09 febrero, 2025

Locos por las ideas

La democracia se suele estropear, por muy bien hecha que esté su trama jurídica e institucional, por aquellas dolencias que afectan a la discusión racional. Puede que entre las partes que intervienen en un debate público, como en los debates electorales, se tergiversen u oculten datos o hechos, se callen los verdaderos fines buscados, se emplee un doble discurso diciéndose como A lo que en realidad es B. Si se asume que lo que se está dando es una pugna en la que hay que ganar a cualquier precio, todo vale y, desde luego, nuestra imaginación se queda corta a la hora de enumerar las posibles vías por las que la comunicación resulta vilmente falseada. Así, ha habido en España recientes debates entre candidatos en temporadas electorales que hacen sentir muy sincera y hondamente lo que vulgarmente se denomina “vergüenza ajena”, pues aquellos de nosotros cuya participación política se reduce al voto cada cuatro años nos sentimos traicionados por quienes están moralmente obligados a permanecer en determinada altura. El problema es que si la altura de la discusión racional, de los debates en general y de todas las vertientes de la política en sus niveles más básicos y cercanos a la ciudadanía se hallan viciados por dinámicas como el linchamiento público en redes sociales y la sordera que ya va siendo endémica en nuestras sociedades para escuchar las razones del otro, no podemos pedir demasiado a la alta política. En definitiva, hay muchas causas que intervienen, demasiadas, para que la sinrazón y hasta la chabacanería se haya apoderado del debate público. Son tantas que en las pocas líneas que componen estos breves escritos que mi ocio va aportando al más que proceloso mar de internet no voy a seguir nombrándolas. Menos una. Y porque me preocupa, por su presencia no ya en la más candente actualidad, sino por su insistente reaparición a lo largo de la historia, como una constante que ha llevado a los hombres no ya a no entenderse, sino a la guerra y al exterminio. 

Me refiero a las ideas en sí mismas. Porque las ideas pueden enloquecer a los hombres. Para emplear términos más técnicos, digamos que tengo en mente como si fuera una de las furias instaladas entre los seres humanos, lo que en sociología o politología se denomina “ideología”. Ya sé que hay matices y algunas acepciones diferentes del término que no concuerdan del todo, pero yo voy en esta ocasión a partir de la concepción esgrimida por el premiado politólogo Giovanni Sartori en un libro ya algo antiguo, pero aún muy digno de leerse para tenerlo como punto de partida en disquisiciones como esta que en estos momentos ofrezco al lector. 

El libro, bastante conocido, se llama Elementos de teoría política y está editado por Alianza. Consta de capítulos al modo de artículos escritos en torno a los años ochenta del siglo pasado. Entre ellos, uno se dedica a la ideología y en él esta es definida como creencia en torno a la praxis social y, diríamos, al mundo de la vida, que promueve una determinada línea de actividad, que conduce en una dirección la práctica política. Se trata, pues, de lo que generalmente se conocen como ideologías políticas en las que, simplificando mucho el mencionado capítulo, se distingue un núcleo teórico, las ideas en sí mismas, lo que se cree, y que puede ser reforzado con argumentos. Pero, por otro lado, se distingue también como componente un conglomerado de emociones por las que el sujeto puede estar ligado a dichas creencias con mayor o menor adhesión sentimental. Hay, pues, dos fortalezas en las ideologías. El núcleo duro de la teoría en sí misma, con su armazón de razones, y lo que, a nivel emocional, produce como adhesión, como adscripción al mismo, en el grupo de personas que enarbolan una determinada ideología. Pues bien, lo que esto tiene que ver con la calidad, posibilidad o imposibilidad del debate político (entendido como pugna entre ideologías) es que según la intensidad con la que se den uno, el otro o ambos aspectos, teórico y emocional, la discusión puede resultar factible o las posturas divergentes pueden, por el contrario, estar tan enfrentadas que apenas exista el menor atisbo de entendimiento. Yo suscribo esta visión de Sartori que dota a las ideologías con una suerte de posibilidad o imposibilidad de ser ostentadas y defendidas racionalmente, es decir, serenamente. Y es justo esto, esta tanto racionalidad como serenidad, lo que echo en falta en el actual debate político. Dicho de otro modo, los sujetos hoy en la arena pública están visceralmente ligados a sus propias ideas, y no ya las defienden, sino las gritan, porque, literalmente, les va la vida, o, mejor dicho, el corazón en ello. 

