31 octubre, 2025

Sobre el teólogo Hans Küng

Que la creencia religiosa no es incompatible con un sincero talante crítico y reflexivo, o, dicho de otro modo, que creer no excluye pensar, es lo que se me antoja más representativo de la desafiante manera de hacer teología del suizo Hans Küng. Leerle a él, como a otros avanzados miembros de esa alta teología que sitúa al cristianismo en el ámbito de lo razonable, significa un estimulante desafío que, a no dudar, sin embargo a más de un creyente le resultará difícil de encajar e incluso le irritará. Pero a pesar de ello, hoy por hoy, y puestos a creer en lo que propugna la fe cristiana, no hay otro modo más acorde con los tiempos y con la ciencia de hacerlo. Bien es cierto que, justo en un momento que vivimos, en especial en Europa, no ya de ateísmo militante, sino de la más pura y extendida indiferencia por lo religioso, creer se ha convertido casi en un acto contracultural.

Existe la confusión acerca de que la fe es una cuestión de creer porque sí, sin más, a veces en una serie de verdades cuya historicidad es olvidada y sin el menor afán científico por dilucidar su autenticidad. Para los teólogos como Küng, sin embargo, el cristianismo se va tornando, en su presentación, algo que, si bien no puede ser tachado de racional, sí puede, al menos, ser estimado como razonable, sobre todo en el sentido de que es mejor a nivel existencial creer que no hacerlo y de que, después de todo, el cristianismo es bueno para el hombre. No hay mejor modo de hacer, en la actualidad, una eficaz apología que la de estas teologías comprometidas con la razón y, añadiría, no temerosas de esta misma razón, pues, como es bien sabido, a no pensar se aprende por miedo. Así, me parece que a esto apunta el nombre de una cierta asociación que gestiona un interesante canal de youtube, lleno de conferencias de este tipo de teólogos y religiosos: “fe adulta”. Del mismo modo, recuerdo el caso de una alumna que me contó que su tío párroco ofrecía cursos en la parroquia sobre Erich Fromm para que la feligresía puliera su fe en este sentido que estamos señalando de hacerla más adulta o madura. Es decir, se puede creer de una forma acorde con los avances en la ciencia y con un sereno y cabal espíritu crítico.

Pero este cristianismo razonable, único capaz de defenderse desde el sentido común, despierta animadversiones, acaso, como estamos señalando, por el miedo que produce pensar o, en palabras de Fromm, el miedo a la libertad. El mismísimo papa Francisco pasó su papado defendiendo, con hechos y discursos, esta versión del cristianismo, que enfatiza el amor y el perdón, lo enseñado por Jesús de Nazaret, su seguimiento como orientación y proyecto de vida, por encima del culto, que, aun siendo necesario, no tiene sentido si se convierte en el centro de la actitud religiosa y no sirve para fortalecer el tránsito por el mundo del cristiano. Hay, no obstante, la necesidad en muchos creyentes de reducir (es lo fácil) su creencia a la liturgia y el culto, que quisieran devolver al latín y los más rancios y recargados rituales, con tal de, parece, no mirarse con honestidad en ese espejo que nos devuelve nuestra imagen que son los evangelios. Así, se han dicho auténticas barbaridades de un papa Francisco que cada vez echo más de menos, cosas que no se oían ni veían desde los peores tiempos de luchas intestinas en la Iglesia y el papado de la Edad Media. Se da la coincidencia de que quienes de manera más radical han llamado a la desobediencia al papa Francisco son quienes con Juan Pablo II apelaban, contra sus críticos, a la infalibilidad papal y al hecho revestido de un cierto tinte de superstición y magia de que al papa Juan Pablo lo eligió el Espíritu Santo. Y este es el problema. Dejar de ver lo humano en la Iglesia. Aún más, tener miedo de ver y aceptar lo humano en la Iglesia. Porque, contra lo que muchos creyentes dogmáticos y fundamentalistas piensan, se puede, decíamos arriba, creer y pensar. Ambas cosas.

