Fernando Lázaro Carreter señalaba, en su excelente manual de literatura para bachilleres de los años ochenta del siglo pasado, que la escritura de Borges parte de un escepticismo al que, lejos de toda gravedad, opone una “elegante ironía”. El escepticismo del argentino promueve el sutil y asombroso tratamiento literario que realiza de sus temas más reiterados, que son los mismos temas de la filosofía, conduciendo al autor bonaerense a irónicos e inteligentes juegos (inter)textuales en los que la frontera entre las literaturas y la realidad queda borrada. Se duda o sospecha de las cosas, del mundo que las contiene y hasta del propio ser. Para Borges es cuestionable todo lo que nos parece intuitivamente más sólido y más verdadero, como nuestra identidad personal, dando la vuelta a nuestra intuición y haciendo que resulte verosímil, por el contrario, lo ficticio, como es la negación de la identidad personal mediante su disolución nihilista en la multiplicidad de sus manifestaciones en distintos instantes y lugares. Bastaría, de hecho, con experimentar la inmortalidad, como revela en su cuento El inmortal, para que todo rastro de sujeto quedara barrido y confundido con la literatura, que, para el argentino, cumple el papel de realidad última. La literatura es el único suelo del que disponemos, y todo lo demás reposa inciertamente en él.
Borges se detiene en todas las amenazas que atentan contra la realidad, las cuales, como señala de las pesadillas, se ciernen como grietas en los cimientos de una casa para recordarnos que el mundo puede venirse abajo en cualquier momento. Es el caso de las paradojas de Zenón que aplican la posibilidad de dividir infinitamente una línea recta para demostrar, contra la evidencia de los sentidos, que no existen el cambio ni el movimiento. Si lo recuerda nuestro oyente o lector, se trata de que en una carrera Aquiles, famoso por su velocidad, jamás alcanzaría a la lenta tortuga si esta partiese hacia la meta con una pequeña ventaja. Tampoco una flecha llegaría jamás a la diana. Esto sucede porque siempre quedaría por medio espacio que recorrer, ya que, como hemos dicho, el espacio rectilíneo se podría dividir en mitades infinitamente. Y así se suceden las paradojas para demostrar que todo lo que percibimos por los sentidos, incluido el movimiento, es una ilusión y que al Ser se accede solamente con el pensamiento. Como el cambio resulta ilusorio, cabe postular al Ser como inmutable, del modo en que el maestro de Zenón, Parménides, lo describió en su famoso poema. Las cosas no son lo que parecen, sino que todo es un único Ser uniforme que podemos “ver” con la razón limando idealmente las asperezas e irregularidades que muestran las cosas en el mundo de los sentidos. Según Borges las paradojas de Zenón, sin embargo, sobre todo enfatizan que el mundo pende de un hilo, que no podemos fiarnos de él, que su consistencia y estructura son débiles.
El maestro argentino acude también a quien se suele contraponer a Parménides: el filósofo Heráclito, llamado “El oscuro”. La imagen que explicita su pensamiento es la del río. En un río las aguas fluyen haciendo que nunca sea lo mismo para quien se baña en él. A pesar de su carácter plural, el río, que es como un enjambre, al ser nombrado contiene todas sus aguas, las que han pasado, están pasando y pasarán ante nosotros. Sucede algo parecido con nuestro Yo. Este, como el río, se compone de innumerables identidades, ninguna de las cuales, para el triste poeta que protagoniza un brevísimo pasaje borgiano, corresponde con quien fuera objeto del amor de cierta mujer. El poeta felizmente amado no es una de las posibilidades del ser. Esta imposibilidad de serlo todo, o de ser lo que más le importa, llena al hombre de melancolía. Y es que por todas partes nos cercan los límites. Una melancolía que también siente el privilegiado espectador del “Aleph” tras contemplar todos los entes del universo desde todas las perspectivas, en todas sus formas y estados, a lo largo del tiempo, simultáneamente. El observador del Aleph, que ha mirado ese objeto conjetural e inconcebible, escribe Borges, que llamamos universo, que todos nombran pero que nadie ha visto, mirado como lo miraría Dios, siente infinita veneración e infinita lástima.
Señala el crítico Nuño en el libro que en un primer momento tituló La filosofía de Borges y en una edición posterior denominó, con acierto, La filosofía en Borges, que Borges profesa un platonismo invertido por el que el mundo de las apariencias, es decir, el de las sombras de la caverna platónica, acaba siendo el único mundo donde buscamos la verdad como olvidados del otro e inmersos en una desolada inmanencia. No hay certeza de que existan con un ser verdadero, no contingente, las ideas del cielo del filósofo ateniense, y tenemos la trágica certidumbre de que el ser se reduce al precario mundo de los entes aquí y ahora, perdiéndose en ellos, rebajado, sometido a la mutación. Borges presupone, pues, una especie de ontología débil, incluso de reminiscencias heideggerianas, que sin embargo no deja de aspirar, nostálgicamente, a recomponerse en la hipótesis de un cielo. Aunque para Borges la metafísica es un sueño, sigue echando de menos a la metafísica, es decir, su mirada es metafísica porque continúa buscando el todo en la parte y la pieza en el fragmento, sin que pueda jamás dar con ello. Es como si evocáramos el modelo del reflejo del espejo sin encontrarlo jamás, perdiéndonos entre los reflejos y olvidando, como en una ensoñación gnóstica, que una vez hubo un origen fontanal de lo que se nos muestra. ¿Cuál es la copia y cuál el modelo? ¿Cuál el soñado y cuál lo soñado? A colación de esto evoca en un bello pasaje el sueño de cierto emperador chino que soñó con una mariposa y que al despertar no sabía si era él quien estaba siendo soñado por la mariposa.
