Dámaso Alonso comparaba la emoción que evoca la poesía de Jorge Guillén con correr desnudo en la playa solitaria para zambullirse en el mar. La plenitud y la pura afirmación de ser se abren, entonces, como un abanico en el instante, que, igual que la juventud, apunta a una eternidad ante la cual no se ciernen amenazas. Leí este gozoso símil precisamente en mi juventud, en el volumen que Dámaso Alonso dedica a sus compañeros de generación, titulado Poetas españoles contemporáneos, entre el memorial y la crítica literaria. Después, he leído bastante a Jorge Guillén, su obra Cántico, que ya en el título expresa una exultante alabanza. Es, reconozcámoslo, un poeta intelectual, que no gusta a todo el mundo, pero que otro grande, Jaime Gil de Biedma, defendió de torpes acusaciones que lo relegaban a un ominoso papel de poeta de la burguesía. El prejuicio vino, seguramente, de quienes prefieren cantar al pueblo, a sus luchas y a la transformación social, creyendo que la poesía debería propiciar cambios sociales. A mi juicio, el arte, sin embargo, cambia poco las cosas. Sirve para una tarea más básica que vinculamos con la experiencia extática. Esta consiste en una poderosa vivencia por la que el ser del mundo, de ese conjunto de los entes que llamamos realidad, se torna vívido y elocuente, mostrándose a uno como si se tratara de la sedosa e iridiscente cola de un pavo real al abrirse. Esto, y no una mera ensoñación que solamente partiese del tener la barriga llena, es lo que verdaderamente canta Jorge Guillén. No es poesía burguesa, sino metafísica. Y cuando glosa, por ejemplo, el momento de la siesta en el mullido sillón tras el opíparo almuerzo o la plenitud del sol en su cénit, o sea, del mediodía en que todo es luz gozosa sin sombras, se está refiriendo, en la medida que la poesía lo puede hacer, al mismísimo ser. La calma, la ausencia de lucha, el sosiego que se entrevera con una alegría que parece hormiguear en el abdomen como la del niño que espera los juguetes traídos por los Reyes Magos, todo eso es el tema de la poesía algo difícil de apreciar que estamos aludiendo. Es cosa rara que un poeta glose bondadosas sensaciones y no tristezas o melancolías. Hay muy pocos que lo hagan. Quizás, también, Walt Whitman. No hay en él, por tanto, sentimentalidad fácil ni nos conduce a luctuosos quiebros. Su lenguaje tiene algo de reluciente talla de orfebrería que apunta a la idea que estamos mencionando, o, dicho de otro modo, al culto del horaciano Carpe diem. Hay que matizar que este Carpe diem, que no deja de ser un antiguo tópico de la poesía universal, no sugiere ningún exceso ni abuso sensorial, como si hubiera que saturar al cuerpo para olvidarse de que el tiempo pasa escapándosenos de las manos hasta que todos damos en la mar que, en palabras de Jorge Manrique, es el morir. Antes bien, define esa eternidad que, como un abanico, se extiende en el instante intensamente vivido.
No sabría decir, como insinúa Schopenhauer, si esta vivencia es la del eterno presente en que viven los animales. Peso sí estoy seguro de que remite también a nuestra infancia. En ella, por lo menos en mis tiempos, los niños leían libros y estos procuraban un placer que se oponía a cualquier anticipación de la vejez y la muerte. El niño, como el joven, se sabe inmortal y ejerce dicha inmortalidad cuando lee, enfrascado, una grata novela. Como ejemplo personal puedo mencionar la felicidad que me procuró la lectura de La historia interminable, de Michael Ende, en torno a mis diez u once años. Los libros han sido para mí, desde aquel tiempo, un objeto mágico, de culto, que ahora colecciono para adorarlos y, llegado el caso, leerlos. Las lecturas de la infancia y juventud se imprimen en la memoria con una potencia que ahora echo de menos, aunque la comprensión de los textos sí que va aumentando con la edad. Pero lo que antes faltaba de conocimiento profundo a la hora de leer, lo había de chispeante fruición. Bien fuera en forma de libro convencional o de cómic infantil, la literatura me situaba en una meseta de alegría en la que echarme a sentir el sol, como en la playa, cerrando los ojos. Stevenson, Alejandro Dumas, Conan Doyle son algunos de los autores que mayor placer me proporcionaron.
