En la mayor parte de las novelas y relatos de Roberto Bolaño se percibe como un tema e incluso, diría, como una preocupación personal la existencia del mal, así como su inasumible belleza. Creo que para abordar el asunto literariamente el escritor trató de situarse al modo nietzscheano en una dimensión más allá del bien y del mal en la que la dicotomía entre ambos polos y, en general, todo lo moral dejaran de tener sentido o sencillamente se disolvieran. Explorando este campo de la amoralidad al chileno se le ofreció especular con el perturbador atractivo del mal sin tener en cuenta nuestros escrúpulos. Quiso situar su propuesta literaria en una dimensión en la que se podría abordar el mal sin remilgos, con sobria aceptación, como un paraje vistoso pero lúgubre. Lo atrevido y provocador de esta concepción estriba en que, tradicionalmente, lo malo es asociado a lo feo frente a la belleza que se atribuye a la bondad, al altruismo y al amor. Todos comulgamos con la idea de que una conducta que apueste por la afirmación del prójimo, procurando su bien, es decir, lo que en otras palabras llamamos “amor”, manifiesta de por sí un fulgor propio, como si resplandeciera elocuentemente para convencernos de que la opción por el bien es superior a la que se decide por el daño al otro. Por ejemplo, esta belleza del bien, de una ética a contrapelo, trágicamente confrontada con el hecho de que no queda garantizada la felicidad como premio, al estilo de lo que reclamaba la ética kantiana, ni su victoria en un mundo teñido de dolor y sinsentido, es la del humanismo trágico de Albert Camus. Leyendo la obra de este, en especial sus ensayos El mito de Sísifo y El hombre rebelde, junto con la novela La peste, comprobamos esta suerte de belleza que, como un aura, acompaña al empeño, trágico, por el bien. Un bien que atrae en sí mismo, heroico, pero del que no se espera más que el logro de impedir que mueran unas pocas personas en medio del ingente número de seres exterminados por la peste. Una victoria, pues, parcial, que se queda, siempre, a medio camino de lo que desearía el hombre. Pero, en su quijotesco fracaso, el bien, como digo, parece relucir cuasi calladamente con un esplendor del que el mal, como una ciénaga horrible, carecería. La escritura parca, estoica, del francés contribuye no poco a ir sugiriendo esta hermosura que se alza serena en la tempestad.
La posición de Roberto Bolaño sobre el mal es la contraria. Parte del controvertido y perturbador hecho de que, en la dimensión nietzscheana más allá del bien y del mal, en la que también, por cierto, Camus trata de situarse, él, el chileno, muestra que el mal puede adquirir un carácter precioso. Es como si se perdiera el horror y el asco que nos causa para limitarse a relucir como un gran diamante negro. El arte magnético de sus escritores nazis, por ejemplo, va desarrollando una anti-belleza, o, sencillamente, una belleza de lo abominable. En la novela Estrella distante, asistimos a las creaciones artísticas de un misterioso adorador de lo terrible, ligado a la dictadura chilena y cómplice de acciones tan aborrecibles como la tortura y la represión brutal del régimen. No obstante, este artista, que por un lado crea productivamente y por otro él mismo, su identidad, parece querer desaparecer, compone obras singulares de un resplandor turbio que evoca ese espacio profundo y las lejanas estrellas que, inmutables, con una medio sonrisa heladora, contemplan a los tristes y resignados seres humanos. El tema del nihilismo se asocia a este arte maligno cuyo afán creativo glosa, paradójicamente, la muerte y lo destructivo, es decir, la nada. Lo verdaderamente perturbador para el lector es tener que asentir, con Bolaño, a que, con toda la ominosa ponzoña que rezuma, el arte de nuestro protagonista, y de los escritores nazis de La literatura nazi en América, es un arte digno y que conmueve, un arte que, como los más recónditos recovecos y abismos de nuestra sexualidad, emerge impregnado por la muerte, abocando a la nada y solazándose, siniestramente, en ella.
