Como un tiempo de carnaval que fuera revocado con cada amanecer, el reverso del día, la noche, trastoca y descompone lo que en las horas alumbradas por el sol se tiene por normal. Hoy yo vivo, plenamente diurno, con la sensación de que el rumor de mis viejas correrías nocturnas todavía me llama desde las calles sombrías, mientras, mansamente, dejo que los sueños pueblen mi sopor. Cedo a otros habitar las horas nocturnas negando lo que, ordenado por la rutina laboral y los horarios, hemos ido trabajosamente afirmando los que seguimos las buenas costumbres. La luz del día vence al presentimiento de que tras las cosas puede haber otras cosas aguardando de manera acechante, como un doble estrafalario y siniestro. La noche es, si acudimos a la literatura, el territorio de ese segundo Yo famoso que Stevenson denominó Mr. Hyde. La vida diurna de la mayoría lo elude, pero se sustenta misteriosamente en él, en quien rehúsa ser. Solo de noche uno puede toparse con los fantasmas que luego no ve en la apacible sobremesa dormitando en una mullida butaca. Bécquer afirmaba de sus leyendas que no se debían leer tras el almuerzo, con la barriga bien llena, sino en la penumbra de una solitaria vigilia nocturna para que pudiéramos captar con propiedad su horror, emparentado con las formas del miedo y de la histeria que se adivinan en la noche, como aquella sábana que, enganchada entre las ramas de un arbusto, semejaba el cuerpo de una mujer a la luz de la luna, enamorando al romántico de alma frágil. Y en otra historia espeluznante, sucedida en la noche de difuntos, cuenta Bécquer que el áspero páramo soriano fue testigo de la aparición de los podridos esqueletos de monjes templarios ávidos de sangre. Todo sucede hacia la medianoche, la hora de las ánimas.
Al caer la tarde, si tanteamos la ciudad, si deambulamos por ella como mendigos o como lunáticos, todo lo que había sido propio de una vida regulada y cuerda, parece descolocarse. Escalamos esas cimas de la locura en las que Lovecraft situó a una arcana e indescifrable civilización, de origen extraterrestre, que nos fundó y que, silenciosamente, también nos amenaza. En la tradición literaria, especialmente la romántica y en ese otro romanticismo que cuaja en la literatura gótica, la noche ha sido metáfora de lo inasible, que, como una muda vibración procedente de algún fortuito cometa, nos causa la impresión de una inefable presencia. Esta vaga certidumbre nos incomoda, pero, de una manera sobrehumana, nos envuelve y eleva igual que las bebidas espirituosas en un ominoso éxtasis.
La noche ha sido para muchas civilizaciones el símbolo del caos. Así lo sintieron egipcios y aztecas. Y el caos es horrible, es decir, el mundo, si se desordena, se convierte en un pozo de terrores. Para el azteca, por ejemplo, cada noche le acarreaba el temor de que fuera la definitiva, de que el sol, acaso, ya no saldría más. Para ellos esto suponía que se imponía el desorden primigenio que daba juego a la improvisación y la voluntad azarosa de dioses enemigos del hombre. Este no podía vivir sin el sol, sin la luz y sin el día. Tampoco sin el fuego. El horror de perder estas cosas era como un miedo generalizado a morir, una poderosa sensación de la propia contingencia, como si se fuera consciente del leve hilo del que pende la humanidad, contemplándolo con los ojos espantados de quien mira a un demonio. Y de este horror primigenio brotó, seguramente, la compulsión de llevar a cabo atroces holocaustos de personas, de curar la sangre con más sangre, de posponer estremecedoramente la riada de muerte que se presentía añadiendo sangre real a la sangre soñada, anticipando el fin, o el oscuro origen, que aquellas antiguas civilizaciones sentían en las propias entrañas. La noche ha sido para numerosos mitos una suerte de remedo provisional de este caos tan temido por los aztecas, del desorden que enseña los colmillos como un vampiro.
Esta noche o caos que amedrenta al mundo ha sido evocada por Borges con la metáfora de la pesadilla, que es, en su definición, un abismo que se abre sorpresivamente en un resquicio de lo real, en lo cotidiano y rutinario, por el que se cuela el no ser que el pensamiento de siglos, desde Parménides, ha tratado de exorcizar. Lo que no puede ser pensado o, aún peor, lo que si es pensado erosiona toda alegría y afirmación vital corresponde con esas criaturas de la noche que la habitan y que podemos leer o mirar en libros y películas del género de terror. El mayor terror es, de hecho y como señalaba Narciso Ibáñez Serrador, el que se origina a partir de algo imposible que se adhiere a la cotidianeidad. Cuanta más ternura incite el objeto perturbador, mayor es el miedo que nos causa su anomalía. El gran director de cine y televisión ponía como ejemplo, en cierta entrevista, una escena en la que un bebé recién nacido abre su boca, aun envuelto en líquido amniótico y sangre, enseñando en perfecta fila todos los dientecillos. Es este un buen ejemplo de uno de esos quiebros que, en nuestras pesadillas, da la naturaleza y que, a fuer de propiciar el sentimiento de lo siniestro, o sea, de lo fuera de lugar, nos está poniendo en cuestión la consistencia de lo real, siendo, por tanto, el miedo, miedo a que todo se deshaga como si se disolviera entre nuestros dedos al tratar de asirlo.
La noche es, pues, un ácido que lo descompone todo y que puede perturbarnos profundamente. Pero, aunque perturba, también puede ofrecer la promesa de lo extraordinario como algo deseable. Visto a la luz del día un acontecimiento nocturno no es para tanto, pero en la hipnótica iluminación de led o neón que suele invadir el espacio excepcional de un pub o discoteca a altas horas de la noche, dicho acontecimiento adquiere unos tintes épicos, como de una Ilíada maldita o enloquecida bacanal dionisíaca. No digamos lo que se vive o padece en el espacio desconcertante y agónico de un after hours. Tan repulsivo como atractivo. Porque en la noche, cual caricatura de Odiseo, cada cual emprende la búsqueda de su Ítaca en una singladura que no elude los monstruos y cíclopes del griego, pero que es tan cómica como dramática.
Quien prueba la noche es como quien prueba una manzana prohibida en un evanescente paraíso de plexiglás al que, fatalmente, volverá. Porque si muerde esta manzana, que Erich Fromm relacionó con un “sentimiento orgiástico”, de eufórica y sublime fusión con el todo que es, también, caída, el náufrago regresa a un Edén perdido. El adicto de lo turbio busca los paraísos artificiales y olfatear el aroma de sus flores del mal, donde retozar enfermo y maldito.
Yo, como he sugerido al comenzar estas líneas, hace mucho que no fatigo la ciudad nocturna y dedico mis noches simplemente a dormir. Soy un pesimista de lo prohibido al que, hoy por hoy, no atraen esas aventuras. Pero su evocación me causa un inconfesable anhelo como de algo perdido. Ciertamente, temo siquiera la posibilidad de que alguna vez mis pasos puedan hollar las sendas de esa otra ciudad. Si se me presentara la ocasión, temblaría por no saber qué puedo encontrarme. Uno puede arriesgar la vida por, dicho con las palabras de un tema de Extremoduro, “conocer a aquel que se margina”. Estos lugares a los que me ata, como escribe san Agustín, una sacrílega curiosidad, no carecen de un fulgor raro y precioso como de un diamante negrísimo. De hecho, cierto amigo y yo nos hemos prometido volver a recorrer la noche, mirando en los rincones que el día oculta y que esta ofrece como una exhalación volcánica. Pero cuando lo medito seriamente, dejo atrás este anhelo de juvenil heroísmo que se nutre de recuerdos y lecturas, para despertarse en mí una anciana aprensión. Porque la desquiciante vigilia significa una distorsión que solo soporta la bravura de quien, por sus años, apenas es joven soldado. Entonces, nada cansa, nada nos amedrenta, nada se teme. Resulta justo, también entonces, vivir la vida con un regocijante y chispeante vértigo.
Otra cosa es el insomnio. El insomnio es como si el día se colara en el tiempo que no le corresponde. Entonces uno trata de domesticar y meter en la rutina a las horas que persisten en mantenerle en una tediosa y exasperante vigilia. Es por algún episodio de estos que he podido entretenerme en escuchar apenas el rumor de esa vieja noche de mi juventud en la que se cuela el canto de un ruiseñor urbano o la oportunidad de leer y escribir en deliciosa soledad, casi siempre poesía, comprobando la razón que tienen los monjes en comenzar sus oraciones sobre las cinco de la madrugada. A esa hora hay un no sé qué singular en el aire que a quien lo escucha apartado, lo lleva a una profunda y tranquila reflexión. En esos momentos suelo acordarme de que cierto individuo terminaba todas sus fiestas llorando. El tumultuoso paso por la trastienda del mundo, por lo que se oculta a la lucidez, de algún modo lo perturbaba. Y él respondía con un llanto que prolongaba, como una lacrimosa rutina, cada vez que regresaba del ímpetu aciago por las calles vacías.
Citemos, por último, a un personaje de la televisión que decía de la noche que lo confundía. Creo que la expresión, tomada por el público como un chiste, atina con la verdad. Porque trasnochar nos va despojando de nosotros mismos, borrando con cada velada lo que somos, como si nos desintegrara.