Junto al libro, otro objeto procurador de infantil arrobo, propio de mis tiempos de niño, era el reproductor de vídeo. Hay películas que se imprimieron con fuerza en mi imaginación estimulándola como cuando, también, iba al circo. Así, las clásicas de superhéroes, de finales de los años setenta y primeros ochenta, me hacían casi volar con ellos y sentirme omnipotente. Quiero mencionar, sobre todo, por el tiempo que esperé para verla, la película E.T. El extraterrestre. Previamente había leído una novelita que salió sobre ella, a partir del guion, y que yo devoré. Por entonces el cosmos y la posibilidad de vida inteligente fuera de la Tierra me inquietaban. La historia del manso alienígena que traba amistad con un niño y que uno sentía cálidamente cercano, pero también incomprensible, me inspiraba un remedo de esa sensación cuasi corporal, aunque de raigambre metafísica, que he llamado a veces “vértigo”, igual que el que poco a poco, me iría produciendo la literatura de Borges según iba leyéndola y, esforzadamente, comprendiéndola.
Lo que podemos denominar, a partir de la breve décima de Jorge Guillén llamada “Beato sillón”, como una mística de butaca o sobremesa, es decir, la vivencia de la nuda afirmación de ser que se siente con un gozo supremo, también ocurre cuando jugamos. Y hay un juego que parece invocarla especialmente. Se trata del ajedrez, en que se enfrentan dos inteligencias en un combate cortés que reduce el mundo a fichas y casillas de un recortado tablero. Es un juego elegante y bello. Borges le dedicó dos sonetos que, no obstante, dentro del tono de estoica mesura, introducen una de las grietas que a él le gustaba señalar en la realidad. Esto ocurre cuando se pregunta si también los jugadores son, acaso, fichas movidas por otra mano que, a su vez, es movida por otra y por otra. De nuevo, en su universo, no se detiene el pensamiento en un Dios, como en el monoteísmo clásico, sino que se despliega en un mar de causas y principios que se pierden como en la lontananza. Cualquiera de ellas puede ser un espejismo soñado por otra anterior, igual que la procesión infinita de las olas en el mar suavemente agitado por el viento. Si nos fijamos en los jugadores de este deporte que puede practicarse bebiendo licor o café y fumando una placentera pipa, no apreciaremos ninguna otra circunstancia que se cierna en torno a ellos más allá de la nota del diapasón de la cortesía y el noble juego.
La vida humana tiene algo de círculo. El círculo también expresa la perfección del todo, redondo y autocomplaciente, como la esfera que parece flotar sin más sobre la nada sin espacio ni tiempo, que es el universo. La infancia que deriva en la juventud, tras unas décadas de vida “adulta”, desemboca en el estanque de la vejez. En ella vuelven los juegos inocentes a ocupar un lugar importante en la vida del anciano. Tal vez el ajedrez. O quizás, en la residencia de mayores, cuenten sus vidas como contaban sus cuentos los personajes encerrados en aquella casa de campo que relatara Boccaccio en el Decamerón, libro que escribió, seguramente, riendo sin parar. Del mismo modo, igual que los dolores de la edad o el acecho de la peste pueden ser mitigados por las narraciones, en un momento que resplandece como una piececilla de oro pulido, el anciano exorciza sus pesares sintiendo el sol templado del invierno en el mediodía sobre su piel agrietada. De nuevo, tenemos el sol, el sol esplendoroso del mediodía, o la siesta que se duerme en el beato sillón que cantaba Jorge Guillén. Ahora, en la vejez, el mundo también parece reducirse a uno o dos placeres que vuelven a constituir, como una respuesta sin palabras, el término de tantos porqués. El teólogo Bultmann, nonagenario, escribía a su amigo Heidegger, en una carta, que ya solo le quedaba fumar su pipa, que, como un sol pálidamente irradiante, condensaba en una misma fruición al universo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario