corazón de las tinieblas, de Conrad. El personaje de Conrad parece no haber podido sufrir o soportar el puro existir desprovisto de sentido, que todo brote sin más, como en la selva, hasta la náusea. El hombre pierde la cabeza cuando percibe o cree percibir el profundo sinsentido y la gratuidad de la existencia natural, cuando siente que el ser parece reposar, infundado, sobre una nada. Es la llamada de esta nada, de esta suerte de hueco en la realidad, la que impugna cualquier afán, reposo o alegría. Se siente como una inquietud, como un inacabamiento de las cosas, como un precario e inasible, siempre a punto de romperse, pilar en el que se sostuviera el universo. Y así lo han sentido, también, las religiones. Los sacrificios aztecas trataban de luchar contra esta fuerza disgregadora que podría hacer, pensaban, que el sol no volviera a salir y la noche se apoderara de la humanidad. En su temor, parecían vivir en la noche, sin embargo. El horror se curaba con más horror. Y, también, parece que, en la antigua religión politeísta egipcia, como cuenta Mircea Eliade, cobró una gran importancia la lucha entre divinidades del sol y el orden, a las que había que adorar, y alguna divinidad mortal o entidad desorganizadora. Se da, pues, en la religión la expresión del temido desorden, la sensación de que el mundo pende de un hilo y de que, como espada de Damocles, hay instancias o simples casualidades que podrían echar todo por los suelos.
Las religiones, o, por lo menos, el cristianismo, parecen haber evolucionado desde esta fijación con lo brutal a un sentido del orden y la justicia. Es lo que subyace a la apología que he leído propuesta por algún teólogo actual y que viene a suscribir una idea un tanto tópica y cuestionable, a mi juicio. Se trata de que Jesús, así como el pensamiento religioso que desde lo más profundo del abismo y el sinsentido ha buscado respuesta, aporta un orden y unos valores que, fuera del terreno de lo religioso, sería muy difícil o imposible sustentar y, por tanto, llevar a la propia vida sin que el caos ejerza su victoria. Creo que este viejo y manido argumento sería con gusto refutado por muchos ateos felices, en el sentido del Zaratustra nietzscheano, que no verían clara la dicotomía que se expresa en la antítesis entre religión igual a orden versus increencia igual a caos y desfundamentación o imposibilidad de asumir valores. Puede haber éticas ateas felices, órdenes sin Dios, vidas con algún sentido precario que, como la propuesta del humanismo trágico de Albert Camus, insistan en la apuesta por la vida frente a la muerte (recordemos El mito de Sísifo del genial filósofo francoargelino).
En definitiva, no sabría decir si lo que nos salva del horror y de la máxima negatividad que ha teñido en ocasiones lo religioso es, también, la propia creencia religiosa. Piénsese que aún hoy ningún credo se halla desprovisto de una buena dosis de muerte y horror que, lejos de que pueda justificarse como producto de una mala interpretación de los hombres, acaso arraiga en su mismísimo seno. En el corazón de la experiencia religiosa estarían, por tanto, como en una exuberante jungla, las tinieblas.