La defensa que hace Küng del cristianismo en libros como Ser cristiano puede convencer o no, pero por lo menos nos pinta una fe digna de creerse, por la que se puede, razonablemente, apostar. No es cierto que la historización que lleva a cabo de los dogmas y de numerosos asuntos de fe deba ser tachada de cosas como, según leí hace poco que la llamaba el presidente de la Conferencia Episcopal Española, arrianismo. He leído mucho a Küng y lo estoy leyendo en la actualidad, y, ciertamente, no encuentro que su fe sea, como escribe el susodicho cargo eclesiástico, la fe de Arrio. Recordemos que el arrianismo es subordinacionista, es decir, entiende que la segunda persona de la Trinidad, el Hijo, es creado con una naturaleza distinta del Padre, por lo que no es eterno y se enfatiza su lado humano. Küng nunca rechaza ni la eternidad del Hijo, ni la unidad de esencia con el Padre afirmada en el Credo, ni la doble naturaleza divina y humana de Jesucristo. Solo que, para explicar el cristianismo, sobre todo a otras confesiones a las que nuestro teólogo ha dedicado gruesos volúmenes (judaísmo e islam), sea mejor acudir a la vida de Jesús para entenderlo desde ella, desde abajo, desde lo que hizo, y no tanto desde la especulación trinitaria de corte helenístico. Es esto último, por ejemplo, lo que menos se comprende por parte del judaísmo. Y la alusión a otras religiones no es baladí, en el caso de Küng, ya que él está pensando constantemente en un diálogo interreligioso que favorezca la paz entre las distintas confesiones, que, sin renunciar a lo propio, puedan entender e incluso gozar con la otredad que representa la confesión que no es la propia. El cristiano debe querer al musulmán o al judío como musulmán y como judío, e incluso, aún más, debe querer que sigan siéndolo, gozándose de ello y renunciando al afán proselitista que se parece a esa angustia que muchas personas sienten por decir lo que piensan adelantándose a lo que el otro tiene que decir y dejando, por tanto, de escucharlo. No, no hay que convencer de la propia fe. No hace falta. Lo que hay es que ser buenas personas. Y como Küng, creo que no hay paz mundial posible si no hay paz entre las religiones, lo cual obliga a asumir un talante en realidad profundamente cristiano que pone al amor por encima de todas las cosas. 

Por cierto, puestos a buscar herejías en la manera de concebir el cristianismo que tiene el prójimo, señalemos que muchos actuales creyentes son lo contrario de Arrio, si he entendido bien de qué van estas herejías, es decir, son monofisitas, que ponen al Cristo de la divinidad, de la más alta especulación, que reside en el mismísimo seno de la Trinidad, por encima de su humanidad, la cual no es menos cuestión de fe. Se diluye y sublima la vida, dichos y acciones de Jesús en una versión excelsa que minimiza y priva de su verdadero valor y significado a lo que el Dios que quiso encarnarse hizo como Dios encarnado. La naturaleza divina del mismo disuelve y anula su naturaleza humana. Así, la fe queda convertida en un culto que se erige como su centro y que no se proyecta o conecta con la vida del creyente, con su obra, con lo que hace a los demás y con los demás. El monofisismo de la antigüedad llegó a defender que el cuerpo de Jesús era una mera ilusión y que este cuerpo del Hijo ni sentía, ni digería ni padecía como el nuestro. Este monofisismo secreto de muchos creyentes tradicionalistas también facilita las confusiones y autoengaños de todo tipo, porque si todo es el culto, si todo es el dogma excelso, yo ya no me esfuerzo, podría pensarse, en cambiar la vida desde la propia vida. Es como si se escapara de la vida, de la existencia que no puede entenderse sino en los términos más terrenales. Uno puede estar tentado de verse como santo y no verse como pecador, de privar de su significado intrínseco a la vida de Jesús, por mucho que nadie niegue la resurrección y el valor que esta tiene como aval que Dios da a esa vida mundana concretísima de amor y perdón. O lo que es lo mismo, uno puede pecar de no ver el lado humano, es decir, histórico, de la acción del Dios encarnado, y de los documentos, discursos y dogmas de la Iglesia, lo que constituye una forma de ceguera y soberbia que resulta mucho más grave que la que llaman soberbia intelectual u orgullo atribuidos a quien piensa. Por esto mismo, una teología que aúna la especulación teórica con la historia, como es la de Küng, no solo es más interesante, sino más profunda y humildemente cristiana.  


Marcos Santos Gómez

 


   


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