No resulta, pues, inocuo, lo que uno cree. Lo que uno cree y cómo lo cree. Como he señalado líneas arriba, las ideas nos pueden enloquecer. Dicho suavemente, digamos que son un efectivo motor del comportamiento tanto individual como de los pueblos y sociedades. Fueron ideas, bien es cierto que acompañadas del afán de riqueza, las que enloquecían a alguien que, en el siglo XVI, se metía en un barco a complicarse la vida en la guerra y sometimiento de miles de personas que no conocía. Son las ideas las que convirtieron al siglo XVII a Europa en un campo permanente de batalla con masacres que solo las ideas y la historia del siglo XX llegaron a superar. Por una idea o ideología, como el nazismo, cuanto más si ostentan un componente religioso en el más amplio sentido de la palabra y en el más restringido también, el ser humano ha perdido la cabeza, lo que quiere decir, que puede matar y ser muerto por ella. Creencia y martirio fueron, por ejemplo, los componentes más primigenios de la fe cristiana, en los albores de su historia. El dar testimonio de una fe, demostrar que se cree, afirmar la propia creencia contra cualquier circunstancia que pueda atenuarla, es lo que se ha llamado muchas veces “martirio”. ¿Cuántos no llegarían a matar en una guerra por aferrarse a unas convicciones con lo que el periodista Chaves Nogales llamó “estupidez y crueldad”?

Y si las ideologías, ya religiosas, ya secularizadas, logran estas tristezas, qué no van a lograr cuando se intenta contra ellas dar razones, escuchar y pretender ser escuchado. Tornan el debate una tarea imposible. De manera que el sujeto, aferrado a esas ideas que le encienden por dentro, por las que daría todo, que le parecen justísimas e, incluso en medios laicos, sacrosantas, abandona la discusión, esto es, abandona los requisitos racionales para que la discusión progrese, para que la democracia, entendida no solo como voto individual sino como capacidad de llevar a cabo pactos, sea efectiva. Nos negamos a ceder un ápice, a conceder la palabra al otro, a sopesar fríamente los argumentos o sencillamente a escuchar. Actuamos arrastrados por una pasión, por una mala pasión, que divide y separa en lugar de unir. La adhesión fuerte, irracional, no nos deja pensar bien y, en este sentido, la creencia, la ideología asumida como se asume una personalidad o una larga costumbre, enturbia los corazones y dispone más que malamente para llegar a ningún sitio como pueblo, clase social, ciudadano, hombre o mujer. 


Marcos Santos Gómez


03 febrero, 2025

Delirios patrios

Hay sueños que pronto se tornan pesadillas. Las pesadillas más perturbadoras son, de hecho, las que con un sesgo amable nos revelan que aquello que estábamos soñando albergaba en realidad horrores, como si uno contemplara un hermoso bebé neonato que, al sonreír, mostrase toda su dentadura completa o, de manera aún más fuera de lugar, sus dientes fueran pequeños colmillitos. Del mismo modo, en la historia se hace patente que muchas de las cándidas ensoñaciones del hombre han cuajado en hechos sangrientos. Con demasiada frecuencia, ha corrido la sangre vertida por ángeles. Resulta demasiado fácil dejarse mecer por una idea bella y ceder a la tentación de vivir emocionado por las potentes grandezas que nos prometen los mitos en torno a lo que más apegados nos sentimos, como es el lugar de nacimiento, los recuerdos que acompañan la nostalgia de la infancia durante toda la vida; pero de este sueño en torno al terruño han emergido no pocos horrores.

La visión idealizada de lo propio, de esto que llamamos patria, es la que propiciara el falangismo durante el largo periodo de la dictadura franquista. Un sueño patriótico por el que la grandeza de la propia vida se dirimía en la grandeza de la nación. Uno podía contagiarse de la efusión mágica con que el pasado acudía para salvar un presente gris, con toda su añeja majestuosidad. Porque cuando se recuerda un imperio, todo resulta engrandecerse. Un imperio, con todo lo que esto significa de haber ostentado, para mal y para bien, un papel fundamental en la historia universal y en el destino del propio y de otros pueblos. Este era uno de los pilares, de hecho, de la ideología falangista, que parecía andar adormilada entre sueños de esa guisa, como en una especie de delirio de grandeza. De aquí extraía una noción de España cargada de mito por la que, espiritualizada, esta era vista como un todo consistente. La definición del franquismo aseveraba “España es una unidad de destino en lo universal”; definición en la que se aunaba lo mundial con lo autóctono y situaba a España bajo la égida de una supuesta unidad mística, incorpórea y sublime. Esta idea atrajo, qué duda cabe, a gran número de intelectuales en los años treinta y posteriores del siglo pasado, pues albergaba un cierto atractivo. El atractivo, decíamos arriba, con el que se nos presenta la patria mitologizada, un atractivo casi irresistible, que, aunque hoy nos resulte inconfesable el dato, atrajo, y mucho. 