Nietzsche señalaba que cuando ya no hay profundidad en el mundo, porque hemos superado la metafísica platónica, tampoco puede hablarse de una “superficie”. Borges, a medio camino entre Platón y Nietzsche, parece residir en esa superficie que, aunque sigue siéndolo, ya no tiene a dónde mirar. Presupone una insondable profundidad, apenas imaginable, viviendo en la superficie de lo visible. La razón, que se erige como señora entre las ideas, no puede sino ser mendigo entre las apariencias, cuando ha perdido sus arquetipos, desorientada y sin referente. Si las cosas, es decir, los entes, aspiran a un cierto ser, a perseverar en su ser, como escribía Spinoza, y no a la falsa existencia de los muertos en el Hades griego, aquel ha de buscarse frenéticamente en un vertiginoso despliegue de perspectivas que se multiplican como los anaqueles de una ordenada biblioteca la cual, ella misma, no pertenece a orden alguno. Este es, por cierto, el tema del relato La biblioteca de Babel, que, como el universo, oculta lo esencial de sí misma y apenas nos concede sino la limosna de algunos pocos órdenes parciales en el que las cosas son precariamente.
A pesar de la seriedad achacable a esta situación, a pesar de su ceguera, Borges no clama por ese divino orden perdido, que algunos llaman Dios, ni le dirige lágrima o reproche, según él mismo declara en su Poema de los dones, sino que, a lo sumo, se limita a jugar con suposiciones un tanto irónicas respecto a esta caída o pérdida del Edén. Los ojos nos engañan y quizás en esto los ojos sin luz de un ciego puedan orientarnos mejor. La revelación le llega a Homero, de hecho y como cuenta nuestro autor en el breve texto El hacedor, cuando aquel pierde la vista. Entonces se le presenta un mundo que acabará siendo más real que él mismo, que perdurará más que su carne, y que se compone de un mar de hexámetros que cuentan hazañas y desgracias de los hombres. Él fundaría ese mundo fundándonos también a todos nosotros y anticipándonos.
El río de Heráclito recorre la prosa borgiana, como hemos dicho. Es conocido que un discípulo de Heráclito, llamado Cratilo, llevando al extremo lo proclamado por su maestro, desistió de hablar y comunicarse con los demás, porque la ilusión de los nombres falsifica lo que apenas puede asirse, lo que acaso ninguna razón sea capaz de aprehender. Lo que Borges añade a estas cuestiones, más allá de un serio filosofar sobre ellas, es la sobria constatación de que son bellas. Hay una peculiar belleza en el mundo sin Dios, por la que todo parece adquirir un raro fulgor de fuego fatuo en la noche. Porque los abismos que se abren cuando flaquea nuestra fe en la realidad sobrecogen por su sorda hermosura.
En el relato El inmortal, Homero ya no recuerda haber escrito La Ilíada, ni el protagonista del cuento, el hombre que alcanza, como Homero, la inmortalidad, recuerda la lengua en la que, en un olvidado tiempo y lugar, escribiera Las mil y una noches. El efecto de la inmortalidad es, pues, nihilizante, pues aniquila la identidad del hombre que fatiga las distintas eras y que apenas puede sino constatar que lo que va quedando de su carne ante la potencia brutal del tiempo es un abrumador despliegue de palabras que perdurarán en perpetuas combinaciones cuando nosotros nos hayamos marchitado. Y puede que nos suceda como a Shakespeare en el relato Everything and nothing, que yo leo como un solitario ritual cada 23 de abril, fecha de la muerte de Cervantes y del dramaturgo inglés. Lo leo y no puedo dejar de emocionarme, cada vez, porque como he defendido en un podcast pasado, en Borges hay mucha emoción. Cuenta que Shakespeare, harto de una vida de actor adoptando distintos yoes, sintiendo que la realidad de estos se imponía a su desvaída personalidad, antes o después de morir (da igual), se supo ante su creador. A este le pidió ser uno y el mismo individuo. Dios responde al dramaturgo “desde el torbellino” (como el Dios de Job), y para sorpresa del atribulado inglés, le confiesa: “Yo también, mi Shakespeare, como tú, soy todos y nadie”.