Pero, llegados a este punto, debemos preguntarnos qué entendemos por este mal que acabamos de caracterizar como propio de un demoníaco nihilismo. La discusión sobre el mismo, en la filosofía y la teología, es amplia. No es ajeno, tampoco, a la literatura anterior a Bolaño, teniendo en las horrendas imaginaciones del Marqués de Sade uno de sus mayores exponentes. En ellas los verdugos justifican sus atrocidades como una fuente de solaz y goce, sordos a los llantos y quejidos de las víctimas. Un mal que no es pasiva ausencia de bien, como explicara Agustín de Hipona en un intento de salvar la creación y justificar a Dios, sino el producto consistente, es decir, con entidad positiva, ontológicamente realísimo, que se inserta en la creación para anularla. El mal sería, si no abandonamos el plano de la teología, el pecado, es decir, lo que destruye al hombre. Son malas aquellas acciones encaminadas, como las que induce por ejemplo la envidia, a aniquilar a la persona que tenemos delante, suprimiendo su humanidad, ignorando su dignidad. Es lo que, producido por el hombre, atenta contra el hombre, como la tortura o el asesinato. Y la propuesta de Bolaño es, insistamos, que esto mismo, por muy aborrecible que nos resulte, puede llegar a ser bello.
En su novela póstuma, 2666, Bolaño aborda sobre todo este tema. El mal aparece como en el relato en el que escribe sobre un pueblo de asesinos a sueldo perdido en el desierto de Sonora en el norte de México, de la misma forma que, de todos modos, podía estarlo en cualquier lugar del mundo. Acompaña de manera intrínseca a la humanidad. Ahí, lo que en otros momentos de su creación literaria representaban los nazis o el fascismo de las dictaduras latinoamericanas, ahora se centra en lo que esconde el desierto, es decir, en las miles de muertes de mujeres, el bestial feminicidio que se está dando tan callada como masivamente en las cercanías de la frontera de México con Estados Unidos. En 2666, novela compuesta, en realidad, de varias novelas, hay una de ellas que se dedica, como en una salmodia recitada con lenguaje burocrático que contrasta con lo que cuenta, a relatar cientos de casos de cadáveres de mujeres encontrados con huellas de haber sido salvajemente torturados y asesinados. El contraste del tono de inventario en que está escrito con el subsuelo de horror en su más pura esencia, de negación, de dolor y desesperación, es patente.
El resto de la novela póstuma de Bolaño también glosa este trasfondo maligno en el que parece debatirse y apenas flotar, como en un pestilente océano, la sufrida humanidad. Archimboldi, el misterioso escritor alemán cuyos cuatro estudiosos filólogos buscan finalmente, tras investigar su paradero, en las soledades de Sonora, nunca aparece ni se nos muestra, salvo en ciertas conmovedoras escenas que hacia el final de 2666 se pintan sobre su infancia. De él apenas queda su rastro, que parece el de un chivo expiatorio de todos los males que, irresistiblemente, debe cantar en su abundante y difícil obra. Esta termina en la realidad. O sea, en las arenas de Sonora que encubren los ominosos crímenes a los que hemos aludido, mencionados en otra parte de la gran novela. El grito callado que tales parajes parecen proferir es el de las víctimas, un grito que oprime en medio de la exultación de la vida en el caluroso mediodía o en la breve tormenta. Y mirando los arbustos y cactus, las rocas peladas, los tonos ocres y el magnífico horizonte, Bolaño, que los recrea, nos conduce a un inconfesable sentimiento de plenitud. Porque la estética del mal que nos presenta es como una reverberación del mediodía en la superficie del estanque tranquilo cuyas profundidades acechan. Nos quedamos, culpablemente, hipnotizados por la belleza del horror.
¿Es que, más allá del bien y del mal, cuando no podemos juzgar, cuando solo se puede aceptar sin más lo que existe, nos está vedado censurar y queda en el fondo, como una estrella distante, titilante, un inexcusable e inexplicable goce que parece emborronar todos los sufrimientos? ¿Un goce infernal, pero que, lejos del infierno de la moralidad religiosa, resulta ajeno, amoral y neutro? Esa es la hermosura del mal que, en términos muchos más relacionados con el dandismo y la decadencia, Baudelaire, tan querido por Bolaño, denominó estupendamente “las flores del mal”, flores que se alzan como una bella excrecencia donde anida lo marginal.
Así pues, la apuesta estética de Roberto Bolaño nos violenta, siendo profundamente escandalizadora, pero representa un épico viaje a ese más allá de la moral en el que solo tiene sentido un nudo y exquisito gozar la ciénaga que, decía Nietzsche, es la existencia y en la que, además, seguía señalando, debemos bailar como si fueran verdes prados. En esa ciénaga no podemos eludir lo horrible, aceptándolo como aceptamos el sol o la lluvia o el mar, asumiendo que simplemente existe y que, a pesar de todo, a pesar de su mal, el mundo, la ciénaga, es un paisaje excelso. Aunque tanto Bolaño como el lector execremos del mal y nos erijamos en obstinados caballeros andantes prestos a combatirlo, nos deja atónitos su fulgor de límpido azabache, su hermoso canto de sirena.