A la idea de una España confitada se añadía el valor que, para esta, inextricablemente ligado a su identidad, ostentaba el catolicismo en su versión más tradicional y, en consecuencia, la oposición a las ideas liberales que habían monopolizado gran parte del siglo XIX español. En dicho periodo, hacia el final de la época fernandina, los tradicionalistas llegaron a popularizar el lema “Vivan las caenas”, con lo que querían indicar que más vale vivir en un orden antiguo y prestigioso, de inspiración sagrada, ornado por la tradición, que en el progresismo más o menos ateo que propugnaba el liberalismo. Los curas, si bien habían luchado y militado en todos los bandos como les es propio aún hoy, se habían destacado ya en la guerra de la Independencia por haber sido partidarios de guerrillas nacionalistas que combatían al francés, de manera que incluso alguno, fanatizado, ya parecía anticipar lo que constituirían las milicias del carlismo. Uno se imagina una sotana hecha harapos y a alguien, como nos lo pinta Galdós en alguno de sus Episodios Nacionales, lanzando proclamas con las venas del cuello bien marcadas, enrojecido el rostro, contra la invasión francesa y por la unidad en la tradición que, se supone, nos era propia a los españoles. Ser antiliberal, además, era ser anti bonapartista y, como en gran medida recogerían también las ideas falangistas, ser anti europeo. Tanto que, mientras estas ideas y su régimen duraron en España, poco pudimos hacer para que nos aceptasen en la muy liberal Europa de lo que hoy es la Unión Europea. 

Prosigo este breve discurso afirmando algo que puede no ser bien entendido y resultar polémico, pero lo voy a decir. Veo mal que el monumento del Valle de los Caídos se venga abajo y deje de estar ahí. Porque es un centro físico en el que, como ocurre con los sueños de inmortalidad de los faraones cuando vemos sus pirámides, en la desmesurada construcción de piedra labrada en la montaña, con su enorme cruz, se expresan esos sueños imperiales a que me refería, que pudieron ser amables y atractivos como lo son todos los mitos, que movilizaron para hacer una guerra, ganarla y constituir un nuevo Estado de vencedores, pero en una España muy lejos de la realidad y aún más, salvo tristes experiencias africanas, de su viejo pasado imperial. Un sueño bello, pero que, como también decía, manifestó la faz de una pesadilla en la que España anduvo perdida. El régimen franquista, hoy es bien conocido, se apropió del arte, la historia y la cultura, de manera que todavía hoy el español se despista con ciertas cosas, con objetos como su propia bandera o con su pasado o con la definición que quiera decirse y creer acerca de su nación. Cuando hoy nombramos a España o jugamos a que la queremos o la dejamos de querer, resulta ineludible el peso que la larga dictadura franquista y la visión falangista que perpetuó manifiestan en ello. Un sueño que fue también una pesadilla de la que todavía hoy nos cuesta librarnos, como del dolor producido por una vieja herida que nunca cierra. 

Para restañar tanto la herida como sus ya demasiado prolongados efectos, propongo la receta que también propugno para orientarse en general en la historia y en la política: serenidad. Serenidad y objetividad. Es cierto que un Estado que fue producto de una victoria, que fue parte de una era turbulenta de violencia desatada, no pudo cerrar nada. Los años de paz no fueron, en realidad, años de paz, sino de permanente recuerdo de la guerra y de que esta se hallaba, podríamos decir, en su ADN. Así, el dolor ha llegado hasta nosotros y, a pesar de que ya llevamos más años de democracia que los que hubo de dictadura, todavía tenemos que enfrentarnos con aquello y tratar de disolver las consecuencias de tan lacrimoso pasado. De nuevo digo que solo serenamente, encarando pasado y presente con calma, narrando los hechos sin pasión y tomándonos símbolos como la gran cruz del Valle de los Caídos como historia cuajada en piedra y nada más (ni nada menos), podemos ir adentrándonos, verdaderamente, en la senda de la paz. Mirar el horror y el abismo puede ahogarnos en su ciénaga moral, pero el esfuerzo que pido, espero que no sobrehumano, es el de poder mirarlos sin que, por una vez en nuestra agitada historia, se nos mueva un solo músculo de la cara. 


Marcos Santos Gómez


Los puntos ciegos de la historia en "Austerlitz", de Sebald

¿Cómo es posible señalar lo que no acertamos a distinguir en la medianoche? ¿Con qué palabra podríamos iluminar la noche absoluta a nuestros...